Sobrevivieron al Holocausto y ahora escapan a Alemania

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Un libro de fotografías con recuerdos de su pasado que Galina Ploschenko, una sobreviviente del Holocausto de Ucrania, trajo consigo a Alemania, en el centro de ancianos AWO en Hannover, el 25 de abril de 2022. (Lena Mucha/The New York Times)
Un libro de fotografías con recuerdos de su pasado que Galina Ploschenko, una sobreviviente del Holocausto de Ucrania, trajo consigo a Alemania, en el centro de ancianos AWO en Hannover, el 25 de abril de 2022. (Lena Mucha/The New York Times)

HANNOVER, Alemania — Sus primeros recuerdos son los de huir de las bombas o los de oír susurros sobre las masacres de otros judíos, incluyendo sus familiares. Encontraron refugio en la Unión Soviética y sobrevivieron.

Ahora, ancianos y frágiles, los sobrevivientes ucranianos del Holocausto escapan una vez más de la guerra, en un viaje extraordinario que ha puesto al revés el mundo que conocían, pues ahora buscan seguridad en Alemania.

Para Galina Ploschenko, de 90 años, no fue una decisión que tomó sin temor.

“Me dijeron que Alemania era mi mejor opción. Yo les dije: ‘Espero que tengan razón’”, relató.

Ploschenko es la beneficiaria de una misión de rescate organizada por grupos judíos, que intentan sacar a los sobrevivientes del Holocausto de la guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania.

Sacar a estos nonagenarios de una zona de guerra en ambulancia es una labor peligrosa, llena de una ironía histórica: los sobrevivientes del Holocausto no solo se van a Alemania, sino que el ataque ahora viene de Rusia, un país que consideraban su liberador de los nazis.

Hace una semana, mientras sonaban la artillería y las sirenas de ataque aéreo, Ploschenko estaba atrapada en su cama en un centro de jubilados de Dnipró, su ciudad natal en el centro de Ucrania. Las enfermeras y los jubilados que podían caminar habían huido al sótano. Ploschenko se vio obligada a quedarse en su habitación del tercer piso, sola con una mujer sorda y un hombre mudo, postrados en la cama como ella.

Fotos en el American Joint Distribution Committee, uno de los dos grupos que coordinan el rescate de los sobrevivientes del Holocausto de Ucrania, en Jerusalén, el 27 de abril de 2022. (Avishag Shaar-Yashuv/The New York Times)
Fotos en el American Joint Distribution Committee, uno de los dos grupos que coordinan el rescate de los sobrevivientes del Holocausto de Ucrania, en Jerusalén, el 27 de abril de 2022. (Avishag Shaar-Yashuv/The New York Times)

“Esa primera vez era una niña, y mi madre me protegía. Ahora, me he sentido muy sola. Es una experiencia terrible, dolorosa”, afirmó, cómodamente instalada en un centro de atención para la tercera edad en Hannover, al noroeste de Alemania, luego de un viaje de tres días.

Hasta ahora, han sido evacuados 78 de casi 10.000 de los más frágiles sobrevivientes ucranianos del Holocausto. Son necesarias hasta 50 personas, en tres continentes y cinco países, para coordinar una sola evacuación.

Para los dos grupos que coordinan los rescates — la Conferencia de Reclamaciones Materiales Judías contra Alemania y el Comité de Distribución Conjunta de Estados Unidos— no es fácil convencer a sobrevivientes como Ploschenko de que abandonen Ucrania.

La mayoría de los sobrevivientes más frágiles y ancianos con los que se ha comunicado se negaron a abandonar su hogar. Los que estaban dispuestos a irse tenían un sinfín de preguntas: ¿Qué pasa con sus medicamentos? ¿Había personas de habla rusa o ucraniana? ¿Podrían llevar a su gato? (Resultó que sí).

Luego estaba la pregunta más incómoda de todas: ¿Por qué Alemania?

“Uno de ellos nos dijo: ‘No quiero ser evacuado a Alemania. Quiero que me evacuen, pero no a Alemania’”, comentó Rüdiger Mahlo, de la Conferencia de Reclamaciones, que trabaja con funcionarios alemanes en Berlín para organizar los rescates.

Fundada con el fin de negociar las restituciones del Holocausto con el gobierno alemán, la Conferencia de Reclamaciones mantiene una lista detallada de sobrevivientes que, en circunstancias normales, se utiliza para distribuir pensiones y asistencia sanitaria, pero que ahora sirve como una manera de identificar personas para la evacuación.

Ploschenko cree que ella, su madre y cinco de sus tías sobrevivieron cantando, ya fuera trabajando en los campos de algodón de Kazajistán, donde encontraron refugio temporal, o acurrucadas bajo paraguas en un departamento sin techo después de la guerra.

“Cantábamos con la radio”, recordó con una sonrisa. “Es lo que nos salvó. Cantábamos de todo, lo que había: ópera, canciones tradicionales. Tengo muchas ganas de cantar, pero ya no sé si puedo. No tengo voz para ello. Así que, en lugar de eso, solo recuerdo todas las veces que canté antes”.

Sentada entre almohadas en una habitación del centro de mayores AWO iluminada por el sol, Ploschenko dirige la música en su mente con una mano temblorosa. Mientras los cuidadores entran y salen, ella practica las frases en alemán que ha anotado cuidadosamente en un cuaderno: “Danke Schön”, muchas gracias. “Alles Liebe”, mucho amor.

Al menos dos sobrevivientes del Holocausto han muerto desde que comenzó la guerra en Ucrania. La semana pasada, Vanda Obiedkova, de 91 años, murió en un sótano de la sitiada Mariúpol. En 1941, había sobrevivido escondiéndose en un sótano de los nazis que acorralaron y ejecutaron a 10.000 judíos en esa ciudad.

Para Vladimir Peskov, de 87 años, evacuado de Zaporizhzhia la semana pasada y que vive al final del pasillo de la casa de Ploschenko en Hannover, la sensación circular que le ha dado esta guerra a su vida es desmoralizante.

“Siento una especie de desesperanza, porque parece que la historia se repite”, dijo, encorvado en una silla de ruedas, acariciando una taza que perteneció a su madre, uno de los pocos recuerdos que trajo a Alemania.

Sin embargo, la situación ha ayudado un poco a pasar la página.

“La guerra de hoy ha acabado con cualquier emoción negativa que sentía hacia Alemania”, dijo.

Justo fuera de su habitación, un grupo de sobrevivientes recién llegados de la ciudad oriental de Kramatorsk se sentaba alrededor de una mesa en la cocina soleada de la casa. Se lamentaban por tener que huir otra vez de la guerra. Pero se negaron a hablar al respecto con un reportero de un periódico occidental.

“No dirás la verdad”, dijo un hombre, mirando hacia otro lado.

Sus dudas reflejan una de las partes más dolorosas de este segundo exilio, sobre todo para los procedentes de las regiones orientales de habla rusa de Ucrania: reconsiderar la opinión que tienen de Alemania es una cosa, pero reconocer a Rusia como un agresor es otra.

“Mis sueños de infancia eran comprar una bicicleta y un piano, y viajar a Moscú para ver a Stalin”, relató. “Moscú era la capital de mi patria. Me encantaba la canción ‘Mi Moscú, mi país’. Me cuesta creer que ese país ahora sea mi enemigo”.

Hojeando un libro de fotos, Ploschenko señaló imágenes en las que aparece más joven, posando en traje de baño en la playa de Sochi, con las olas rompiendo a su alrededor.

“A veces me despierto y olvido que estoy en Alemania”, afirmó. “Me despierto y siento como si estuviera de nuevo en un viaje de trabajo hacia Moldavia, o en Uzbekistán. Vuelvo a la Unión Soviética”.

Pero Alemania será su hogar durante el resto de sus días. Es una idea con la que ya hizo las paces, aseguró. “No tengo otro lugar adónde ir”.

© 2022 The New York Times Company

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