San Gregorio, el pueblo donde sus chicuarotes buscan recuperarse del COVID-19

Redacción Animal Político
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Aquí las tradiciones siguen existiendo. Transitan en las calles, habitan en las casas, se presumen en las plazas y se materializan en las chinampas. Aquí, las personas viven de su pasado y se alimentan de sus tierras. Sin embargo, hoy el pueblo de San Gregorio Atlapulco enfrenta una de sus mayores crisis, el azote por la pandemia de COVID-19.

Aquí la mala suerte no es ajena. En los primeros años de historia de San Gregorio Atlapulco como pueblo de la Nueva España, acontecieron eventos de magnitudes desastrosas. A principios del siglo XVII fuertes lluvias provocaron el desbordamiento de los canales, lo cual estropeó las cosechas, y casi al mismo tiempo, se desataron olas de epidemias que acabaron con la vida de miles de campesinos.

Actualmente les han azotado dos situaciones similares, una de ellas el sismo del 19 de septiembre de 2017. “Lo del sismo fue terrible, todos llorábamos”, doña Meche Domínguez mueve la cabeza, detrás de las rejas de su tienda “El Triunfo”, “todo se movía, todo se movía y ya nomás se oyeron los trancazos”, afirma con voz entrecortada.

Su local, al lado del centro de San Gregorio, fue uno de los pocos que no tuvieron daños estructurales después del sismo. Este pueblo fue uno de los más afectados de la Ciudad de México, tres mil 800 inmuebles dañados, entre los que destaca la parroquia de San Gregorio Magno, la más importante para el pueblo y cientos de damnificados.

Pese a eso, el señor Cuauhtémoc, también conocido como Don Güero, cuenta que el pueblo no tardó en levantarse: “Hartos hombres, hartos muchachos, harta gente que vino a ayudar a quitar las piedras ¿de dónde? Quién sabe, porque te digo que así es San Gregorio, sintieron que fue feo y ya se venían a asomar las gentes y venían a ayudar”.

Sin embargo, doña Meche vuelve a negar cuando se le pregunta por otro evento que no ha abandonado a los chicuarotes: la COVID-19. “Del temblor nos levantamos porque teníamos que levantarnos, pero de la pandemia no podemos estar bien todavía, estamos mal”, reflexiona y guarda silencio debajo de su cubrebocas floral.

Porque, pese al fuerte carácter de los chicuarotes, la pandemia ha arrasado con muchos. San Gregorio Atlapulco es uno de los principales focos rojos de contagio en la alcaldía de Xochimilco, en donde la cifra, a mediados de diciembre, es de más de 16 mil casos positivos. En el pueblo ha alcanzado a más de 100 personas. Esta realidad se refleja en las calles, donde letreros y grafitis advierten a la población sobre el riesgo, y tan solo algunos transeúntes utilizan el cubrebocas como establecen las autoridades de salud.

¿Por qué estamos así?, se cuestiona desde su estudio el artista y restaurador chicuarote Marín Serralde Galicia, a lo que responde: “Es por la misma naturaleza, por eso la gente se infectó mucho, la misma necesidad de sacar porque no hay otro medio (…) el que trabaja, come y el que no trabaja simplemente no come”.

Los guerreros de las chinampas

Aquí los chicuarotes no se rinden. Al menos no tan fácil. La herencia cultural y social que corre por sus venas los impulsa a vencer la adversidad. Así como labran sus campos y cuidan sus chinampas, procuran a sus generaciones jóvenes y buscan constantemente salir adelante.

Fernanda Negrete Emeterio es de la generación de jóvenes que han podido estudiar gracias a los logros de sus antecesores campesinos. A sus 28 años ya se recibió de la Barra Nacional de Abogados y, aunque admite que San Gregorio se ha vuelto un pueblo “feo”, desea quedarse en las tierras donde nació: “Al final de cuentas, las tradiciones que tenemos, que es como lo que nos diferencia de la ciudad, hacen que yo diga – No, sí, me voy a seguir quedando aquí –”.

Y como ella, hay muchos que son profesionistas y que lograron salir adelante gracias a sus parientes o, incluso, a su misma situación precaria. Tal es el caso del artista Martín Serralde, que ha vivido sus 64 años en San Gregorio, pero ha viajado por todo el mundo. Él también es hijo de campesino, pero se vio obligado a trabajar en el campo tras la muerte prematura de su padre.

“Yo no sé cómo salí, ¿eh? Te lo confieso”, se ríe, recordando sus años de juventud, en los que no tenía tiempo para divertirse, pero sí para apreciar la belleza de su pueblo. Para él, la única forma de salvar a San Gregorio es dando a conocer sus maravillas: “porque es una importancia que nosotros creemos tenerlo, nosotros lo creemos nada más, pero la demás gente no lo conoce, ni les interesa”.

La responsabilidad de salir adelante recae en los más jóvenes, quienes además cuentan con una carga cultural heredada por sus tíos, padres y abuelos, muchos de los cuales participaron activamente en movimientos sociales a favor del progreso de San Gregorio. Así es para Fernanda Negrete, cuyo abuelo fue un ferviente activista chicuarote.

“Con el trabajo, los campesinos tienen el deseo de superarse, no solamente esa generación, sino la nuestra y las que vienen, porque es un pueblo muy trabajador”, asegura el abuelo de Fernanda, el cronista Raúl Emeterio, a quien todavía se le ilumina la mirada al hablar de su pueblo. Ante esto, su nieta solo espera que los chicuarotes puedan unirse para sacar a San Gregorio adelante.

Sus habitantes reconocen que tienen en frente un desafío si es que quieren conservar sus tradiciones y mantener la seguridad y tranquilidad del pueblo: “Yo creo que si vamos a un lugar debemos de ver qué es lo mejor de ese lugar, no lo malo, porque en ocasiones los malos ni son los que están ahí, ¿verdad?”, concluye Martín Serralde.

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