El señor de las armas que está en la mira de la unidad de elite de killers rusos

Michael Schwirtz
·6  min de lectura
Una inspección de daños luego de una explosión en un depósito de municiones cerca de Vrbetice en 2014
Policía de República Checa

NUEVA YORK.- A pesar de ser uno de los vendedores de armas más importantes del mundo, Emilian Gebrev parece un abuelito que prefiere las camisetas de fútbol y las chombas al traje y la corbata, que maneja su propio auto e insiste en que fuera de su Bulgaria natal es un personaje irrelevante.

Esta semana, sin embargo, la importancia de Gebrev quedó muy clara, por lo menos para la brigada de élite rusa que responde al servicio de inteligencia militar del Kremlin.

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Se trata de una revelación escalofriante, sobre todo porque las autoridades dicen que el grupo ya intentó matar a Gebrev en dos oportunidades. Según las autoridades búlgaras, en 2015, funcionarios de la unidad rusa viajaron a Bulgaria y envenenaron a Gebrev con una sustancia parecida al mismo agente nervioso Novichok que ya fue utilizado contra exespías y críticos acérrimos del presidente Vladimir Putin. Luego del fracaso de la primera tentativa de asesinato, volvieron y lo envenenaron otra vez.

El comerciante de armas Emilian Gebrev en Sofía en 2017
Agencia AFP


El comerciante de armas Emilian Gebrev en Sofía en 2017 (Agencia AFP/)

Días después de que las autoridades de República Checa acusaran al equipo de asesinos conocido como Unidad 29155 de haber organizado en 2014 una serie de explosiones en depósitos de armas donde murieron dos personas, Gebrev reconoció que en esos depósitos tenía almacenada su mercadería. Y según los funcionarios checos, la mira de los rusos estaba puesta en esos stocks de Gebrev.

Siempre hubo dudas sobre los verdaderos motivos del empecinamiento de los rusos contra Gebrev, pero las nuevas revelaciones de República Checa aportan evidencias de que el Kremlin lo perseguía por sus negocios.

En un email enviado al diario The New York Times, Gebrev reconoce que en el depósito de armas checo almacenaba armas y más tarde admitió lo que durante mucho tiempo había negado: su empresa Emco envió equipamiento militar a Ucrania después de 2014, cuando los separatistas iniciaron una guerra contra las fuerzas ucranianas con apoyo de militares y servicios de inteligencia rusos.

La participación de la Unidad 29155 en las explosiones en República Checa se suma a una creciente lista de operaciones que se atribuyen y profundiza el enfrentamiento entre Rusia y Occidente.

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El jueves, el gobierno checo anunció que como respuesta a las explosiones echaría a unos 60 diplomáticos rusos, que se sumarán a los 18 ya expulsados del país, lo que dejaría prácticamente desmantelada la delegación diplomática rusa en ese país. Rusia prometió responder en consonancia, y ya expulsó a 20 funcionarios de la embajada checa en Moscú.

El ajuste de cuentas llega apenas unos días después de que Estados Unidos anunciara la expulsión de 10 diplomáticos rusos e impondría sanciones como castigo por el inmenso hackeo de los sistemas informáticos del gobierno norteamericano, que la Casa Blanca atribuye al servicio de inteligencia exterior del Kremlin. También coincidió con la concentración de tropas rusas en la frontera ucraniana, que recién cedió parcialmente esta semana.

La Unidad 29155 operó en Europa durante años sin ser descubierta por las agencias de inteligencia occidentales. En 2019, una investigación de The New York Times reveló el propósito de la unidad y demostró que un año antes sus integrantes habían perpetrado la tentativa de asesinato del exespía ruso Sergei Skripal, envenenado en Salisbury, Inglaterra.

Desde entonces se han conocido numerosos ejemplos de los operativos llevados a cabo por la unidad. El año pasado, The New York Times reveló que la CIA había llegado a la conclusión de que la unidad rusa había financiado a una red de activistas criminales en Afganistán para realizar ataques contra las tropas estadounidenses y de la coalición.

Soldados rusos en una base militar en  Perevalnoe, en la Península de Crimea en 2014
The New York Times


Soldados rusos en una base militar en Perevalnoe, en la Península de Crimea en 2014 (The New York Times/)

Los fiscales búlgaros acusaron a tres funcionarios de la Unidad 29155 de envenenar a Gebrev en enero de 2020 y emitieron órdenes de arresto en su contra. También publicaron videos de cámaras de vigilancia que aparentemente filmaron a uno de los agresores colocando veneno en el picaporte de los autos de Gebrev, su hijo y un alto directivo de su empresa en un garaje cercano a sus oficinas de Sofía, capital de Bulgaria.

Pero Gebrev no sabe si la unidad no actuó por su cuenta, y aunque deja entrever que los responsables de su envenenamiento fueron los esbirros rusos, cree que probablemente estaban confabulados con sus enemigos de Bulgaria.

En el verano y otoño boreales de 2019, me reuní con Gebrev varias veces y hasta fuimos a visitar una de sus fábricas de armamento cerca de una ciudad búlgara llamada Montana, donde pude ver morteros de varios tamaños en cajas verdes que luego son enviadas a todo el planeta. Gebrev nunca habló de sus vínculos con las explosiones en República Checa y también mostró reticencia para hablar de las dos ocasiones en que fue envenenado.

“Si en el diario lo van a publicar como cualquier otro chisme, prefiero no hablar del tema”, dijo al comienzo de una de nuestras reuniones.

Gebrev también se ha mostrado reacio a hablar de la relación de su empresa con Ucrania. En un primer momento, había dicho que en 2014, cuando comenzó la guerra, cesaron todas las exportaciones de armas a ese país. Pero el viernes reconoció que Emco firmó un contrato con “empresas ucranianas autorizadas” a fines de 2014, ya iniciada la guerra. En un correo electrónico anterior a The New York Times, Gebrev había insistido en que las armas almacenadas en los depósitos checos no estaban destinadas a Ucrania.

Diplomáticos checos y sus familias abandonan la Embajada de República Checa en Moscú el lunes pasado
Europa Press


Diplomáticos checos y sus familias abandonan la Embajada de República Checa en Moscú el lunes pasado (Europa Press/)

Desde 2014, proveer asistencia militar al gobierno ucraniano es como jugar con fuego.

Después de que las manifestaciones prodemocráticas en Ucrania tumbaran al gobierno títere del Kremlin, unidades de las fuerzas especiales rusas con uniformes no identificables se apoderaron y anexaron la península de Crimea, y fogonearon una insurrección separatista en el este que aún sigue en marcha. Al mismo tiempo, sicarios rusos se diseminaron por todo el país, asesinando a altos funcionarios militares y de inteligencia ucranianos que eran esenciales para el esfuerzo de guerra, según señalan funcionarios ucranianos.

Esta semana, en una conferencia de prensa, el primer ministro de República Checa, Andrei Babis, dijo que las explosiones representan “un ataque sin precedentes en suelo checo” pero dejó en claro que el blanco verdadero no era su país sino “bienes pertenecientes a un vendedor de armas búlgaro”.

Las explosiones ocurrieron en octubre y diciembre de 2014, y en un principio se atribuyeron a una falla técnica. Siete años más tarde, no queda claro cómo las autoridades checas llegaron a la conclusión de que las explosiones fueron resultado de un sabotaje ruso.

Los funcionarios de seguridad checos identificaron a dos sospechosos, de quienes dijeron que llegaron al país justo antes de la primera explosión y visitaron el depósito cerca de la ciudad de Vrbetice haciéndose pasar por compradores de las fuerzas armadas de Tayikistán. Los nombres falsos que utilizaron para ingresar al predio, Ruslan Boshirov y Alexander Petrov, fueron los mismos que utilizaron cuatro años después dos hombres que envenenaron a Skripal en Salisbury.

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El hecho de que los espías rusos hayan efectuado operaciones de sabotaje de tipo militar fuera de tiempos de guerra ha consternado a muchos europeos.

“Creo que tanto para la opinión pública checa como para la del resto de Europa es algo escandaloso”, dice David Stulik, analista en el Centro de Valores Europeos para la Política de Seguridad, con sede en Praga. “Revela la forma en que Rusia trata a nuestros países”.

The New York Times

Traducción de Ignacio Mackinze