Un sitio, un simple operativo y un descenso a una batalla que ha durado una década

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Camp Bastion, antigua base usada por las fuerzas militares estadounidenses y británicas, un almacén donde los combatientes talibanes alguna vez construyeron barricadas, y que más tarde fue blanco de una ofensiva aérea en 2019, en el sur de Afganistán, el 9 de mayo de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)
Camp Bastion, antigua base usada por las fuerzas militares estadounidenses y británicas, un almacén donde los combatientes talibanes alguna vez construyeron barricadas, y que más tarde fue blanco de una ofensiva aérea en 2019, en el sur de Afganistán, el 9 de mayo de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)

MARJA, Afganistán — Así como los médicos cirujanos hablan sobre su próxima operación, los pilotos afganos comentaban cómo abordarían el pequeño conjunto de bases de operaciones avanzadas en el sur de Afganistán, mientras bebían té y comían un almuerzo de arroz estilo pulao. Sería rápido, no estarían más de 40 segundos en el terreno, ambos helicópteros aterrizarían al mismo tiempo y descargarían las provisiones antes de volver a despegar para escapar de las zonas de aterrizaje, que suelen ser blancos fáciles.

“¿Tienen su equipo protector?”, nos preguntó un piloto a otro periodista de The New York Times y a mí.

Una flotilla de pequeños aviones de combate se formó a nuestro costado conforme nos acercamos a la primera base, que alguna vez se llamó Camp Hanson en honor al infante de marina estadounidense que fue asesinado ahí a principios de 2010. Ahora es conocida como Kem bazaar pero, una década después, los talibanes siguen cerca.

Perdimos altitud rápidamente y nos inclinamos bastante para tomar una curva antes de la recogida y el aterrizaje. La tripulación del helicóptero lanzó las provisiones por las puertas abiertas, mientras los rotores alzaban polvo y arena.

Justo cuando se estaban descargando los últimos suministros, un hombre descalzo saltó a bordo, tal vez era un agente de policía apostado en la base. No llevaba nada consigo, su piel estaba muy bronceada y vestía una playera café, se veía desaliñado, medio loco y aterrado. Parecía que había sido abandonado en una isla y nosotros estábamos ahí para rescatarlo. Pero ese no era el caso.

Un soldado que descargaba provisiones tomó al hombre mientras gritaba, aunque sus chillidos eran inaudibles por el estruendo de los rotores. El soldado forcejeó con el hombre antes de que un miembro de la tripulación del helicóptero los empujara por la puerta. La aeronave despegó aprisa, sobrevoló los tejados de las casas aledañas antes de catapultarse a los aires. Toda la maniobra duró unos 60 segundos.

Llegué por primera vez a Marja a los 22 años, como infante del Cuerpo de Marines, durante uno de los primeros episodios de la guerra, cuando el Ejército de Estados Unidos pensaba que podía derrotar y someter a los talibanes con el fin de que las fuerzas de seguridad afganas se hicieran cargo de la lucha después. Ya no hay estadounidenses en estas bases, y quedan muy pocos al sur de Afganistán, a medida que las fuerzas armadas de Estados Unidos se preparan para retirarse a más tardar en septiembre (aunque quizá sea antes).

Un infante de marina estadounidense en Marja, en la provincia de Helmand, en Afganistán, el 18 de febrero de 2010. (Tyler Hicks/The New York Times)
Un infante de marina estadounidense en Marja, en la provincia de Helmand, en Afganistán, el 18 de febrero de 2010. (Tyler Hicks/The New York Times)

En la actualidad, Marja no se parece en nada a lo que imaginaron las autoridades militares estadounidenses hace tantos años. Es un microcosmos de estrategias de contrainsurgencia fallidas, proyectos de desarrollo abandonados y campañas costosas contra las drogas, y los cientos, si no es que miles, de afganos y estadounidenses heridos y muertos.

El resultado final: dos puestos de avanzada restantes, controlados por el gobierno y rodeados por combatientes talibanes.

Exactamente 11 años antes, el 14 de mayo de 2010, yo me encontraba en la Base de Operaciones Avanzadas de Marja, una de las dos instalaciones en las que aterrizamos en mayo, para asistir al funeral de mi amigo, el sargento Josh Desforges. Había muerto dos días antes en un tiroteo violento en un sector que simplemente era llamado “los zulúes”.

Todo el pelotón estaba ahí. Hombres que no había visto en lo que se sentía como una eternidad. Nos abrazamos y reímos, aunque al día siguiente sabíamos que usaríamos gafas de sol para que nadie nos viera llorar.

Ese fue el tercer mes de la Operación Moshtarak, el gran espectáculo de la tropa del presidente Barack Obama que supuestamente cambiaría el curso de la guerra. Aterrizamos en febrero de ese año y aseguramos Marja junto con el primer intento de ejército de las fuerzas militares afganas. Se instaló un gobierno, un llamado gobierno integral, un grupo selecto de funcionarios afganos que remplazaría el liderazgo local de los talibanes.

Se suponía que la misión de Marja —conformada por alrededor de 15.000 soldados— sería el símbolo de esta nueva, pero a fin de cuentas infructuosa, estrategia.

Este mes, cuando volvimos a aterrizar en ese paraje, había poca evidencia que explicara por qué mis amigos, y tantos civiles y soldados afganos, murieron aquí.

Tras el operativo de Kem bazaar, tomamos la siguiente porción de suministros y sobrevolamos la ciudad, esta vez con dirección al sur, hacia FOB Marja, ahora conocida como Camp Nowruz. Marja suele definirse como una ciudad, pero en realidad es un conjunto de aldeas en medio de campos de opio y amapola en lo alto de un proyecto agrícola estadounidense que se veía como una cuadrícula bien definida desde las alturas.

WComenzamos el descenso a FOB Marja, su distribución apenas era como la recordaba. Había un nuevo edificio central de distrito, pero el antiguo esqueleto de nuestra base seguía de pie, aún se distinguía la flota, al igual que el área del terreno donde montamos sillas, un escenario y el rifle entre botas para el servicio funerario de Josh. Los edificios que la rodeaban se veían casi completamente destruidos: los años de bombardeos y tiroteos entre talibanes y estadounidenses, y luego fuerzas afganas, habían pasado factura.

Aterrizamos igual que antes, impetuosamente. Se descargaron ovejas, junto con alimentos y municiones. Esta vez, cinco soldados partieron con nosotros, había terminado su estancia en el puesto de avanzada. Apretujados en la parte trasera del helicóptero se tomaron selfis, con sonrisas de oreja a oreja. La tripulación de la aeronave les pasó bebidas energéticas. Estaban eufóricos de haber salido de ahí con vida.

Un soldado, que se rehusó a dar su nombre, solo dijo que este grupo había estado en la base durante los dos últimos años.

“Es un lugar peligroso, y no hay comida”, comentó después.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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