Los motivos por los que la selección vasca de fútbol no puede ser oficial

Luis Tejo
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Unai Núñez salta entre varios rivales y remata de cabeza un balón.
Unai Núñez (centro) remata para marcar el gol del 1-2 que le dio la victoria a la selección vasca en el amistoso contra Costa Rica disputado el pasado noviembre. Foto: Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images.

Es un tema recurrente, y un tanto cansino, que cada cierto tiempo salta a la actualidad no ya de las páginas deportivas, de las que no debería salir, sino a las de política. Otra vez, y ya hemos perdido la cuenta, vuelve a la primera línea el debate sobre si la selección vasca de fútbol debe tener o no carácter oficial, y por tanto competir en fases de clasificación para la Eurocopa y los Mundiales. Que lo lograra o lo dejara de lograr sería otra historia más discutible, sobre todo teniendo en cuenta el nivel actual de los jugadores vizcaínos, guipuzcoanos y alaveses más destacados; de lo que se discute es de su legitimidad para intentarlo.

Porque el conjunto representativo del balompié de Euskadi ya existe. La foto que abre este artículo lo acredita: corresponde al partido disputado contra Costa Rica en Ipurúa, el campo del Eibar, el pasado mes de noviembre. Los locales, luciendo en su indumentaria los colores verde, blanco y rojo de la ikurriña, ganaron por 2-1. No había nada en juego más allá del honor: el encuentro, como todos los que involucran a este combinado, era de carácter amistoso.

Precisamente de ahí viene el lío. El sector de la población vasca más nacionalista, y formaciones políticas como el mayoritario y gobernante PNV, consideran que la Euskal Selekzioa debería tener estatus oficial, al mismo nivel que las de otros países europeos como Francia, Alemania, Italia... o España. Las últimas novedades al respecto, indica el diario El Mundo, apuntan a que el lehendakari Íñigo Urkullu ha conseguido que el gobierno dirigido por Pedro Sánchez “acepte negociar” sobre esta cuestión.

Mucho se puede debatir en clave parlamentaria sobre lo procedente o no de tal acto, según la ideología de cada cual. Aquí estamos en la sección de Deportes, por lo que no saldremos del ámbito puramente futbolero. Y en este sentido, lo que hay que matizar es que estos movimientos del Ejecutivo vasco y de Moncloa, en caso de que existan y sean algo más que una triquiñuela facilona para escandalizar a un perfil determinado de lectores, son bastante irrelevantes.

Pedro Sánchez e Íñigo Urkullu, sentados cada uno en un sillón, con dos banderas, una española y una vasca, entre ellos.
Reunión en el palacio de la Moncloa entre el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez (derecha) y el lehendakari vasco Íñigo Urkullu el pasado lunes. Foto: Jesús Hellín /Europa Press via Getty Images.

Porque el hecho de que una selección nacional tenga o deje de tener carácter oficial no es prerrogativa de ninguna institución gubernamental nacional, regional, autonómica o del tamaño que sea. Quienes se encargan de este tema son los órganos que regulan el fútbol. Es decir, la FIFA y, en este caso, la UEFA, ya que las ansias independentistas no incluyen llevarse el territorio a otro continente.

Resulta fácil de entender. Es la FIFA la que organiza los Mundiales, es la UEFA la que monta la Eurocopa, por tanto son ellas quienes deciden los criterios para admitir o dejar de admitir a los participantes. Y solicitarlo, lo pueden solicitar, de hecho ya lo han intentado. Pero la normativa está clara: desde 2001 no se admiten como miembros territorios que no tengan la categoría de estado independiente según la ONU. El proceso para que el País Vasco tuviera selección oficial propia debería ser al revés: primero independizarse, luego solicitar que su equipo fuera aceptado.

Existen dos excepciones. Por un lado, el Reino Unido no compite como un solo país (como sí pasa en otros deportes y en los Juegos Olímpicos), sino que Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte van por separado. Esto se debe, por un lado, a la tradición histórica del balompié que tiene su origen precisamente en esta parte del mundo; la FIFA surgió a partir de ellos, y no al revés, con lo que ha tenido que adaptarse a tal peculiaridad. Es una anomalía que indican expresamente los estatutos (artículo 11.5). Por otro, las islas Feroe formalmente son parte del Reino de Dinamarca pero cuentan con un notable nivel de autogobierno, lo que justifica que también vayan aparte.

Las Feroe se ampararon en los mismos estatutos, pero en un punto posterior que es el que podría justificar los contactos entre Urkullu y Sánchez: el 11.6, que especifica que “con la autorización previa de la federación miembro del país del que dependa, la federación de fútbol de una región que aún no haya obtenido su independencia podrá solicitar su admisión en la FIFA”. Y en cualquier caso, aunque cambiaran los criterios, su membresía no se vería comprometida, porque el 11.7 las protege: “El presente artículo no afectará el estatus de las actuales federaciones miembro”.

Pero hay otro matiz capital: una federación que se afilie a la FIFA no solo tiene el derecho a que su selección juegue torneos oficiales. También hay obligaciones que cumplir. Entre ellas, según el artículo 15, está la “responsabilidad de las federaciones miembro a la hora de regular materias tales como arbitraje, lucha contra el dopaje, registro de jugadores, licencias de clubes, imposición de medidas disciplinarias —incluidas las resultantes de conductas éticas inapropiadas— o medidas destinadas a proteger la integridad de las competiciones”.

En la práctica, esto significa que una federación que quiera tener su propia selección nacional debe respaldarla con su propio torneo. Que es, en última instancia, la razón por la que se ha dado el visto bueno a la presencia de Gibraltar. El peñón tiene una Liga que domina con mano de hierro el Lincoln Red Imps, campeón 23 veces, incluidas todas las ediciones menos dos desde el año 2000, para desesperación de rivales como el Europa o el St Joseph’s. No es necesario que sea una liga; Liechtenstein, por ejemplo, carece de ella, pero sí hay una Copa.

Jugadores del Glasgow Rangers se abrazan para celebrar un gol
Enfrentamiento de ronda previa de la Europa League entre el Lincoln Red Imps de Gibraltar y el Glasgow Rangers. Foto: Javier Montaño/DeFodi Images via Getty Images.

Habría, por tanto, que montar una liga vasca, que tendría también carácter oficial. ¿Estarían dispuestos el Athletic de Bilbao, la Real Sociedad, el Alavés, el Eibar y los seis equipos vascos que juegan ahora mismo en Segunda División B (nueve si incluimos filiales) a abandonar la estructura del campeonato español? Aunque solo sea por la más que previsible bajada de beneficios económicos, parece difícil de creer.

Se puede alegar que no sería el primer caso de equipos de un país que juegan en otro; el Mónaco, uno de los destacados en Francia, es el ejemplo más claro, pero el propio Liechtenstein, con sus representantes integrados en la liga suiza, o el puñado de clubes galeses que militan en las divisiones inferiores inglesas, o incluso el Andorra de Piqué en nuestra Segunda B también pueden servir. Se trata de anomalías justificadas por motivos históricos o geográficos; forzando la máquina se podrían replicar... pero para eso haría falta que la Federación Española estuviera dispuesta a “readmitir” a quienes, voluntariamente, habrían decidido marcharse.

En el supuesto de que todas estas trabas se superaran, todavía quedaría un último escollo. La admisión tanto en la FIFA como en la UEFA no es automática: tras la presentación de los informes pertinentes y, si procede, su admisión a trámite (que procedería: se valoran sobre todo aspectos técnicos y logísticos, y en ese sentido Euskadi no está peor que, por ejemplo, Kosovo, el último gran admitido), el Comité Ejecutivo tendría que votar.

No cabe duda de que España, uno de los peces gordos del fútbol mundial, ejercería presiones. Con Gibraltar, tras años de peleas que frenaron su acceso, ya tuvo que claudicar (hasta cierto punto: se estableció que jamás podría haber un enfrentamiento entre ambas selecciones ibéricas), pero en el fondo, aunque sea muy simbólica, la trascendencia de que los llanitos tengan su propia representación es más bien escasa. El caso vasco sería radicalmente distinto: solo en la última convocatoria de la Roja había cuatro nacidos en esa comunidad (Kepa, Unai Simón, Íñigo Martínez y Oyarzabal) y hay otros jugadores como Unai Núñez, Iñaki Williams o Illarramendi, entre otros, que es razonable pensar que podrían ser llamados. Eso, por supuesto, sin contar a los navarros, que en ese jaleo por ahora sí que no nos vamos a meter.

En definitiva, no se trataría solo de que un par de políticos llegaran a algún acuerdo e hicieran alguna declaración altisonante. El tema es muchísimo más complejo. Tal como están las cosas actualmente se puede considerar imposible, por mucho que haya quien se sienta decepcionado. Intentar presentarlo de otra manera, ya sea por patrioterismo secesionista o con ánimo de caldear un poco más el ambiente contra Moncloa, es pura venta de humo. Allá cada uno si lo quiere comprar, pero quien se atufe y se intoxique no podrá alegar que no estaba avisado.

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