Shirō Ishii: el médico criminal de guerra que nunca fue juzgado

Francisco López-Muñoz, Francisco Pérez Fernández
·8  min de lectura
Shirō Ishii realizó horrendos experimentos médicos con seres humanos
Getty Images

En el marco de la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945), y coincidiendo en parte con la II Guerra Mundial, el Ejército Imperial Japonés desarrolló un ambicioso programa de investigación de armas biológicas y químicas, poniendo en marcha experimentos a gran escala con seres humanos.

Para ello fueron creadas una serie de unidades de investigación médica, planificadas por el microbiólogo Shirō Ishii, posteriormente teniente general del Ejército Japonés. A ellas se atribuyen miles de crímenes, así como horrendos experimentos médicos.

El cerebro organizador: Shirō Ishii

El responsable máximo del desarrollo de estos programas de investigación, focalizados inicialmente en el perfeccionamiento de armas de guerra químicas y biológicas, fue el general Shirō Ishii.

Ishii nació en Shibayama, distrito de Sanbu, en 1892 y estudió Medicina en la Universidad Imperial de Kioto. Rápidamente ingresó en el ejército y en 1922 fue asignado al Hospital del Primer Ejército y la Escuela Médica Militar de Tokio.

Dos años más tarde se especializó en microbiología y se dedicó a publicar numerosos artículos en revistas científicas. En 1928, Ishii efectuó un viaje de dos años a Europa para recabar información sobre los efectos de las armas biológicas y químicas durante la I Guerra Mundial.

En 1930 ascendió a comandante y fue nombrado profesor de Inmunología de la Facultad de Medicina del Ejército en Tokio.

Allí, protegido por Koizumi Chikahiko, un alto cargo militar del Ejército Japonés muy interesado en la guerra química, Ishii comandó un departamento de inmunología dedicado a investigaciones sobre guerra biológica.

Asimismo, Ishii contó con el apoyo de importantes figuras políticas y militares de los círculos ultranacionalistas japoneses, como el general Nagata Tetsuzan o el Ministro de Guerra, Araki Sadao.

La toma de Manchuria por el ejército japonés dio a Ishii la oportunidad de utilizar seres humanos en sus investigaciones. En 1932, comenzó sus experimentos preliminares sobre guerra biológica en zonas ocupadas de China como parte de un proyecto secreto.

La Unidad 731 funcionaba cerca de Harbin, en el noreste de China
BBC Mundo


La Unidad 731 funcionaba cerca de Harbin, en el noreste de China (BBC Mundo/)

En un programa encubierto como supuesto plan de potabilización de agua para las tropas japonesas en China, desde 1936, Ishii organizó departamentos de Prevención Epidémica y Abastecimiento de Agua, que eran, en realidad, centros y unidades de investigación médica, en las que se destacó la tenebrosa Unidad 731.

En 1939, Ishii tenía bajo su mando una gran red de centros, ubicados en Harbin, Beijing, Nangjing, Guangzhou, Singapúr y Tokio, con más de 10.000 trabajadores.

En 1940, Ishii fue nombrado jefe de la sección de Guerra Biológica del Ejército de Kwantung y, entre 1942 y 1945, ejerció como Jefe de la Sección Médica del Primer Ejército.

Los centros de experimentación

En 1936, el doctor Ishii se trasladó al distrito de Pingfang, a unos 20 kilómetros de Harbin, para crear un gran complejo de investigación, que ocupaba 6 kilómetros cuadrados y más de 150 edificios, construido por 15.000 esclavos civiles chinos, de los que un tercio fallecieron debido a las duras condiciones de trabajo.

Este fue el epicentro de la tristemente célebre Unidad 731, también conocida en algunos momentos como Unidad Togo o Boeki Bu y técnicamente como “Escuadrón de Prevención Epidémica y Purificación del Agua”.

En su momento de mayor actividad trabajaban allí 3000 empleados, de los que el 10% eran médicos.

La Unidad 731 dirigida por Ishii realizó en Pingfan numerosos experimentos con prisioneros, infringiéndoles grandes sufrimientos. Se estima que entre 3000 y 6000 personas, incluyendo niños, murieron víctimas de los mismos.

A finales de agosto de 1942, Ishii se trasladó de Pingfang a Nanking para participar en algunas campañas y experimentos. Uno de los objetivos a desarrollar fue el de contaminar todas las fuentes de agua del enemigo, dejando botellas con agua contaminada en los caminos o en las viviendas de las poblaciones cercanas.

Los experimentos

En los centros de experimentación se utilizaron prisioneros de guerra y detenidos políticos acusados de ser espías o miembros de la resistencia, fundamentalmente de origen chino, pero también soviéticos, mongoles y coreanos, además de enfermos mentales y discapacitados.

A los prisioneros forzados chinos se les llamaba “marutas”, que viene a significar “troncos” o “leños”, pues parte de la Unidad 731 estaba camuflada como un aserradero.

Ishii y sus colegas investigaron fundamentalmente sobre enfermedades infecciosas, inoculando a sujetos sanos los gérmenes del cólera, tifus, difteria, botulismo, ántrax, muermo, brucelosis, disentería, sífilis, peste, entre otras, para analizar el desarrollo de las enfermedades y probar la efectividad de ciertas vacunas.

Restos del complejo donde operaba de forma encubierta la Unidad 731
GETTY IMAGES


Restos del complejo donde operaba de forma encubierta la Unidad 731 (GETTY IMAGES/)

Las víctimas eran forzadas a comer alimentos infectados o a beber líquidos contaminados, o bien se les obligaba a portar objetos o ropas contaminadas.

También se utilizaron humanos como conejillos de indias para probar la eficacia de las armas convencionales y de agentes químicos y biológicos como armas de guerra. Se usaron blancos humanos para probar la efectividad de granadas, lanzallamas o bombas explosivas, se les obligaba a beber iperita o se les exponía a ácido cianhídrico y gas mostaza.

También se realizaron experimentos de carácter fisiológico, muy similares a los efectuados por los médicos nazis, como la valoración del tiempo de asfixia tras colocar cabeza abajo a los prisioneros, y de embolia después de la inyección intravascular de aire.

Se probaron los efectos de la inyección de orina de caballo y de agua de mar, la privación de alimentos, agua o sueño, la congelación, las radiaciones masivas con rayos X, y más. Algunos prisioneros fueron incluso colocados dentro de máquinas centrífugas para determinar el tiempo de supervivencia.

Los experimentos de hipotermia eran una de las especialidades de Ishii. En ellos, se exponía a los prisioneros a temperaturas extremas durante los meses más fríos del año en distintas condiciones y luego se estudiaban diferentes formas de reanimación.

La Unidad 731 realizó experimentos congelando extremidades de prisioneros y calentándolas luego con agua, observando la temperatura a la cual se desprendían la piel y los músculos.

Existe constancia gráfica de la práctica de vivisecciones y autopsias en prisioneros moribundos, algunas realizadas por el propio Ishii, con el objetivo de obtener las muestras lo más frescas posible.

En Harbin, en el noreste de China, hay un museo que muestra los experimentos con humanos de la Unidad 731
Getty Images


En Harbin, en el noreste de China, hay un museo que muestra los experimentos con humanos de la Unidad 731 (Getty Images/)

También se realizaron otras prácticas quirúrgicas: apendicectomías y traqueotomías, extracción de balas previamente disparadas a los prisioneros, amputaciones de miembros y, finalmente, asesinato de los sobrevivientes.

Estas prácticas quirúrgicas estaban integradas, supuestamente, en el programa de formación de cirujanos del Ejército, para enseñarles cómo manejar a los soldados heridos en el frente.

Incluso se llegaron a publicar, después de la guerra, varios artículos en revistas médicas que estaban basados en estos experimentos.

Nunca fue juzgado

A pesar de que todos los experimentos quedaban perfectamente documentados en papel o en film, la mayor parte de las pruebas fueron destruidas, aunque se salvaron numerosas fotografías.

Incluso los centros de experimentación fueron destruidos mediante explosivos durante los días próximos al final de la Guerra, previo asesinato de todos los prisioneros, tanto los infectados como los sanos, así como de los trabajadores civiles chinos, mediante inyecciones de cianuro potásico.

Se estima que, en el marco de estos programas, podrían haber sido asesinadas directamente hasta 12.000 personas, aunque algunos historiadores cifran las muertes causadas por la Unidad 731 entorno a las 200 mil.

No obstante, si se estimaran las muertes provocadas por las epidemias, la cifra podría elevarse hasta 580.000. En cualquier caso, los experimentos realizados en estos centros fueron calificados por la Organización de Naciones Unidas (ONU) como crímenes de guerra.

Mientras que los médicos nazis fueron juzgados en el marco de los juicios de Núremberg por un Tribunal Militar Internacional -algunos de ellos condenados a muerte o a largas penas de prisión-, no hubo ningún juicio contra los médicos de la Unidad 731.

Únicamente 12 oficiales japoneses de bajo rango fueron juzgados por la Unión Soviética en Khabarovsk (Siberia), en 1949, y las penas fueron muy limitadas (entre 2 y 25 años).

Aunque los responsables políticos y militares de Japón fueron juzgados por un tribunal internacional, Ishii y los miembros de la Unidad 731 lograron negociar su inmunidad
GETTY IMAGES


Aunque los responsables políticos y militares de Japón fueron juzgados por un tribunal internacional, Ishii y los miembros de la Unidad 731 lograron negociar su inmunidad (GETTY IMAGES/)

Ishii, quien fingió su propia muerte e intentó huir, fue arrestado por los estadounidenses en 1946. Tanto él como otros integrantes de la Unidad 731 lograron negociar su inculpación e inmunidad en el Juicio de Tokio (Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente, TIPLE), que comenzó el 27 de abril de 1946, a cambio de todos los datos sobre guerra biológica obtenidos de sus experimentos con seres humanos, y sin publicidad alguna.

De esta forma, Ishii nunca llegó a ser procesado por crímenes de guerra.

Muchos de los científicos implicados en las actividades criminales de las unidades de experimentación continuaron su actividad investigadora después de la guerra, siendo incluso protegidos. Ishii abrió una clínica de atención gratuita y murió en Tokio de un cáncer de garganta, tras convertirse al cristianismo, en 1959. Tenía 67 años de edad.

Una conspiración de silencio sigue rodeando estos hechos. En palabras de los propios perpetradores: fue “el secreto de los secretos”.

*Francisco López-Muñoz es profesor Titular de Farmacología y Vicerrector de Investigación y Ciencia de la Universidad Camilo José Cela, Universidad Camilo José Cela.

*Francisco Pérez Fernández es profesor de Psicología Criminal, Psicología de la Delincuencia, Antropología y Sociología Criminal / Investigador., Universidad Camilo José Cela.

Esta nota apareció originalmente en The Conversation y se publica aquí bajo una licencia de Creative Commons