El Senado se pregunta cuál es la diferencia entre una mujer y una tortuga marina

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Cuando estaba en la secundaria —un colegio católico de señoritas en Cincinnati al comienzo de la revolución sexual— nuestra clase de religión abordó el tema del aborto en alrededor de 45 segundos.

“El aborto es asesinato”, dijo el sacerdote que impartía la lección, antes de pasar a temas más controvertidos, como los besos en el cuello y el cachondeo intenso. Todavía tengo un recuerdo vívido de cuando me hicieron entrar en el auditorio para escuchar una conferencia de un clérigo visitante que nos aseguró que, cuando Jesús estaba muriendo en la cruz, fue torturado por una visión de los pecados de la humanidad, especialmente de chicas adolescentes “besándose con chicos en el asiento trasero de un coche”.

Eso fue hace mucho tiempo y la conclusión era, al menos, clara y coherente: nada de sexo, excepto para las parejas casadas que quieran tener hijos. Este mensaje específico no se escucha a menudo en los debates políticos actuales sobre la reproducción, pero, como ideología, sigue estando presente.

El miércoles, el Senado rechazó un proyecto de ley demócrata que apoyaba el derecho de las mujeres a elegir, anticipándose a una decisión de la Corte Suprema en sentido contrario.

Durante el debate, los republicanos afirmaron que la mayoría de los estadounidenses se oponen al aborto tardío, mientras que los demócratas señalaron que las encuestas muestran que la población quiere que el aborto sea un asunto entre una mujer y su médico. Es fácil imaginar que ambas cosas sean ciertas: la mayoría de la gente se siente incómoda con la idea de poner fin a un embarazo cuando el feto está bien desarrollado, pero desde hace tiempo existe un anhelo muy razonable de mantener al gobierno fuera de un asunto tan privado y personal.

Es muy evidente hacia dónde vamos. La mayoría construida por Trump en la Corte Suprema rechazará el entendimiento, ya establecido, de que una mujer tiene el derecho constitucional de decidir si quiere interrumpir un embarazo. En al menos 13 estados, las leyes que prohíben el aborto podrían entrar en vigor casi de inmediato.

Bienvenidos al país de mis clases de religión en el colegio. Cuando se le preguntó al gobernador de Misisipi si el estado procedería a prohibir la anticoncepción, dijo, de forma bastante preocupante: “no es en lo que estamos centrados en este momento”. Y la temida senadora republicana de Tennessee, Marsha Blackburn, criticó la decisión de la Corte Suprema en el caso Griswold contra Connecticut, que ampara el uso de anticonceptivos entre parejas casadas en virtud del derecho constitucional a la vida privada.

Blackburn dice que Griswold es “constitucionalmente insostenible”. No es la única postura desconcertante: cuando se les preguntó a los candidatos republicanos a fiscal general de Míchigan sobre el fallo de Griswold en un debate a principios de este año, no parecían saber de qué se trataba (uno sacó un dispositivo móvil para buscarlo mientras otro se quejaba: “No sabía que podíamos traer nuestros teléfonos aquí”).

En cualquier caso, de lo que se trata es de saber si los estados que pueden prohibir el aborto harán más en su lucha contra la anticoncepción. Sin duda, habrá un siguiente paso. Los numerosos activistas que han centrado su carrera política en restringir la actividad sexual de las mujeres no van a declarar la victoria sin más y se van a ir a casa.

En Luisiana, los legisladores están considerando una propuesta para clasificar como homicidio la interrupción de un embarazo en cualquier momento posterior a la fecundación. Y la Legislatura de Idaho podría celebrar audiencias sobre la prohibición de los anticonceptivos de emergencia, lo cual constituye un recordatorio de que cuando hablamos de “derechos de los estados”, deberíamos pensar que estamos confiando nuestro destino a una sala llena de legisladores estatales.

En esencia, se trata de castigar a las mujeres que quieran gozar su sexualidad. Es un concepto con una larga tradición en la historia de Estados Unidos. Ya desde 1873, el Congreso comenzó a aprobar una serie de leyes que prohibían la difusión por correo de literatura, medicamentos o dispositivos para el control de la natalidad. Más tarde, cuando un periodista preguntó a Anthony Comstock, fundador de la Comisión para la Supresión del Vicio de Nueva York, si estaba bien que una mujer utilizara anticonceptivos si un embarazo pusiera en peligro su vida, Comstock replicó: “¿No pueden usar el autocontrol? ¿O tienen que rebajarse al nivel de las bestias?“.

Es cierto, es probable que el debate actual no llegue tan lejos. Pero es importante señalar que, en el fondo, las políticas de las que estamos hablando aquí se proponen legislar las creencias religiosas de un solo segmento del público.

El objetivo del proyecto de ley demócrata en el Senado era sobre todo hacer que la opinión pública se centrara en la cuestión de los derechos reproductivos antes de las elecciones de otoño. Y, desde luego, eso no puede ser perjudicial. Tiene que haber votantes por ahí que no estén tan dispuestos a ir a las urnas, pero que puedan sentirse conmovidos si oyen el discurso del senador republicano de Montana, Steve Daines, que elogia las leyes antiaborto por ser similares a las que “protegen los huevos de una tortuga marina o los huevos de las águilas”.

En este debate se ha hablado mucho de las tortugas marinas. El senador republicano de Oklahoma, James Lankford, en un largo y emotivo discurso, relató un enfrentamiento con manifestantes por el derecho al aborto, quienes señalaron que había una diferencia entre las leyes que protegen el derecho de una mujer a elegir y las leyes que protegen especies en peligro de extinción.

“Y me llamaron extremista”, declaró Lankford. Y añadió: “Si la gente me llama radical por creer que los niños son valiosos, que así sea”.

En realidad, la gente llama a Lankford radical por creer que las experiencias reproductivas de las hembras de reptiles acuáticos son comparables a las de los humanos, cuyas crías necesitarán y merecerán muchos años de cuidados y preocupaciones constantes para prosperar.

© 2022 The New York Times Company

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