Un segundo semestre, casi espejo del primero, marcado por las elecciones

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El ministro Martín Guzmán concretó en el primer semestre del año un fuerte ajuste fiscal
El ministro Martín Guzmán concretó en el primer semestre del año un fuerte ajuste fiscal

El segundo semestre acaba de comenzar y promete ser, desde el punto de vista económico, radicalmente distinto al primero. El ciclo electoral y la pandemia le impondrán una impronta que hará que sea, en muchos aspectos, casi el espejo del primer semestre.

El punto de partida de este cambio radical estará dado por el gasto público y el resultado fiscal. Durante el primer semestre el ministro de economía, Martín Guzmán, implementó el ajuste fiscal más duro de la historia moderna de la Argentina. Los datos hasta mayo, los últimos disponibles, son impresionantes. El balance primario, que excluye el pago de intereses, pasó de un déficit acumulado del 2,3% del PBI en el período de enero a mayo de 2020, a 0% del PBI en igual período de 2021. Dice el FMI que se les fue la mano.

Para poner en contexto, comparemos con los años de mayor ajuste fiscal del gobierno de Cambiemos, 2018 y 2019. La reducción del déficit primario de los primeros cinco meses de cada uno de esos años, con respecto a los primeros cinco meses del año anterior, fue de 0,5% del PBI, y terminó siendo de cerca de 1,5% del PBI en todo el año.

Este ajuste fiscal fue la consecuencia de un fenomenal aumento de la recaudación impositiva y de un brutal ajuste a los jubilados y a los trabajadores estatales, entre otros. La recaudación del impuesto a los bienes personales subió un 924% en los primeros cinco meses, si le sumamos el eufemísticamente denominado “aporte solidario”, al tiempo que los impuestos a las exportaciones aumentaron el 200% interanual gracias al aumento de precios internacionales.

Del lado del gasto, el ajuste fue muy heterogéneo. El gasto en jubilaciones y en salarios públicos subió alrededor del 30% interanual en los primeros cinco meses del año, comparado con una inflación del 48,8%. También se ajustaron los gastos relacionados con el Covid, mientras que los subsidios energéticos, el déficit de las empresas públicas y el gasto en obra pública crecieron fuertemente.

Este ajuste fiscal ya llegó, sin embargo, a su fin. El segundo semestre va a ser un zafarrancho. Los subsidios energéticos van a dispararse aún más al entrar a los meses de invierno con magras subas de tarifas y precios de importación de energía sustancialmente superiores a los de 2020. La recaudación del aporte solidario ya fue asignada a gastos varios. Los salarios públicos se van a acelerar en los meses que siguen. La luz verde la dio Cristina Kirchner en la negociación con los empleados del Congreso: fueron a pedirle un 35% de aumento y se llevaron el 40%. El gasto relacionado con el Covid también tomó impulso, incluyendo más pagos de la tarjeta Alimentar. La obra pública irá en ascenso hasta las elecciones de noviembre. Así, el déficit primario del segundo semestre puede exceder los 4 puntos del PBI.

El cambio de situación fiscal traerá aparejado naturalmente un cambio en la política monetaria, dado que el Banco Central (BCRA) es, al final de cuentas, un apéndice del Ministerio de Economía. Durante los primeros seis meses de 2020, el financiamiento del BCRA al Gobierno fue de 1,7 billones de pesos (ajustados por inflación), comparado con “solo” 330.000 millones en los primeros seis meses de 2021. Durante el segundo semestre, sin embargo, la asistencia del Banco Central al Gobierno se expandirá en, con suerte, 0,9 billones de pesos. Si hace silencio, escuchará a las imprentas de billetes precalentando.

Este no será el único desafío que tendrá la autoridad monetaria en el segundo semestre. El otro estará ligado al dólar. Tuvo un primer semestre fácil. Las exportaciones de cereales y oleaginosas subieron a US$16.660 millones, comparadas con los US$9307 millones del primer semestre de 2020. Esto le permitió al BCRA comprar cerca de US$6400 millones en los primeros seis meses del año.

El segundo semestre no pinta tan fácil. El pico de las exportaciones agrícolas ya pasó. A partir de ahora comenzarán a decrecer. Los productores, una vez pagados los insumos, tractores y otros costos, guardarán parte de su producción esperando una devaluación poselectoral. Esto desatará, casi con seguridad, un conflicto con el ala radical de la coalición gobernante, que no entiende cómo los terratenientes no están al servicio de la causa. A esto se suma el vaivén de los precios agrícolas. Si bien subieron vigorosamente el pasado miércoles, habían caído con fuerza desde mediados de mayo hasta esta semana.

La merma de las exportaciones, la suba de las importaciones energéticas, los pagos de deuda del Gobierno y los dólares usados para mantener a raya el Contado con Liqui (CCL), le harán perder reservas al Banco Central al menos desde agosto. Como a un equipo de fútbol que viene ganando el partido pero le empiezan a hacer goles, la defensa del Gobierno se va a incomodar.

Ya se empezó a sentir su marcación personal la semana pasada. Hubo reuniones organizadas por la Comisión Nacional de Valores (CNV) con operadores del mercado para contener el CCL. A partir del pedido de la CNV, habrá un CCL oficial y uno blue. Estas peripecias, que les parecen normales a los miembros del Gobierno, son imposibles de explicar a un extranjero. Son prácticas no homologables. Por algo el MSCI nos bajó dos categorías de un saque, de emergente a standalone, donde están los países con prácticas no homologables. Y eso que aún el BCRA está ganando reservas, aunque menos que antes. Se juega en mitad de cancha. Cuando el mercado se acerque al área, desde el Gobierno muy probablemente empezarán a las patadas.

Lo cierto es que, más allá de titulares apocalípticos y economistas advirtiendo sobre catástrofes inminentes, la mayoría de los argentinos poco se va a enterar de todos estos problemas. El metro cuadrado de gran parte de la población, que sufrió mucho el primer semestre, se verá algo aliviado en el segundo. Este es el objetivo, al final de cuentas, del Instituto Patria.

En el primer semestre, las restricciones a la movilidad por la pandemia, el ajuste fiscal y la caída del salario real impactaron fuertemente en la producción y el consumo. Entre febrero y abril, el último dato disponible, la economía se contrajo un 1,6%. Mayo, en el que la cuarentena se profundizó, será aun peor. Los datos de consumo con tarjetas de crédito que publica el BBVA apuntan en el mismo sentido.

El segundo semestre será también en este sentido un espejo del primero. Con el aumento de la temperatura y la campaña de vacunación contra el Covid más avanzada, la economía debería seguir su proceso de reapertura, a menos que la variante Delta golpee fuerte. A partir de la luz verde dada por Cristina Kirchner, las paritarias privadas comenzaron a cerrar con aumentos de salarios mucho más elevados. El incremento de gasto público, de salarios públicos y privados, y el dinero que el Gobierno pondrá en el bolsillo de los receptores de planes sociales y jubilados impulsarán el consumo en el segundo semestre.

Paradójicamente, la inflación no aumentaría en los próximos meses a pesar de la reactivación y el aumento de salarios y planes sociales, y es posible hasta que baje un escalón. El dólar planchado en el mercado oficial, los precios de la carne a la baja por la fuerza, las tarifas, la nafta y varios precios más congelados, ayudarían a reducir temporalmente la suba de precios. Es decir, pasaremos de un primer semestre con bajos aumentos de salarios e inflación elevada, a un segundo semestre con mayores aumentos de salarios e inflación algo más baja.

El último aspecto en el que el segundo semestre va a diferir del primero es quizás el más importante pero el más difícil de discernir: el rol de las elecciones en las expectativas. En el primer semestre, las elecciones legislativas no jugaron un papel importante. Esto cambiará. El 24 de julio se develará cómo queda configurada la oferta electoral, ya que es la fecha límite para inscribir las candidaturas. A partir de ahí entramos en modo electoral.

Todo esto, en un contexto donde será muy difícil predecir el resultado de la elección. El presidente Alberto Fernández está, tres meses antes de las PASO, con un nivel de aprobación similar al que tenía Mauricio Macri tres meses antes de las PASO de 2019. La expansión de la economía lo ayudará a recuperar popularidad en los próximos meses. ¿Le alcanzará para ganar la elección? Difícil tarea para las encuestadoras. Estas ya vienen golpeadas de 2019. Crisis como la que estamos viviendo suelen, además, generar cambios tectónicos en las preferencias electorales. ¿Podrán capturarlos en las encuestas?

Mientras los argentinos intentan develar estas incógnitas, probablemente hagan lo que su ADN dicta ante casos de incertidumbre: comprar dólares. No solo la temperatura subirá de aquí a noviembre: la brecha cambiaria también se recalentará.

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