La losa psicológica de la pandemia del coronavirus en la población

M. J. Arias
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La salud mental, apuntan en la web de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), “es una parte importante del bienestar y la salud en general” que “afecta en la manera de pensar, sentir y actuar”. Un apartado que, en pandemia y a tenor de los estudios realizados al respecto, se ha visto considerablemente afectado por el miedo, la preocupación, el aislamiento y la incertidumbre derivados de una crisis del coronavirus que va camino de cumplir un año.

Young frustrated man solving his mental problems while having therapy session with psychologist
Young frustrated man solving his mental problems while having therapy session with psychologist

Durante estos meses, han sido (y siguen siéndolo) muchos los retos psicológicos a los que está haciendo frente la ciudadanía. El confinamiento domiciliario fue el primero de ellos. De pronto, de un día para otro, cortar de raíz cualquier vínculo con la normalidad y encerrarse en casa abandonando las rutinas diarias y la vida social para plantar cara a un enemigo invisible que primero paralizó la vida y ahora la ha cambiado quién sabe hasta qué punto y por cuánto tiempo más.

A eso, a ese encierro y soledad en muchos casos, hay que sumar la preocupación por caer en enfermo, porque enferme un ser querido, por el trabajo, por la crisis económica que los expertos vaticinan que vendrá… Situaciones de estrés presentes o venideras a las que hay que sumar el de la pérdida de un ser querido del que, en los momentos más duros de la pandemia, ni siquiera hubo la posibilidad de despedirse y acompañar en sus últimos momentos.

Ante un panorama así, no es de extrañar que la ansiedad y la depresión hayan aumentado en estos meses. Una encuesta realizada por el Servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Clínic de Barcelona dos semanas después del confinamiento recogió que el 65% de los participantes aseguraban tener ansiedad y síntomas de depresión. Otro elaborado hacia el final del estado de alarma reflejaba que el 42% de los trabajadores sufría ansiedad. El teletrabajo, en el que muchos veían la panacea de la conciliación, combinado con la educación telemática es un caldo de cultivo explosivo para el estrés.

En abril, informaba Gaceta Médica, un grupo de expertos británicos ya alertaba de las consecuencias en la salud mental que tendría la pandemia instando a la colaboración internacional para actuar con rapidez ya que la detección precoz, como en cualquier otra enfermedad, resulta crucial. “Existe una necesidad urgente de investigación para abordar cómo se pueden mitigar las consecuencias para la salud mental de los grupos vulnerables en condiciones de pandemia”, advertían.

Basaban sus advertencias entonces a los datos recogidos durante la epidemia de síndrome respiratorio agudo severo en 2003, que supuso un impacto mucho menor tanto en la población como en el desarrollo de la vida normal y que supuso un aumento de la tasa de suicidios entre mayores de 65 de un 30%. Además, añadían, uno de cada do de los pacientes que superaron la enfermedad tuvieron que hacer frente a la ansiedad que se quedó con ellos y el 29% de los sanitarios padecieron angustia. “Los supervivientes corrían el riesgo de sufrir un trastorno de estrés postraumático y depresión”, explican.

Desde la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) ya alertaron de que la pandemia afectaría a la salud mental de la población pidiendo a los gobiernos que no dejasen de lado ese ámbito de la salud. Según sus datos, detectaron un incremento de la angustia del 35% en China (primer país donde se desató la crisis), un 60% en Irán y un 40% en Estados Unidos.

Estando aún inmersos en la pandemia y con la tercera ola acercándose resulta complicado evaluar hasta qué punto la crisis del coronavirus y todo lo que esta implica ha calado en la salud mental de la ciudadanía. Que lo ha hecho es evidente y hay distintos estudios y encuestas que lo han puesto de manifiesto. Pero no será hasta tiempo después de que se supere la situación y se establezca de nuevo una situación de relativa normalidad que se pueda saber con más precisión el coste psicológico y emocional de esta pandemia. Los efectos reales se verán más a medio y largo plazo.

Fernando Gonçalves, responsable del Grupo de Salud Mental de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), advertía hace poco en El País que “para el estudio de las consecuencias psicológicas y mentales producidas por la existencia de esta pandemia, deberíamos esperar meses, e incluso años, para poder analizarlas con precisión y un grado aceptable de certeza. Inmersos como estamos actualmente en el caos originado por el coronavirus, cualquier análisis serio, no gozaría de la necesaria objetividad y sosiego en su estudio”.

En las últimas semanas, una investigación llevada a cabo por equipos del MIT y de la Universidad de Harvard a través de las redes sociales da una idea del calado del problema. Publicada en el Journal of Medical Internet Research, su investigación apunta a la ansiedad, el duelo y los problemas de pareja como síntomas inequívocos y más comunes.

En declaraciones a El País, Martín Villanueva, cofundador de la aplicación de ayuda psicológica iFeel, señalaba que en estos meses han visto, “sobre todo, dificultades con duelos, por el fallecimiento de familiares o conocidos, pérdida de trabajo y sentimientos profundos de soledad”. Su plataforma, desde marzo, ha registrado un incremento de las consultas en un 203%. El 90% se han hecho desde España.

Todo esto se ha traducido en un aumento de la venta de fármacos utilizados para tratar este tipo de enfermedades y problemas. Así, señalan en el citado medio en base a datos facilitados por IQVIA, el consumo de sustancias dirigidas al sistema nervioso central ha crecido en España entre enero y septiembre en un 4,1% vendiéndose 4,4 millones más de unidades de antipsicóticos, hipnóticos y sedantes, tranquilizantes y antidepresivos.

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