“¿Cómo este señor tan chingón iba a vender papitas?”

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“Yo no hubiera sobrevivido sin mi esposa Erika”, dice Cristian Maya de 42 años, pues en un lapso de nueve meses la pandemia del COVID-19 les arrebató todo lo que habían construido juntos.

En 2012 se reencontró con Erika, una amiga de la universidad y exnovia de uno de sus amigos. Para ese tiempo ella ya se había separado de su pareja y tenía un niño, mientras que Cristián había terminado una relación de varios años.

Rápidamente su amistad acompañada con responsabilidades laborales se transformó en amor por lo que ambos se mudaron a Tecámac, en el Estado de México, donde Erika vivía. Cristian dejó su casa en la colonia Clavería, en Azcapotzalco.

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Ambos son capacitadores certificados y se dedicaban a impartir cursos -principalmente de redacción- a empresas, sin embargo, cuando Cristian se muda al Estado de México la situación se complica porque le quedaba retirado del lugar donde impartía sus actividades. Luego de mucho pensarlo decidieron emprender y tener su propia empresa. Ellos serían sus propios jefes y se organizarían como desearan.

Aunque Erika estaba muy emocionada y decidida a hacerlo, Cristian dudaba.

“Yo toda la vida he sido miedoso para ese tipo de cosas de poner un negocio, ‘no, cómo crees’”, comparte.

“Yo nunca he tenido sueños de grandeza en ese aspecto y mi esposa al ser administradora de carrera y de la UNAM ella quiere ser empresaria y no sé qué tanta cosa más, yo lo veía como sueños guajiros. Lo único que me coqueteaba de poner la empresa de capacitación con ella es que, por supuesto, los cursos los puedes cobrar más caros que si eres una sola persona, entonces, ‘híjole, era ganar más’”.

En ese tiempo, cuenta, él ganaba unos 250 pesos por hora, pero si ponía su empresa, fácilmente podría duplicar la ganancia.

En 2014 no sólo abrieron la empresa, sino que se convirtieron en papás de un niño.

Al inicio, recuerda, no fue fácil, pero poco a poco encontraron clientes que les pedían importantes cantidades de cursos de capacitación. No paraban y en la casa los frutos de la buena racha eran visibles.

Tres coches, todos los muebles imaginables, brincolín y casas de juegos para sus hijos…era tal la cantidad de cosas que poseían que tuvieron que comprar bodegas plegables que instalaron en el jardín para meter sus pertenecías. En la casa ya no cabía nada más.

Les iba tan bien que incluso adelantaron tres, cuatro, seis meses de renta a su casera.

Cristian explica que en todo ese tiempo decidieron no invertir en un terreno o casa porque su plan de vida era migrar a Canadá y preferían invertir en algún emprendimiento allá.

Sin embargo, desde los primeros días del 2020 comenzó la pesadilla.

“Estábamos a toda madre, y de repente, ‘¿viste lo de la epidemia?, sí, pero está súper lejos’”, comentaba Cristian con su esposa Erika.

“Lo veíamos lejos y decíamos que no nos iba a tocar, quizá un poco por ignorancia. Incluso tardamos en adoptar las medidas de seguridad entre la familia porque no creíamos que existiera (el virus)”.

Con el confinamiento todas las capacitaciones se cancelaron. Intentaron ofrecerlas en webinarios, pero no funcionó. El trabajo se acabó.

Entre junio y diciembre de 2020 no tuvieron ningún ingreso, vivían exclusivamente de sus ahorros. Ya no adelantaban meses de renta y las clases de krav maga -defensa personal- que toda la familia tomaba se cancelaron. Ya no era posible costear ese tipo de actividades.

En diciembre, su casera les advirtió que muy probablemente vendería la propiedad, por lo que les anticipó que tendrían que buscar un nuevo lugar donde vivir. Pasó enero y febrero y ante la incertidumbre de no saber qué hacer, decidieron comenzar a buscar a dónde mudarse.

“¿Con qué dinero nos íbamos a cambiar?, pero no había de otra y empezamos a buscar casa”, dice

La búsqueda los llevó hasta Pachuca, pero las rentas eran muy elevadas. Intentaron quedarse en Tecamac pero tampoco les alcanzó y donde podían costear eran zonas muy peligrosas. En marzo decidieron que se mudaría a Teotihuacán. Y de nuevo ¿con qué dinero iban a pagar la mudanza?

Entonces tomaron la decisión de vender dos de sus tres coches, solo se quedaron con la camioneta familiar que les serviría para llevar sus pertenencias. Cristian ya no recuerda cuántos viajes hicieron, pero con lo que obtuvieron por la venta de los autos pudieron pagar la gasolina y la despensa de un mes.

Coincidentemente el primer día que llevaron cosas a su nueva casa se percataron que en local comercial que estaba justo debajo ella se había desocupado. “¿Y si lo rentamos y ponemos un negocio?”, se preguntaron, sin embargo, volvían al comienzo: con qué dinero rentar y acondicionar el espacio si la primera renta de su nueva casa la pagaron gracias a que pidieron prestado dinero a sus familiares.

“Erika dijo ‘hay que poner algo’, y pues volvimos a pedir prestado -con todo el dolor de mi corazón- a mi familia. Le pedí más dinero a los que viven en Canadá, Estado Unidos, a un amigo que vive en Estocolmo… les decía que era para empezar un negocio”, detalla Cristian.

Luego de buscar qué negocios había a la redonda y teniendo claro que su propuesta debía ser venta de comida, decidieron que pondrían un local de papas a la francesa y malteadas. Según estimaron, para poder echar a andar su negocio necesitaban alrededor de 120 mil pesos. Era imposible.

“Ahí es que empezamos a hacer trueques. Una de las casitas (de juegos) la cambiamos por un horno y por una parrilla. Ahorita tenemos lo básico y mi familia nos sigue apoyando con dinero. Vimos que nos faltaba un refrigerador y le hablé a mis tíos de Las Vegas si nos apoyaban”, agrega.

Así, en abril pasado inauguraron su local de papas.

Ya que su casa está muy cercana al centro de Teotihuacán, Cristian tuvo que salir a entregar volantes y hacer promoción de su negocio para que la gente lo visite.

Luego de ser un profesionista que impartía cursos de capacitación tuvo que darle un vuelco a su vida para mantener a su familia, pues la crisis sanitaria por el COVID-19 no sólo le quitó su trabajo, sino que acabó con sus ahorros y con el sueño de migrar para empezar unan nueva vida fuera de México.

“Cómo voy a estar volanteando afuera de mi casa y en el centro de Teotihuacán que es un pueblo, no manches”, se repetía a sí mismo antes de abrir su negocio. “’Cómo ese señor tan chingón se iba a poner a vender papitas’ y esa fue una de las partes más difíciles para mi, el adaptarme”.

“Yo son una piedra, soy yeso, me cuesta cambiar, tiendo a la comodidad, soy un hombre de costumbres, lo tengo muy arraigado y eso te impide cambiar, te vuelve incrédulo… yo no hubiera sobrevivido si Erika no fuera mi esposa”, insiste.

A seis semanas de la apertura de su local al que bautizaron “la patata pa’tato” dice que no ha habido un día que no hayan vendido. Hace unas semanas quisieron tomarse un martes como descanso y la gente llegó pidiendo papas y malteadas.

“La idea es mantener el negocio y aunque vuelva a despegar lo de los cursos seguir con él, no echar todos los huevos a una sola canasta. La adaptabilidad es una habilidad invaluable en estos tiempos”, sentencia.

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