Lo que hay que saber sobre los archivos de víctimas civiles

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Unos niños juegan en el lugar donde se encontraba la escuela que albergaba a la familia de Qusay Saad antes de que la alcanzara un ataque aéreo estadounidense el 13 de enero de 2017, en el este de Mosul, Irak. (Ali Al-Baroodi/The New York Times).
Unos niños juegan en el lugar donde se encontraba la escuela que albergaba a la familia de Qusay Saad antes de que la alcanzara un ataque aéreo estadounidense el 13 de enero de 2017, en el este de Mosul, Irak. (Ali Al-Baroodi/The New York Times).

En los años transcurridos desde que las botas estadounidenses en nuestras tierras dieron paso a una guerra de ataques aéreos en Irak, Siria y Afganistán, el ejército estadounidense ha hecho una promesa central: que las bombas de precisión y los drones matarían a los enemigos y minimizarían los riesgos para los civiles.

Recientes investigaciones de The New York Times echaron por tierra esa promesa. En septiembre, el Times informó que un ataque con aviones no tripulados en Kabul, Afganistán, que según funcionarios estadounidenses destruyó un vehículo cargado de bombas, acabó matando a diez miembros de una familia. El mes pasado, este diario informó que, en 2019, decenas de civiles murieron en un bombardeo en Siria que los militares habían ocultado a la opinión pública.

Ahora, una investigación de nuestro diario descubrió que no se trataba de casos atípicos, sino de víctimas habituales de una forma de guerra transformada que ha salido mal.

La investigación revela, con base en más de 1300 documentos de un archivo oculto del Pentágono, que desde 2014, la guerra aérea estadounidense ha estado plagada de una inteligencia bastante defectuosa, una selección de objetivos precipitada e imprecisa y la muerte de miles de civiles, muchos de ellos niños.

Además de revisar las evaluaciones de los militares sobre los informes de víctimas civiles —obtenidas mediante solicitudes de Libertad de Información y demandas contra el Departamento de Defensa y el Mando Central de Estados Unidos— el Times visitó casi 100 sitios donde hubo víctimas en Irak, Siria y Afganistán y entrevistó a decenas de residentes sobrevivientes, así como a funcionarios estadounidenses actuales y anteriores.

Estos son los puntos clave de la primera parte de la investigación. La segunda parte se publicará en los próximos días.

Las muertes de civiles se han subestimado de forma muy marcada

Según el recuento del ejército, 1417 civiles murieron en ataques aéreos en la campaña contra el Estado Islámico en Irak y Siria; desde 2018, en Afganistán, las operaciones aéreas estadounidenses mataron a por lo menos 188 civiles. Sin embargo, el Times descubrió que el índice de muertes civiles era bastante mayor. Las discrepancias surgieron en un caso tras otro, y en ningún otro fueron más evidentes que en un bombardeo de 2016 en la aldea siria de Tokhar.

Las fuerzas de operaciones especiales de Estados Unidos atacaron lo que creían que eran tres “zonas de concentración” del Estado Islámico, con la creencia de que matarían a decenas de combatientes de esa organización. Una investigación militar concluyó que podrían haber muerto entre 7 y 24 civiles “mezclados con los combatientes”. Sin embargo, según el Times, los edificios atacados eran casas en las que se habían refugiado familias. En ese ataque murieron más de 120 civiles.

De 1311 casos, solo hubo una ‘posible violación’

El Pentágono tampoco ha cumplido sus promesas de transparencia y responsabilidad.

Hasta ahora, solo un puñado de evaluaciones se han hecho públicas. Ninguna incluía una constatación de irregularidades o medidas disciplinarias. Solo una citó una “posible violación” de las reglas de enfrentamiento: una infracción en el procedimiento de identificación de un objetivo. Se realizaron menos de una decena de pagos de condolencias, a pesar de que los sobrevivientes heridos a menudo requerían una atención médica costosa. Los registros muestran el escaso esfuerzo realizado por el ejército para identificar patrones de fracaso o lecciones aprendidas.

En muchos casos, el mando que había aprobado un ataque se encargaba de examinarlo, a menudo utilizando pruebas incorrectas o incompletas. En solo un caso los investigadores visitaron el lugar del ataque. Y en dos, entrevistaron a sobrevivientes o testigos.

En conjunto, las 5400 páginas de registros señalan una aceptación institucional de las víctimas civiles. En la lógica de los militares, un ataque era justificable siempre y cuando el riesgo previsto para los civiles se hubiera sopesado de manera adecuada frente a la ganancia militar y contara con la aprobación de la cadena de mando.

Más de 50.000 ataques aéreos, la mayoría de los cuales no se planeó con antelación

El nuevo estilo de guerra de Estados Unidos tomó forma tras el aumento de las fuerzas estadounidenses en Afganistán en 2009. A finales de 2014, el presidente Barack Obama declaró que la guerra terrestre de Estados Unidos había concluido, y que la misión de las fuerzas armadas pasaba a ser en su mayoría de apoyo aéreo y de asesoramiento a las fuerzas afganas que luchaban contra los talibanes. Casi al mismo tiempo, autorizó una campaña de ataques aéreos contra objetivos del Estado Islámico y en apoyo a las fuerzas aliadas en Irak y Siria.

A un ritmo cada vez más acelerado durante los siguientes cinco años, y mientras la administración de Obama daba paso a la de Donald Trump, las fuerzas estadounidenses llevaron a cabo más de 50.000 ataques aéreos en Irak, Siria y Afganistán.

Cuando las guerras se intensificaron, la autoridad para aprobar los ataques recayó en cargos inferiores en la cadena de mando, incluso cuando una abrumadora mayoría de los ataques se llevaron a cabo en el ardor de la guerra y no se planearon con mucha antelación.

El sesgo y los puntos ciegos crearon peligro

Los registros sugieren que, muchas veces, las muertes de civiles fueron resultado del “sesgo de confirmación”, o la tendencia a encontrar e interpretar información de una manera que confirme creencias preexistentes. Se daba por hecho que las personas que se apresuraban a llegar al lugar de un bombardeo eran combatientes del Estado Islámico y no rescatadores civiles. Los hombres en motocicletas, que se pensaba que se movían “en formación”, mostrando la “firma” de un ataque inminente, eran solo hombres en motocicletas.

Los puntos ciegos culturales también dejaban a los civiles inocentes vulnerables a los ataques. Los militares juzgaban, por ejemplo, que no había “presencia civil” en una casa donde las familias dormían la siesta durante los días del ayuno del ramadán o se refugiaban del calor o de los intensos combates.

Defectos de la tecnología y la vigilancia

A pesar de sus grandes promesas de precisión milimétrica, a veces las armas estadounidenses fallan. En 2016, el ejército informó que había matado a Neil Prakash, un conocido reclutador australiano del Estado Islámico, en un ataque contra una casa en el este de Mosul. El Pentágono informó que cuatro civiles murieron en el ataque. Meses después, Prakash fue detenido al cruzar de Siria a Turquía.

Las imágenes de vigilancia deficientes o insuficientes a menudo contribuyeron a los fallos mortales de los objetivos. Después, el ejército también obstaculizó los esfuerzos para evaluar los ataques. De los 1311 informes examinados por el Times, los militares habían considerado “creíbles” 216 denuncias. En varias ocasiones, los informes sobre víctimas civiles fueron desestimados porque los videos no mostraban cuerpos entre los escombros, aunque con frecuencia las imágenes eran demasiado breves para hacer una determinación confiable.

A veces, solo se tomaban unos segundos de imágenes antes de un ataque, lo que no es suficiente para que los investigadores evalúen la presencia de civiles. En otros casos, no se disponía de ninguna grabación para su revisión, lo que se convertía en el fundamento para rechazar la acusación. A menudo se debía a un “error de equipo”, a que ningún avión había “observado o grabado el ataque”, o a que la unidad no podía o no quería encontrar las imágenes o no las había conservado como era necesario.

No se tienen en cuenta las explosiones secundarias

Un objetivo como un depósito de armas o una central eléctrica conllevaba la posibilidad de que se produjeran explosiones secundarias, que a menudo iban mucho más allá del radio de explosión previsto. Este tipo de explosiones representaron casi un tercio de todas las víctimas civiles reconocidas por el ejército y la mitad de todas las muertes y lesiones de civiles en los lugares visitados por este periódico.

Un ataque de junio de 2015 contra una fábrica de autos bomba en Hawija, Irak, es uno de los ejemplos más letales. En los planes para el ataque nocturno, se evaluó que el “problema colateral” más cercano era un “cobertizo”. Pero el lugar estaba rodeado de edificios de apartamentos, y decenas de familias desplazadas, incapaces de pagar un alquiler, también habían estado ocupando edificios abandonados en las cercanías. Según la investigación militar, hasta 70 civiles murieron esa noche.

En respuesta a las preguntas del Times, el capitán Bill Urban, vocero del Mando Central de Estados Unidos, dijo que “incluso con la mejor tecnología del mundo, se producen errores, ya sea por información incompleta o por una mala interpretación de la información disponible. Y tratamos de aprender de esos errores”. Y añadió: “Trabajamos con diligencia para evitar esos daños. Investigamos cada caso creíble. Y lamentamos cada pérdida de vidas inocentes”.

© 2021 The New York Times Company

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