Los sirios que regresan del campo de Al Hol, estigmatizados por sus vínculos con el EI

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Nura Al Khalif, casada con un miembro del grupo Estado Islámico (EI), pasó tres años en el campo de Al Hol, considerado el último reducto del grupo yihadista en la región. Pero desde que regresó a su casa en Raqa, en el norte de Siria, no es bienvenida y vive condenada al ostracismo.

Tras su paso por el ruinoso y superpoblado campo de refugiados, Nura, de 31 años, volvió a su casa, donde ahora sufre el estigma de su estancia en Al Hol, que tiene fama de albergar a familiares de yihadistas.

"La mayoría de mis vecinos me consideran partidaria del EI", dijo a la AFP. Vive con sus dos hijos en la casa de su padre cerca de Raqa.

"Solo quiero olvidar, pero la gente insiste en recordarme mi pasado, y desde que dejé Al Hol, no me siento apoyada ni económica ni psicológicamente", asegura.

Según la ONU, este campo, situado en el noreste de Siria, a menos de 10 kilómetros de la frontera iraquí, sigue albergando a unas 56.000 personas, entre ellas 10.000 extranjeros, sobre todo familiares de yihadistas, desplazados sirios y refugiados iraquíes.

Algunos de ellos siguen teniendo vínculos con el EI.

Los incidentes de seguridad y los intentos de fuga en este campo son muy frecuentes y se sabe que circulan armas.

A pesar de la inseguridad, Nura, que permaneció allí durante varios meses tras abandonar Baghuz, el último bastión del EI en Siria que cayó en 2019, casi prefiere el campo que su pueblo natal.

"El campo de Al Hol fue más generoso con nosotros que Raqa. Dejé el campo por mis hijos y su educación, pero la situación aquí no es mejor", dice.

- "La sociedad no me acepta" -

En 2014, Nura se casó con un yihadista de origen saudita y vivió con él en varias zonas antes de su separación, cuando las batallas contra el EI eran intensas.

Gracias a un acuerdo entre los líderes tribales sirios y las autoridades kurdas, pudo abandonar Al Hol, igual que otros 9.000 sirios, según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos (OSDH).

En Al Khalif, su pueblo natal, ha tenido dificultades para reintegrarse y para encontrar trabajo.

"Algunas familias no me dejan limpiar sus casas porque llevo el niqab y porque piensan que soy partidaria del EI", dice. "La sociedad no me acepta", lamenta.

Un funcionario local, Turki Al Suaan, que organizó la liberación de 24 familias de Al Hol y ha intentado reintegrarlas en sus respectivas comunidades, admite que la tarea no es fácil.

"Conozco a sus familias y son de nuestra región", dice a la AFP. "Pero su intolerancia hacia estas personas es una reacción a las atrocidades cometidas por el EI contra los civiles de la zona durante su gobierno", añade.

Sara Ibrahim, que vive en Raqa, advierte de la estigmatización de las personas que regresan de Al Hol, la mayoría mujeres y niños.  "Muchas familias en Raqa se niegan a integrar a estas personas y esto (...) podría empujarlas hacia el extremismo", dice.

Por temor a los prejuicios, Amal ha mantenido un perfil bajo desde su llegada a Raqa hace siete meses. Esta mujer de 50 años, madre y abuela de diez nietos, es también una de las que abandonaron Baghuz.

"Mis vecinos no saben que estuve en el campo de Al Hol, y temo su reacción si saben que estuve viviendo allí", dice con un niqab cubriendo su rostro.

Umm Mohamed, que también huyó de Baghuz hace tres años, sigue luchando por adaptarse a Raqa desde que dejó Al Hol en 2021.  "¿Cuándo dejará la sociedad de tratarnos como partidarios del EI?", se pregunta. "Solo quiero vivir en paz".

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