Las siglas MAGA infunden miedo | Opinión

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La adoración a líderes fuertes, que en idioma latino podríamos calificar de muy machos, capaces de todo lo que sea para ganar y darles un triunfo emocional a sus fanáticos, es el sistema que han seguido muchas sociedades al sur del Río Grande.

Es el caudillismo, típico de Latinoamérica, que llega a infundir el miedo en todos, pero parece absurdo que lo estemos padeciendo en estos mismos momentos en esta gran nación, que por más de 200 años ha progresado socialmente, sin perder sus libertades, ni su grandeza moral ni económica. Y que suceda dentro de un solo partido, el republicano, es más improbable aún, debido a que se supone que ese sea el partido más conservador.

Si nos vemos en esos espejos de la América del Sur nos damos cuenta de que la gente se entregó a esos caudillos con una fe digna de lástima, ya que eran unos líderes que les ofrecieron grandezas, villas y castillos, pero en el fondo se impusieron ellos como únicos dueños, no como servidores de la seguridad nacional. Y esos fanáticos del caudillo son a veces capaces de morir por ellos, al igual que si hubieran estado viviendo en la época del Imperio Romano, cuando convirtieron a los emperadores en dioses.

“Get a life”, dicen los americanos. “Carpe diem”, decían los antiguos: Vive tu vida y no la de líderes falsos. Hemos empezado el proceso electoral y encontramos que, paradójicamente, un gran número de candidatos juran por la “Gran Mentira”, afirman que creen lo que el caudillo del Partido Republicano les dice, que él fue quien ganó en 2020 y Biden es el impostor. Igualito que lo haría un Daniel Ortega de Nicaragua. Porque lo primero que hace un caudillo es dañar o mentir acerca de las elecciones. Y la primera regla de la democracia de una república es tener elecciones en donde participe todo el pueblo.

Fidel Castro pronunció, ya desde sus primeros discursos en 1959, que él nunca se iba a postular a la presidencia, y dijo el porqué, para no tener que ser echado del poder por medio del voto. Y la gente lo victoreó, que es lo mismo que están haciendo los republicanos con cualquier frase del caudillo de su partido. Y una de las frases favoritas de Castro que parece retratar al caudillo republicano es: “En una fortaleza sitiada, toda disidencia es traición”. Es lo que exige de sus fanáticos: lealtad absoluta, cuando la fortaleza que él sitia es América.

Al extremo de que la gente que profiere la “Gran Mentira” olvida que está inculpando a miles de trabajadores de ambos partidos en las oficinas de votación, como si ellos fueran todos unos criminales en contra de la democracia y hubieran falsificado la elección, o la hubieran escondido.

Trump una vez aseguró que podía disparar contra alguien en la Quinta Avenida de Nueva York y no perdería a ninguno de sus seguidores, ni sufriría, pero en Georgia ha visto otro resultado, con las elecciones primarias del Partido Republicano en ese estado el pasado 24 de mayo. Ya que él respaldó a candidatos cuya única credencial era la de creer ciegamente en la “Gran Mentira”.

Sin embargo, los republicanos que votaron contra su mandato (impeachment, o juicio político), se han retirado de la contienda o perdido sus puestos. Entre ellos la congresista Liz Cheney, que perdió la elección primaria esta semana. Por eso, una mayoría de los aspirantes siguen respaldando a Trump. Ya han caído en la trampa. Para mí eso se llama Miedo —con mayúscula. Lo viví en Cuba, y lo veo ahora aquí también.

Los consejeros de la propaganda política les dicen a sus clientes que usen frases sencillas o eslóganes, dichos pegajosos y singulares, que se puedan cantar fácilmente. Por ejemplo: el de “Cuba para los cubanos” de antaño; “la justicia social”, que proclamaba Perón, o peronismo; y en Venezuela, “el socialismo bolivariano”, como aquí el logo de “Make America Great Again” (MAGA), que inventó Ronald Reagan en su campaña de 1980, así que no es nada original.

Son frases simbólicas para conseguir la aglutinación de masas que dan la idea de un noble propósito a simple vista, pero encierran a veces designios muy siniestros, según quien las use, y con consecuencias impensadas para las naciones.

Parte de la falla de algunos movimientos políticos ha sido endiosar a sus líderes, al punto de convertirlos en héroes fatídicos. Y ahora no es solo en Latinoamérica, o en Europa, es en Estados Unidos también.

No se puede confiar en personas que se crean que son los dueños de los palacios presidenciales. La sede de esta nación no es solo la Casa Blanca, sino también el Capitolio, y los tribunales. Es la división de poderes en nuestra democracia, y no la centralización de las dictaduras, la que nos da mayor libertad y poderío económico al pueblo.

Y ese es el verdadero propósito de América, mantener la República “con todos y para el bien de todos”.

Olga Connor es una escritora cubana.