De la selfie en la ONU al rezo militarizado: quién es Nayib Bukele, el presidente de El Salvador

LA NACION

Hace apenas unos cinco meses, su primer discurso en la ONU fue noticia por su perfil. Vestido de traje pero sin corbata, con camisa blanca desabrochada en el cuello, un pañuelo rojo en el bolsillo, la barba pulcra y el gesto relajado, sacó su celular en el atril, ante los micrófonos, se tomó una selfie y dijo: "Créanme, muchas más personas verán esta selfie que las que escucharán este discurso. Espero que haya salido bien. Aunque no lo queramos aceptar, la red, cada día, se vuelve cada más el mundo real y este formato de asamblea se vuelve cada vez más obsoleto".

El domingo pasado su actitud también salió en los medios del mundo. Con saco, pantalón, camisa, el pelo oscuro peinado y la mirada seria, entró al recintode la Asamblea Legislativa escudado por militares, se sentó en la silla que corresponde al presidente del cuerpo, juntó las manos frente a su rostro, agachó la cabeza y rezó. Dijo que lo hizo para pedirle a Dios un consejo. Luego se cubrió el rostro con las palmas, permaneció así varios seguros, se enderezó, se levantó y se fue.

Nayib Bukele es el presidente de El Salvador, un país de 6 millones de habitantes, desde junio del año pasado. Tiene 38 años, está casado desde diciembre de 2014 con la psicóloga, educadora y bailarina Gabriela Rodríguez (fueron novios por diez años), acaba de ser padre y el año pasado, cuando fue elegido, puso fin a la alternancia de poder entre dos partidos que caracterizó al país en los últimos 30 años. Lo hizo en la primera vuelta. Ganó con el 53 por ciento de los votos y con su partido la Gran Alianza por la Unidad Nacional (GANA) derrotó a los candidatos de la coalición conservadora ARENA y del izquierdista FMLN. Tras ganar, indicó: "Soy el presidente más cool y guapo del mundo". En una nación marcada por la falta de empleo y las crisis económicas continua, no se cansa de aseverar: "Hay dinero suficiente si nadie roba".

En la región no hay mandatario más joven que él. Entre 2015 y 2018 fue alcalde de la capital. Entonces, formaba parte de la izquierda, pero fue expulsado hace unos años, en octubre de 2017, por el Tribunal de Ética del partido, que lo acusó de promover la división interna.

Antes de entrar en política trabajaba en la empresa de publicidad de su padre. Es hijo del millonario Armando Bukele, químico industrial y representante de la comunidad árabe-palestina, y de Olga Ortez. Estudió derecho en la jesuita Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador, pero no terminó la carrera, de acuerdo con lo publicado por la cadena CNN.

Los analistas políticos dicen que es difícil encasillarlo. Tiene mucho de progresista y también mucho de lo opuesto. Algunos dicen que es "un populista clásico que apela a los sentimientos en contra, aprovecha los movimientos viscerales de la gente descontenta". Otros, que es un hombre sin prejuicios ideológicos. Quienes lo conocen aseguran que es inteligente, innovador y un conocedor de lo que pasa en toda la nación.

En algo se parece a su par estadounidense Donald Trump. Usa mucho la red social Twitter. Por ello le dicen el presidente hipster, el presidente millennial. Durante su campaña, fue la forma de comunicarse con sus seguidores e incluso de mostrar sus propuestas políticas. Una vez en la casa de gobierno, fue su cadena nacional. Usó este medio para dar la bienvenida a los nuevos funcionarios e incluso para echar a aquellos que ya no quería durante su gestión.

Durante la campaña, además, aseveró que se oponía al aborto y al matrimonio igualitario. Meses después, dijo que quieren mantener una buena relación con los Estados Unidos para que Washington cambie su percepción sobre los inmigrantes y los salvadoreños.

Una funcionaria de izquierda, Xochilt Marchelli, líder de una comuna capitalina, lo acusó de lanzarle una manzana y llamarla "bruja" durante una sesión del concejo municipal. Bukele siempre lo negó. Según el diario salvadoreño El Faro, el mandatario pactó con las pandillas de la capital. Él siempre lo niega. Dice que lo que hizo fue lidiar con ellas. Como alcalde, ordenó proyectar en la plaza El Salvador del Mundo una película de Dragon Ball. También promovió las competencias de paintball. Para él el bolivariano Nicolás Maduro y el nicaragüense Daniel Ortega son dictadores. Está seguro que el camino es el de la desregulación económica. Por eso rompió lazos con China.

Cuando comenzó a gobernar muchos estaban desconcertados. No sabían cuál de las problemáticas urgentes del país iba a ser su prioridad. Lo ocurrido el fin de semana puede haber borrado dudas.

El domingo Bukele, en un hecho insólito, ingresó a la Asamblea Legislativo, se sentó en el estrado que normalmente ocupa la directiva del Congreso y oró. "La decisión que vamos a tomar ahora la vamos a poner en manos de Dios. Vamos hacer una oración", dijo.

Después salió a la calle y habló desde una tarima a seguidores y empleados estatales que se habían reunido en las cercanías del Congreso, de mayoría opositora, para presionar a los legisladores a aprobar el préstamo para seguridad de 109 millones de dólares. "Les pido paciencia, si estos sinvergüenzas (los diputados) no aprueban esta semana el Plan Control Territorial los volvemos a convocar el domingo (que viene)". Así dio el ultimátum.

El mandatario se amparó en el artículo 167 de la Constitución para hacer el llamado al Congreso, pero la Asamblea le respondió que la convocatoria era "improcedente" porque el mencionado artículo solo prevé llamar a sesión extraordinaria en casos de emergencia nacional y lo acusó de querer liderar un golpe de Estado, de acuerdo con lo publicado por la agencia AFP.

Él rechazó las acusaciones ayer, cuando en una entrevista con el diario El País aseguró: "Si yo fuera un dictador o alguien que no respeta la democracia, ahora hubiera tomado el control de todo. Según las encuestas, el 90% del pueblo nos apoya. También lo hacen las Fuerzas Armadas y la Policía".

El crédito, que será usado para el equipamiento de las fuerzas se seguridad, es clave para avanzar en el plan del gobierno contra las violentas pandillas. Esa parece ser su meta. En redes, hace ya tres días que se vanagloria de que el país no registra asesinatos. Las pandillas son responsables de gran parte de la violencia en El Salvador, uno de los países sin guerra más violentos del mundo, con un promedio anual de 35,6 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2019.