¿Qué significa que los demócratas acusen formalmente a Trump y envíen el 'impeachment' al Senado?

Tras un proceso de audiencias legislativas, tensiones político-partidarias y erosión institucional, resultó inevitable que la Cámara de Representantes, de mayoría demócrata, formulara una acusación formal en contra del presidente Donald Trump y diera, con ello, pie a un juicio de destitución presidencial en el Senado estadounidense.

La mayoría demócrata formuló dos acusaciones concretas contra Trump, denominadas ‘Articles of Impeachment’: una por abuso de poder y otra por obstrucción de la justicia. Ahora, esas acusaciones deberán ser votadas en el pleno de la Cámara de Representantes, donde la mayoría demócrata las aprobará presumiblemente, para entonces dar pie al juicio formal, que será conducido en el Senado, de mayoría republicana.

Donald Trump presumiblemente será formalmente acusado en un proceso de destitución por la Cámara de Representantes y juzgado por ello en el Senado (Reuters)

Es un suceso ciertamente histórico. Es la cuarta ocasión en la historia en que el Congreso emite acusaciones formales contra un presidente en un proceso de destitución. Y será la tercera, si como se prevé esos cargos son aprobados en la Cámara, en que el Senado procesa un juicio de destitución luego del de Bill Clinton en 1998-1999 y el de Andrew Johnson en 1868. Richard Nixon optó por renunciar en 1974 antes de someterse a ese juicio.

Pero a diferencia de esos procesos, el actual impeachment ha carecido de impulso bipartidista y todo se ha desarrollado siguiendo las líneas políticas partidarias. Ha sido así en el proceso en la Cámara baja y no será en el Senado.

En ambos escenarios, la división partidaria es evidente: en las audiencias y pesquisas en los comités de Inteligencia y Judicial de la Cámara, el control ha estado de lado de los demócratas, que son mayoría y abrumadoramente consideran que Trump cometió actos graves contra la Constitución que justifican someterlo a impeachment, sobre todo el haber condicionado ayuda financiera para defensa a Ucrania a cambio de que el gobierno de ese país investigara al exvicepresidente y aspirante presidencial demócrata Joe Biden y por haberse negado a entregar documentos y a permitir testimonios de funcionarios clave relacionados con el asunto ucraniano.

De ello parten los cargos de abuso de poder y obstrucción de la justicia.

En cambio, los republicanos han rechazado tal valoración y considerado el proceso como una farsa motivada por intereses partidarios y electoralistas. Trump la ha considerado de tajo un engaño.

Pero a despecho de Trump y los republicanos, los ‘Articles of Impeachment’ serán planteados y aprobados en la Cámara de Representantes por la mayoría demócrata, quienes consideran que la defensa republicana del presidente está, igualmente, basada en intereses partidarios y electoralistas.

En contrapartida, en el Senado, por lo que se ha visto hasta ahora, serán los republicanos quienes controlarán el juicio, tratarán de desacreditar los argumentos demócratas y, al no avalar la acusación, usarán su mayoría para despejarle el camino al presidente.

En ese sentido, la posibilidad de que al menos 20 senadores republicanos condenen a Trump y se sumen a todos los demócratas para votar la destitución presidencial es muy reducida, muchos creen que nula,  y salvo que se den nuevas revelaciones demoledoras contra Trump es improbable que sea destituido.

Eso al margen de que su conducta en relación a la trama ucraniana constituya, con base en las declaraciones de numerosos testigos y de la opinión de, literalmente, medio millar de juristas.

¿Es entonces la acción demócrata un imperativo legal y moral y la republicana una suerte de ceguera o de huida hacia adelante para preservar el poder?

Al final, sobre todo en el presente contexto de polarización, la decisión inevitablemente política ha ardido y se apagará de acuerdo a líneas partidistas claras (la voluntad de la mayoría en cada cámara) pues parece improbable que se den acuerdos bipartidistas sustantivos que, en cada caso, bloqueen la acusación en la Cámara o la avalen en el Senado.

El resultado será, presumiblemente, similar al del proceso de destitución de Johnson en 1868 y de Clinton en 1998-1999: el presidente será acusado formalmente en la Cámara Baja pero saldrá airoso del juicio en el Senado.

Con todo, en aquellos casos se dieron ciertos trasvases entre uno y otro partido. Eso fue, en el caso de Nixon, lo que selló su suerte y lo forzó a renunciar antes de que el Congreso lo destituyera. En el caso presente, los bloques han sido impermeables.

Y ese escenario en el caso de Trump ha parecido claro desde hace tiempo y ha sido así, como se ha visto, al margen de la gravedad de las acusaciones y testimonios en contra del presidente, pues las mayorías partidistas en cada cámara son las que controlan en su ámbito el proceso. Desde el principio ha resultado evidente que la Cámara acusará y el Senado absolverá a Trump. Los argumentos que apuntan hacia actos presidenciales impropios han marchado, así, en paralelo a ello pero no han suscitado trasvases entre las partes.

Con todo, los demócratas optaron por acelerar ese desenlace, al renunciar a conseguir, vía judicial, que la Casa Blanca entregue documentos clave y avale la comparecencia de funcionarios de peso para reforzar las indagatorias vinculadas con la trama ucraniana y el impeachment. La formulación de las acusaciones formales de abuso de poder y obstrucción de la justicia indica que los demócratas han desistido de seguir en pos de nueva evidencia y testimonios que pudiesen producir esos trasvases, y están firmes en avanzar con los elementos disponibles.

Esperar a que se cumplan esas demandas judiciales, en el supuesto probable de que las cortes los favorecieran, habría demorado la etapa investigativa muchos meses, bien adentro del proceso electoral primario de 2020. Esa “contaminación” entre la contienda demócrata y las investigaciones de impeachment fue, al parecer, un escenario indeseable para los demócratas.

Los demócratas tampoco han querido incluir en sus cargos formales elementos provenientes del reporte de Robert Mueller sobre la injerencia electoral de Rusia en 2016 y la supuesta obstrucción de Trump al respecto. Pues aunque, sobre todo en lo relacionado a la obstrucción, el propio Mueller deslizó que consideraba que tocaba al Congreso, y no a él, tomar cartas al respecto, los demócratas optaron por focalizarse en el caso ucraniano, que al parecer consideran suficientemente sólido para lograr su aprobación en el pleno de la Cámara.

Por ello, se afirma, han preferido ejercer ya su mayoría, con la convicción de que las faltas de Trump son muy graves, que tienen evidencia clara (aunque aún no suficiente para lograr apoyo republicano) y que resulta su deber ético y político el defender la Constitución y la institucionalidad republicana y democrática de la amenaza que ven en los abusos y conductas de Trump.

Los republicanos, por su parte, se han empecinado en rechazar de tajo el proceso de impeachment e, incluso, optaron por enfocar sus alegaciones en cuestiones laterales, como los procedimientos legislativos o lo que consideran el sospechoso pasado de Biden y su hijo en Ucrania. Se han limitado a decir que el impeachment es una farsa, un circo y que el presidente no hizo nada que lo justifique pero no han argumentado suficientemente, no parecen tener con qué, a favor del presidente en lo específico de su conducta hacia Ucrania, el  abuso de poder y de su investidura en la búsqueda de su beneficio personal.

En el fondo, los republicanos confían que el Senado no destituirá al presidente y por ello, quizás, optaron en la Cámara por empecinarse en su negación. Posiblemente los republicanos calculan que, así, retendrán el poder (Trump en la Casa Blanca) con la expectativa de revalidarlo en las elecciones de 2020 utilizando, tras un fallo senatorial favorable al presidente, el proceso de impeachment en contra de los demócratas.

Del otro lado del espejo, los demócratas han sido igualmente acusados por los republicanos de abuso de poder en su afán de inculpar al presidente y el entorno de Trump busca pintarlos a ellos como los causantes de minar el balance de las instituciones. Otros ven con claridad que es Trump, en su pretensión de tener inmunidad absoluta y con un ímpetu autoritario, quien pone en riesgo la institucionalidad estadounidense, con los republicanos como una dócil manada.

El impeachment llegará al Senado en enero si, como se prevé, los demócratas avalan en el pleno de la Cámara las dos acusaciones formales durante diciembre. Y allí las tablas posiblemente se invertirán y los republicanos tendrán la oportunidad de, según unos, armar su propio circo o, según otros, restaurar el balance de poderes. Pero dado que  es improbable que dos tercios de los senadores condenen a Trump, a reserva de que se hagan revelaciones telúricas, las acusaciones en contra del presidente quedarán en el aire.

Y aunque son más los estadounidenses que avalan el impeachment (47.9%), según encuestas compiladas por FiveThirtyEight, no se trata de una mayoría sustantiva y son muchos (43.6%) los que están en desacuerdo.

Con todo, no es aún claro cómo será un eventual juicio de destitución en el Senado.

El impacto en la contienda electoral

Trump y los republicanos más combativos al parecer desean que, ejerciendo su mayoría, sean llamados testigos convenientes para apuntalar al presidente o, incluso, para desatar una contraofensiva, por ejemplo, exigiendo la comparecencia del hijo de Biden o del informante que hizo la primera revelación del caso de Ucrania. Incluso el propio Trump, que se ha negado rotundamente a colaborar con la Cámara, podría acudir al Senado y realizar allí una exhibición a su favor y una denostación de sus opositores.

Pero otros señalan que el líder senatorial Mitch McConnell no desea transformar el Senado en ese espectáculo y buscaría ejercer rápidamente su mayoría para, de la forma más expedita posible, votar y, en su caso, absolver a Trump y continuar el proceso político (que será muy ríspido) de cara a las elecciones de 2020. El propio McConnell, ciertamente con sus intereses a la vista, ha deplorado que el impeachment haya retrasado varias decisiones clave en el Congreso y, por ello y para cerrar el asunto a favor de Trump con su mayoría, no se inclinaría por ampliar el “circo” al pleno senatorial.

Ese “circo”, afirman analistas, podría resultar contraproducente para algunos senadores que buscan la reelección y poner en riesgo la mayoría republicana en el Senado, algo que McConnell busca frenar, aunque no esté claro si Trump eso le interese tanto como contraatacar a los demócratas cuando el impeachment llegue a la Cámara alta.

Así, la gran pregunta es (salvo el caso poco probable de que Trump fuera destituido en el Senado) qué tanto el proceso de impeachment incidirá en las campañas y el resultado de las elecciones presidenciales.

Las bases demócratas y las trumpistas se han dinamizado al ardor del impeachment y podrían participar electoralmente en noviembre de 2020 con mayor dinamismo incensados con el apoyo o rechazo a Trump, pero no es claro si el saldo del impeachment inclinará, a la postre, la balanza electoral.

Y aunque el proceso de destitución presente es histórico y ha sido un tsunami político, si en enero se cierra el proceso con el escenario hasta ahora más probable (es decir la permanencia de Trump) quedarán aún 10 meses de campaña electoral en lo que mucho puede diluirse y nuevas cosas pueden pasar.

El impeachment, así, aunque de enorme significado y punzantes efectos podría no ser a la postre significativo en el resultado electoral. Las encuestas hasta el momento no han mostrado un vuelco en las preferencias electorales vinculadas a ello y la campaña misma, con los dos candidatos frente a frente una vez se dilucide qué demócrata será quien rete a Trump, será dura y amarga.

Y algunos alertan que la votación en sí está en riesgo si no se frenan antes los ímpetus de intervención foránea que atacaron los comicios de 2016 y podrían retornar ominosos en la de 2020.

Por ello, las voces que señalan que el impeachment es válido y necesario arrecian.

¿Ha sido así el impeachment solo una demostración de principios, una defensa ética y una denuncia de abusos que los demócratas han decidido emprender a sabiendas que Trump no va a ser retirado de la Casa Blanca de ese modo y de que, incluso, no será por ello que se dilucide la elección?

¿La patente ceguera de los republicanos, que han optado por defender al presidente y su posición de poder a ultranza a contracorriente de las pruebas y los hechos, se produce porque ellos saben que el Senado no destituirá a Trump y el presidente mantendrá amplias posibilidades de reelegirse?

¿Ha sido el impeachment como la gran representación de un mimo que combate contra muros tan infranqueables como invisibles? ¿O es un momento de disfunción institucional tan grave que será marcado en la historia como una etapa oscura de subordinación de la constitucionalidad al ejercicio del poder y que podría, como el adicto, conducirlo a un abismo sin regreso?

No hay aún respuestas claras, aunque es evidente que la institucionalidad democrática y republicana de Estados Unidos está a prueba. Y quizá será ciertamente el voto en noviembre de 2020 lo que pasará la página. Aunque el contenido del siguiente capítulo esté en la bruma y la capacidad de reacción y movilización del electorado sea una enorme interrogante.