La semana más oscura de Alberto Fernández

Jorge Liotti

Hasta hace exactamente una semana, el presidente Alberto Fernández pensaba haber encontrado el rumbo y la velocidad de navegación para poder atravesar la inédita crisis del coronavirus. La estrategia era estrictamente sanitarista y estaba simbolizada en su frase "si el dilema es la economía o la vida, yo elijo la vida". Contaba con el acompañamiento unánime de una dirigencia política asustada y sectores productivos shockeados, y más de un 80% de la población decía respaldar su accionar. Pero este escenario no existe más. Cambió abruptamente después de la semana más oscura desde que está en el poder.

Con el mismo vértigo que caracteriza la expansión de la pandemia, se contagió de presiones, divisiones, internas y errores. Todo sucedió después de que decidió, con la recomendación del grupo de médicos que lo asesora, extender el aislamiento obligatorio hasta Semana Santa. Las segundas partes no siempre fueron buenas.

Tres personas que lo vieron esta semana coincidieron en el mismo diagnóstico: el Presidente estaba convencido de que la cuarentena era la mejor receta para este momento, y si todo dependiera de él, mantendría la medida al menos hasta fin de mes. "Se enamoró de la idea, sentía que la había pegado y que era reconocido afuera del país como un estratega que podía evitar que la Argentina termine como Italia o Ecuador", retrató uno de ellos.

Pero los últimos cinco días desafiaron profundamente ese principio y desnudaron precariedades en el sistema de toma de decisiones del Gobierno, a tal punto que el propio Fernández empezó la lenta tarea de flexibilización del confinamiento cuando excluyó de las restricciones a doce nuevos sectores productivos. En la quinta de Olivos se imaginan ahora un retorno gradual para ciertas actividades después del 13 de abril, con resguardo total para los grupos de riesgos, y una postergación indefinida del inicio de clases y de los eventos públicos. El propio presidente lo explicitó ayer en una entrevista radial en la que, como no había hecho nunca desde que se inició la crisis, anticipó medidas una semana antes de aplicarlas.

En el medio, el jefe del Estado sufrió un desgaste importante. Por primera vez se exhibió en la intimidad emocionalmente afectado (y no se trata de una figura metafórica). Comentó su desilusión porque entiende que los sectores del poder de la Argentina son ingratos e injustos con el esfuerzo que está haciendo y terminó de confirmar las enormes limitaciones de su propio equipo en los momentos decisivos.

Interpretó la decisión del grupo Techint de cesantear 1450 trabajadores como un "apriete" para reabrir la actividad económica, y como un desafío a su autoridad. Ese lunes no hubo ninguna voz moderada de su entorno que pudiera convencerlo de que no le convenía enfrentarse con el empresariado en este contexto. El día siguiente, más calmo, le encargó a un emisario enviarle un mensaje a Miguel Acevedo, titular de la UIA, para preparar la reunión que se concretó el viernes. Quería dejar en claro que no a todos los empresarios consideraba "miserables". Incluso al final del encuentro con los industriales Fernández aceptó el pedido de la representante de Techint y se quedó hablando a solas con ella, mientras el resto se retiraba.

El mismo viernes terminó recibiendo a la CGT para equilibrar otro desbalance que generó en la semana en la que abandonó el rol de líder superador, que tanto rédito le venía dando. Cuando calificó de "ejemplar" a Hugo Moyano pareció buscar un apoyo decisivo para las situaciones de emergencia que vislumbra. El transporte es clave para mantener el flujo de abastecimiento y el Presidente tenía el dato de que algunos camioneros no querían trabajar y otros estaban reportando, hasta con videos y fotos, que no podían llegar a destino por los bloqueos que muchas provincias y municipios imponen. Lo que pareció subestimar con su visita al sanatorio Antártida fue el hielo que generó con la CGT y el frío que le corrió a Héctor Daer, su hombre de mayor confianza en la conducción gremial.

Para cerrar la brecha que abrió con empresarios y sindicalistas, el Gobierno prevé una primera reunión para mañana o el martes con el fin de empezar a discutir cómo sería una reactivación parcial de la producción. Los industriales proponen normalizar la actividad agrícola, la metalúrgica, la metalmecánica, la obra publica y, por supuesto, los bancos. El telón de fondo es el decreto antidespidos del inicio de la semana, pero en ese encuentro se hablaría también de un compromiso por los precios (en los últimos días volvieron a fracasar todos los controles sobre alimentos y las miradas apuntaron al tándem Matías Kulfas y Paula Español) y de un enfriamiento paritario inevitable a cambio de conservar los puestos laborales.

Por fuera de esa mesa, la preocupación central está en la situación de los monotributistas y trabajadores informales, adonde el Estado hasta ahora no llegó con una asistencia efectiva y donde no tiene los mecanismos aceitados como con los beneficiarios de planes sociales. Los más atentos tampoco subestiman el descontento acumulado de amplias franjas de sectores medios que, más allá de cierta politización, se expresaron en las serenatas nocturnas de los balcones.

Pero además de los desafíos externos, Alberto Fernández sufrió como nunca antes los errores de su propio equipo. Esta semana Fernández admitió en conversaciones reservadas que considera que Ginés González García no está dando las respuestas que él espera de su ministro de Salud. Utilizó un término duro para calificarlo, pese a que nunca dejará de defenderlo en público. Se quejó amargamente después de que el funcionario anunciara su intención de emitir un decreto para poder imponer decisiones sobre todo el sistema sanitario. El planteo tiene lógica y lo han instrumentado países como España: ante la eventualidad de que el sector público quede desbordado en su capacidad, un esquema de articulación le permite determinar si hay camas disponibles en el sector privado para derivar pacientes y poder hacer uso de esa capacidad ociosa, contemplando el pago correspondiente. Hay provincias argentinas, como Tucumán, que ya tienen mecanismos similares.

Pero González García no había hablado previamente con las empresas de prepagas ni con las clínicas privadas y desató un vendaval. Ni siquiera internamente dentro del Gobierno estaba consensuado que sería un decreto. El Presidente recordó otros traspiés del ministro, y no solo los públicos. Aún tiene presente el día que le ordenó comprar respiradores cuando todavía costaban 6000 dólares y mucho tiempo después, cuando el valor se había duplicado, todavía no se había ejecutado la partida. La demora en la adquisición y distribución de los kits de testeos también mostró lentitud en medio de un mundo que, desesperado, se lanzó a comprar insumos y saturó la demanda.

El debilitamiento interno de González García también erosionó la mirada sanitarista que se impuso hasta la semana pasada. Pero el frente economicista, que venía planteando la necesidad de flexibilizar el aislamiento, también sufrió un traspié fenomenal el viernes negro de los bancos abiertos para jubilados, un episodio que según una medición de la consultora Poliarquía le costó a Fernández una caída de 7 puntos en su nivel de aprobación y de 14 puntos en la evaluación del Gobierno.

Miguel Pesce, que venía pulseando con Kulfas por el papel del sector financiero en la crisis, terminó cruzado con Alejandro Vanoli. Y Fernández despotricó en las reuniones de ese día contra el bancario Sergio Palazzo. Pero más allá de los errores en la implementación del plan quedó en evidencia la ausencia de un esquema de coordinación por debajo de Alberto Fernández. Santiago Cafiero trabaja a destajo pero con escasa autonomía, la estela de Gustavo Beliz perdió luminosidad y Martín Guzmán quedó embalsamado en su papel de técnico. De a ratos hubo desconcierto en Olivos. Eduardo Duhalde, que con la edad tiene menos filtros inhibitorios, lo dijo con crudeza: "Hay gente de Alberto que no maneja bien las cosas".

Lo mismo piensa Cristina Kirchner, quien desde que llegó de Cuba no solo mantuvo silencio público, sino también cierta distancia de las decisiones. Está convencida de que el efecto de la crisis será muy fuerte sobre toda la dirigencia, y prefiere mantenerse a resguardo porque entiende que su reaparición generaría una sensación de doble comando. Está en desacuerdo con la sobreexposición mediática de Alberto Fernández, pero también con la dureza de la cuarentena.

Solo transmitió una profunda preocupación por la situación en el conurbano. Habló incesantemente con los intendentes y reclamó en Olivos atención a sus reclamos. Su diagnóstico coincide con el de quienes más conocen ese territorio: si bien el Estado apuntaló a los sectores más marginales con fondos y alimentos, sobrevuela la sensación de que la paz social puede quebrarse en cualquier momento. La fragilidad de ese equilibrio inestable lo escuchó el propio Fernández en la videoconferencia que mantuvo el martes con los intendentes bonaerenses.

En los próximos días recrudecerá un debate sobre el que nadie tiene certezas: ¿qué pasará cuando se flexibilice la cuarentena sin que se haya alcanzado el pico de contagio, que según los especialistas se corrió para mediados de mayo? El consejo de expertos que asesora al Presidente coincide en que, más allá de las discusiones por el número de testeos y de infectados, la cantidad de muertes y de casos críticos demuestra que la Argentina transita la primera etapa por debajo del promedio de los países más afectados. "El objetivo de aplanar la curva tiene algún éxito hasta ahora", explica Gustavo Lopardo, uno de los infectólogos que integra el comité. En ese grupo admiten que por razones sociales y económicas la cuarentena total no se podrá mantener más allá del próximo domingo, día en que volverán a Olivos para transmitirle su recomendación a Alberto Fernández. Nadie sabe todavía si alguien se animará a decir Felices Pascuas.