Con menos sexo, la pandemia resucita a las telenovelas mexicanas... y Televisa vuelve por su imperio

Natalie Kitroeff
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Leticia Calderón en el set de 'Imperio de Mentiras' en los estudios de Televisa. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Leticia Calderón en el set de 'Imperio de Mentiras' en los estudios de Televisa. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

CIUDAD DE MÉXICO — El romance de México con el melodrama había terminado.

Después de décadas de reinado supremo en los horarios de máxima audiencia, las icónicas telenovelas del país perdían espectadores. Los ejecutivos de la industria las declararon obsoletas, demasiado cursis y simplistas para competir con programas más complejos y de mayor presupuesto.

Ahora, gracias a la pandemia, la telenovela arrasa de nuevo.

Confinados en sus hogares, millones de mexicanos han dedicado sus noches a los melodramas tradicionales y otros clásicos kitsch, y han encontrado en los rostros familiares y en la garantía de los finales felices un bálsamo para las ansiedades surgidas de una crisis de salud que ha dejado al menos 43,000 muertos y millones de desempleados.

“No hay miedo ni horror ni miseria”, dijo Enrique Millán, de 75 años, sobre las telenovelas que se adueñaron de toda su atención después de que la pandemia colocó al fútbol en pausa. “Puedo imaginar lo que va a pasar al final de cada episodio. No hay estrés”.

Los índices de audiencia para estos programas se han disparado en los últimos meses, reviviendo un género que moldeó a generaciones y se convirtió en una de las exportaciones culturales más importantes del país.

El inicio de una recesión económica mundial ha hecho que este tipo de programas sean más atractivos por definición. Las telenovelas se emiten por señal abierta, lo que las hace más accesibles para la familia mexicana promedio que Netflix o los canales de cable premium.

Pero su atractivo también emana de un estilo particular de narración sin complicaciones que alivia el aburrimiento de la vida en cuarentena al tiempo que calma los temores y brinda la intimidad emocional que las interacciones diarias han perdido con el virus.

“Prendo la televisión, el tiempo pasa y no sientes que no estás haciendo nada”, dijo Minerva Becerril, quien ve telenovelas y otros melodramas todas las noches con su madre de 90 años en su casa en las afueras de Ciudad de México. “Es un rato de calma y ves escenas de amor, algo que me gusta porque soy romántica”.

Durante la pandemia, Becerril comenzaba sus tardes con Te doy la vida, una telenovela que presenta un triángulo amoroso, y luego pasa a La rosa de Guadalupe, un drama con matices religiosos. A veces ve Destilando amor, pero no le gusta Rubí, una nueva versión de la telenovela de 2004 basada en una historieta de finales de los años 60. “La versión de la revista era mejor”, dijo.

Minerva Becerril mira telenovelas con su madre, Gorgonia Becerril Rocha, porque esos programas les ofrece "un momento de calma. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Minerva Becerril mira telenovelas con su madre, Gorgonia Becerril Rocha, porque esos programas les ofrece "un momento de calma. (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

El resurgimiento de los melodramas en México ha sido una bendición para Televisa, el otrora monopolio mediático que en años recientes se ha visto afectado por los servicios de transmisión en continuo y otros competidores.

Durante el segundo trimestre de este año, 6.6 millones de personas vieron cada noche el canal insignia de Televisa durante el horario estelar, cuando se transmiten las telenovelas y otros melodramas. Durante el mismo período en 2019, según la cadena, fueron cinco millones. Los índices de audiencia para el canal aumentaron dos veces más que la audiencia general de televisión en México de mayo a junio.

Según los índices de audiencia de Nielsen, Televisa estima que más de diez millones de personas vieron el final de Te doy la vida, que se emitió a principios de este mes, con lo que se convirtió en el episodio de telenovela más visto de la cadena desde 2016.

“De repente, los índices de audiencia subieron”, dijo Isaac Lee, exejecutivo de Televisa y Univisión. “Nadie sabe si es un momento, un coletazo, una tendencia o si la telenovela ha vuelto”.

Cuando Lee se convirtió en director de contenidos de Televisa en 2017, la cadena estaba en crisis. Desde hacía décadas, los ingresos de los mexicanos habían ido en aumento y el acceso a internet se extendía por todo el país, lo que alejó a la gente de los clásicos melodramas que fueron el pan de cada día de Televisa durante medio siglo.

Los ejecutivos de la industria querían más acción, más violencia y mayores presupuestos, ingredientes que parecían explicar el éxito de los dramas sobre narcotraficantes en Telemundo y series como Narcos en Netflix.

Lee comenzó a mirar sin parar toda esa programación y pronto se dio cuenta de lo que debería haber sido obvio: él no era el público objetivo. Y tampoco lo eran los otros ejecutivos de la compañía que habían tomado decisiones sobre los programas.

“Decidí no mirar el contenido”, dijo, “porque sabía que lo arruinaría”.

Después de muchas conversaciones con los espectadores, quedó claro que el melodrama solo necesitaba un cambio de imagen, dijo. Televisa comenzó a modernizar sus telenovelas, atenuando las bofetadas y los barítonos operísticos en favor de personajes que hablaban en voz normal sobre problemas reales.

Su apuesta fue La rosa de Guadalupe, un drama de Televisa que tenía una década y había sido subestimado durante mucho tiempo por los propios ejecutivos de la cadena.

La rosa de Guadalupe no es una telenovela con personajes y conflictos establecidos, pero es el pináculo del melodrama. Cada episodio de una hora cuenta una historia independiente que siempre sigue el mismo arco: alguien enfrenta un problema y reza para pedir la ayuda de la Virgen de Guadalupe. Aparece una rosa blanca, un viento santo sopla sobre sus rostros y pronto sus problemas han terminado.

Lo que el programa tenía que le faltaba a las telenovelas de la cadena era actualidad cultural. Los temas que aborda La rosa de Guadalupe a menudo se inspiran en los titulares, como el episodio dedicado a una familia separada por la deportación de Estados Unidos, o aquel sobre los adolescentes que consumían alcohol vertiéndolo sobre sus globos oculares, una broma peligrosa que circulaba en las redes sociales.

El drama también ha atraído a una sorprendente cantidad de seguidores entre los jóvenes mexicanos, aunque muchos juran que, a diferencia de sus abuelas, lo sintonizan de forma irónica, para burlarse de sus tramas exageradas. Tik Tok, Twitter y YouTube están llenos de memes y videos que ridiculizan el programa.

“Lo consideramos como absurdo”, dijo Héctor Ortega, de 22 años, creador de la cuenta de Twitter ‘Out of Context Rosa’, donde publica videos breves de los momentos más exagerados de la teleserie. “Si ni siquiera veo el programa. Vi como todos los memes y el impacto que tiene sobre generaciones como la mía, que no son precisamente su target market”.

Por supuesto, muchos de los que lo critican resultan ser espectadores leales del programa. La rosa de Guadalupe ha visto un gran crecimiento en su audiencia más joven en los últimos meses, especialmente entre los televidentes masculinos de 13 a 31 años, cuyas cifras han aumentado en aproximadamente un 40 por ciento en comparación con el año pasado.

No está claro, ni siquiera para los ejecutivos de Televisa, si el éxito puede seguir después de una pandemia que ha eliminado las muestras físicas de afecto de ese deporte de contacto que es una telenovela.

“No hay besos, no hay abrazos, no hay apapachos y escenas de cama”, dijo Miguel Ángel Herros, productor ejecutivo de La rosa de Guadalupe.

Cualquier contacto es “manos solamente y las charlas normalmente máximo esta distancia”, dijo, y señaló los casi tres metros entre su escritorio y su asistente.

Miguel Ángel Herrros, productor ejecutivo de "La Rosa de Guadalupe" (Meghan Dhaliwal/The New York Times)
Miguel Ángel Herrros, productor ejecutivo de "La Rosa de Guadalupe" (Meghan Dhaliwal/The New York Times)

Herros, de 80 años, ahora filma en períodos más cortos, en locaciones que permiten mantener un amplio espacio para su equipo. A los actores se les toma la temperatura cuando llegan al plató y ensayan con cubrebocas y protectores faciales. Y la cadena ya tuvo que enviar a cuarentena a una actriz, de la telenovela Te doy la vida, después de que dio positivo por coronavirus.

Pero Herros no ve a la epidemia como una amenaza. La rosa de Guadalupe dejó de filmar solo brevemente durante la pandemia, por orden del gobierno de la ciudad, pero rápidamente reanudó actividades.

“Yo vengo todos los días a la oficina”, dijo Herros, sentado en una oficina adornada con iconografía religiosa en medio de la amplia sede de Televisa en San Ángel, justo al sur del centro de Ciudad de México. “No hemos parado desde el mes de marzo”.

Por el momento, al menos,Televisa tiene algunas ventajas sobre los servicios de transmisión en continuo en México. La cadena tiene contratos a largo plazo con actores y equipos que pueden mantenerse en entornos estrictamente controlados para contener la propagación del virus.

Y cuando se trata de ofrecer alimentos reconfortantes a una audiencia angustiada, el melodrama anticuado de toda la vida no tiene rival.

“A diferencia de Netflix, le damos certeza a la gente”, dijo Carlos Mercado, creador del programa y su guionista principal. “Con La rosa de Guadalupe tú tienes la certeza de lo que vas a ver, incluso para burlarse”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company

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