“No sé qué haré”. Es empleada y se levanta 4.30 para que su hijo vaya a clases

Alejandro Horvat
·8  min de lectura
Sandra y Oliver se levanta 4.30 am y viajan desde Ezeiza a Palermo para llegar al cole 8 am
ALEJANDRO GUYOT

Sandra Carrasco, de 47 años, y su hijo, Oliver Osuna, de nueve, viven a una cuadra del asfalto. La calle Chilecito, en Ezeiza, aún es de tierra. Son las 4.30 y la oscuridad mantiene al barrio, que es de casas bajas, sumido en el silencio. Desde la franja de pasto, que crece sin mucho esmero frente a la casa de Carrasco, se ven las luces encendidas. Del otro lado de las paredes de material la carrera contra el tiempo ya empezó.

Sandra Carrasco, de 47 años, y su hijo, Oliver Osuna, de nueve, salen a las 4.30 desde Ezeiza para llegar a la escuela, que queda en Palermo, a las 8
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Sandra Carrasco, de 47 años, y su hijo, Oliver Osuna, de nueve, salen a las 4.30 desde Ezeiza para llegar a la escuela, que queda en Palermo, a las 8 (ALEJANDRO GUYOT/)

“Dale hijo, metele”, le dice a Oliver, en una especie de arenga para que no pierda el ritmo. Ella trabaja como personal de limpieza en la embajada de Venezuela, en la ciudad de Buenos Aires que está a 52 kilómetros de la cama desde la que sale disparada todas las madrugadas. Él cursa cuarto grado en la Escuela N° 6, Vicente Fidel López, que queda a la vuelta de la sede diplomática, en la avenida Santa Fe 5039. Deben llegar a las 8.

Ella prende el televisor, pero es tan temprano que en Canal 9 están repitiendo el noticiero de ayer. El conductor anuncia las restricciones que entrarán en vigencia. Comenta que se suspenderán las clases presenciales a partir del lunes, algo que a Carrasco la tiene muy preocupada.

Mientras tanto, Ponchi gruñe y cada tanto ladra. El sonido retumba dentro del ambiente que es pequeño: un comedor integrado a la cocina, una habitación compartida y un baño. Cuando ellos se van, Ponchi cuida la casa.

Oliver se cepilla los dientes antes de salir hacia la escuela
ALEJANDRO GUYOT


Oliver se cepilla los dientes antes de salir hacia la escuela (ALEJANDRO GUYOT/)

“Deja de ladrar, Ponchi”, exclama Oliver. “El barbijo, Titi, no te olvides”, le pide Carrasco mientras arma su propia mochila, en donde lleva el almuerzo de su hijo, repelente para mosquitos, alcohol, una muda de ropa, un termo para café, una botella de agua, el guardapolvo blanco y un mantel que cose durante los viajes en ómnibus, o en tren, para luego venderlo.

“¿Viste que hoy se van a juntar Larreta y el Presidente para ver si el lunes va a haber clases? Pero por más que uno quiera que los chicos vayan al cole creo que ya está decidido, ya lo dijo el Presidente, qué se va a hacer”, se lamenta Carrasco.

Sandra y Oliver salen de la casa a las 4.50 para tomar el primer ómnibus de la jornada
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Sandra y Oliver salen de la casa a las 4.50 para tomar el primer ómnibus de la jornada (ALEJANDRO GUYOT/)

A las 4.50 salen de la casa. Cierran el alambrado con una cadena y se disponen a caminar hasta la parada del 518 que los llevará hasta la estación Ezeiza del tren Roca. Hace frío y todavía la bruma está al ras del suelo. Cinco minutos después llega el ómnibus con casi todos los asientos vacíos. Ella se sienta, abre las ventanas y rocía alcohol en las manos de Oliver.

Van y vienen juntos todos los días. “Yo trabajo tres veces por semana en la embajada y uno en casa de familia. Los días que coincide mi trabajo con sus clases, cuando termina la cursada, cerca del mediodía, lo paso a buscar y almuerza mientras yo termino de trabajar. Los días que no trabajo igual lo llevo hasta la escuela y me quedo sentada en las escaleras cosiendo hasta que salga, y ahí recién nos volvemos para acá”.

Sandra y Oliver esperan el ómnibus de la línea 518 a las 4.50
ALEJANDRO GUYOT


Sandra y Oliver esperan el ómnibus de la línea 518 a las 4.50 (ALEJANDRO GUYOT/)

Hoy es el último día de clases presenciales en la Ciudad. Así lo dispuso anteayer el presidente, Alberto Fernández. Durante dos semanas los alumnos cursarán de manera virtual. En la práctica, para Carrasco eso es una pesadilla, es madre soltera y no tiene con quién dejarlo.

Su familia vive en Chubut, ella vino a Buenos Aires a los 17 años con un novio y acá se quedó. Está separada del papá de Oliver hace seis años. “Él ya piensa que va a tener dos semanas de vacaciones. No tengo idea cómo voy a hacer para que estudie si yo no estoy encima. El año pasado pude estar presente, pero ahora tengo que ir a trabajar”.

Durante el año pasado Carrasco contrató un servicio de internet que le cuesta 1200 pesos por mes. Durante los primeros seis meses bajaba las tareas con su celular e iba a un locutorio a imprimirlas. En julio recién pudo conseguir una computadora del gobierno porteño. Asegura que todo fue muy complejo y hay madres que sostienen que sus hijos no aprendieron nada durante el ciclo lectivo que terminó en diciembre.

El ómnibus de la línea 518 los lleva hasta la estación de Ezeiza
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El ómnibus de la línea 518 los lleva hasta la estación de Ezeiza (ALEJANDRO GUYOT/)

A las 5.18 el sol todavía no asoma. Al llegar a la estación Ezeiza pagan el boleto y se frenan en la línea del andén. “Viste que nadie controla”, señala Carrasco. Eso le da bronca: “Vos me cerras el colegio para que haya menos movimiento, pero no controlas que haya menos movimiento. Es un tema de prioridades, en Semana Santa todo el mundo se fue de paseo y ahora las escuelas van a volver a la virtualidad. Es difícil, yo también pienso en los docentes que tienen varios trabajos y creo que hay que generar condiciones para que viajen seguros. La educación tiene que ser esencial y deben poner más controles. Vas a ver que en el resto del viaje nadie nos va a pedir el permiso”.

Según la Encuesta de Continuidad Pedagógica, el año pasado, por falta de recursos materiales o emocionales para seguir las clases de manera virtual, , un millón de alumnos tuvieron escaso o nulo contacto con la escuela en todo el país. Hasta ahora, de ese número de estudiantes solo entraron en contacto con el programa de revinculación 361.961 estudiantes. Es decir, que la educación de 640.000 alumnos aún está en suspenso.

Sandra y Oliver se toman el tren Roca desde Ezeiza hasta Constitución todas las mañanas para que el asista a la escuela y ella al trabajo
ALEJANDRO GUYOT


Sandra y Oliver se toman el tren Roca desde Ezeiza hasta Constitución todas las mañanas para que el asista a la escuela y ella al trabajo (ALEJANDRO GUYOT/)

Carrasco observa que las estaciones ya no se higienizan como antes y los pasajeros están poco pendientes de los protocolos. Recuerda que al principio de la pandemia se olía el alcohol en los vagones por la cantidad de veces que las personas se esterilizaban las manos. Ahora eso ya no sucede, salvo en algunas excepciones.

El tren Roca sale en dirección hacia Constitución. Jony es el cafetero, la conoce a Carrasco y sin mediar palabra le llenó un vaso de tergopol con café negro a cambio de 40 pesos. Oliver se puso los auriculares. Ella dice, algo resignada, que durante el viaje él suele escuchar la cortina musical de sus videojuegos favoritos.

A los 10 minutos de viaje, el ruido de los durmientes y el movimiento suave y constante del vagón hicieron que Oliver cayese rendido sobre la falda de su madre. Ella guarda el mantel, el hilo y las agujas y empieza a acariciarle la cabeza. Desde ese momento hasta llegar a Constitución, se mantuvo en silencio porque Oliver tiene que descansar durante viaje para luego no quedarse dormido en la escuela. En el tren hay poca gente, solo algunos pasajeros están de pie, dejan las piernas rígidas y apoyan la cabeza sobre alguna pared del vagón.

Sandra dice que Oliver debe descansar en el tren para luego no quedarse dormido en la escuela
ALEJANDRO GUYOT


Sandra dice que Oliver debe descansar en el tren para luego no quedarse dormido en la escuela (ALEJANDRO GUYOT/)

A las 6.25, el tren llega a Constitución. Oliver se despereza y continúan el largo camino hacia la escuela y el trabajo. Al salir de la estación, si bien hay agentes de la Policía Federal, el control es muy laxo y casi no miran los permisos para circular.

Ahora es momento de tomarse el ómnibus de la línea 67 hasta Palermo. Hay una fila larga y por algún motivo Oliver le hace una pregunta inesperada: “Mamá, ya sé que falta un montón, pero qué pasa si cuando termino la secundaria me dan ganas de ir a la universidad”. “Uf, vamos de a poco, para mi hablar de la universidad es un montón, es algo grande. Yo no pude terminar el secundario allá en Chubut”, responde Carrasco.

En la estación Constitución los controles no eran estrictos
ALEJANDRO GUYOT


En la estación Constitución los controles no eran estrictos (ALEJANDRO GUYOT/)

En el 67, para pasar el rato, cada uno debe señalar al auto que, imagina, avanzará primero cuando aparezca la luz verde. Oliver insiste en jugarlo en cada semáforo. En un transporte lleno de gente seria o dormida, ellos se ríen a carcajadas.

7.20 se bajan en Santa Fe y Bonpland, en diagonal a la escuela. Van a una panadería donde ya los conocen. Por 200 pesos se llevan dos medialunas y un café. Las facturas son de Oliver y ella se toma el café, pero la bolsa siempre trae sorpresas. “Me ponen unos chipa o una dona para que yo también coma. Luego yo no almuerzo, tomo agua todo el día hasta la noche”.

El ómnibus de la línea 67 los deja casi en la puerta de la escuela, en Palermo
ALEJANDRO GUYOT


El ómnibus de la línea 67 los deja casi en la puerta de la escuela, en Palermo (ALEJANDRO GUYOT/)

Ambos desayunan en una plaza seca que está al lado de la escuela. Oliver juega con una medialuna en la mano, disfruta los minutos previos antes de entrar a clases. No volverá de manera presencial, en principio, hasta el 30 de abril.

“Es una lástima, vinimos hasta acá y nadie nos controló. Veremos qué hago la semana que viene”, se lamenta Carrasco, mientras saca de su mochila el guardapolvo blanco. Oliver se lo pone y ella le abrocha los botones. Ya está listo para ir al aula. La jornada recién empieza, todavía falta para el lunes.

Finalmente, a las 8, Oliver entra a la escuela
ALEJANDRO GUYOT


Finalmente, a las 8, Oliver entra a la escuela (ALEJANDRO GUYOT/)