Los rusos votan bajo un ambiente de resignación, ira y temor a una incertidumbre pos-Putin

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Un empresario coloca en su camioneta un afiche de un amigo que se está postulando para un cargo público, en Teriberka, una aldea ártica cerca de Múrmansk, Rusia, el 26 de agosto de 2021. (Sergey Ponomarev/The New York Times)
Un empresario coloca en su camioneta un afiche de un amigo que se está postulando para un cargo público, en Teriberka, una aldea ártica cerca de Múrmansk, Rusia, el 26 de agosto de 2021. (Sergey Ponomarev/The New York Times)

MÚRMANSK, Rusia— La mujer entró al café con un cubrebocas que tenía la inscripción: “No tengo miedo. No tengas miedo”. Un hombre con una chaqueta de cuero la siguió, la observó mientras se sentaba a mi lado y luego desapareció. Otro hombre, con chaleco y gorra gris, esperaba afuera.

Cuando salimos del café, nos siguió.

Estaba entrevistando a Violetta Grudina, una activista de la ciudad ártica rusa de Múrmansk que es aliada del líder opositor encarcelado Alexéi Navalni. Grudina todavía se estaba recuperando de una huelga de hambre. Ahora, bajo una vigilancia implacable, me confesó tener una desesperación creciente y paralizante.

“Todos estamos en una trampa, atrapados por un tirano”, dijo Grudina. “Este estupor que surge de dar absolutamente todo lo que puedes, pero nada cambia… es duro”.

Rusia es un país en el que nada cambia hasta que todo cambia. En víspera de las elecciones legislativas este fin de semana, el gobierno del presidente Vladimir Putin ha tenido un nuevo apogeo de autoritarismo, cubierto con una pátina de cómoda estabilidad. Para muchos, Putin sigue siendo un héroe, en especial por su política exterior asertiva, mientras que quienes se le oponen se están replegando a, como los denominan, sus propios oasis o mundos paralelos.

Del 24 de agosto al 7 de septiembre, el fotógrafo Sergey Ponomarev y yo cruzamos Rusia de norte a sur —un viaje de 4820 kilómetros desde el Ártico hasta la república de Chechenia en el Cáucaso— para indagar por qué Putin, tras 20 años en el poder, ha podido mantener su control sobre este enorme país.

Cinco noches en trenes nocturnos nos llevaron a lo largo de una campaña electoral inequívocamente rusa, en la que hicimos un corte longitudinal a través de la inmensidad del país. En Múrmansk, las medidas extremas y absurdas al parecer diseñadas para evitar que Grudina no estuviera en la boleta electoral incluyeron una hospitalización forzada en un pabellón de coronavirus. En Chechenia, los oponentes al gobernante autoritario de la región parecían estar tratando de conseguir la menor cantidad de votos posible.

Material militar de la era soviética en un parque conmemorativo en Múrmansk, Rusia, el 25 de agosto de 2021. (Sergey Ponomarev/The New York Times)
Material militar de la era soviética en un parque conmemorativo en Múrmansk, Rusia, el 25 de agosto de 2021. (Sergey Ponomarev/The New York Times)

“La gente no puede decir: ‘Dejemos que otra persona ocupe el cargo’”, me dijo Artyom Kiryanov, candidato del partido de Putin, Rusia Unida, a orillas del lago Valdai, en el centro de Rusia. “No existe tal alternativa, en absoluto”.

Todo parece indicar que Rusia Unida tendrá una victoria asegurada este fin de semana, aunque existe la posibilidad de una cantidad considerable de votos de protesta a pesar de la naturaleza estrechamente controlada de las elecciones. Una emoción recurrente que percibimos fue el miedo de la gente: miedo a ser castigados por disentir, de perder lo que tenían, de los fantasmas de la pobreza y la guerra. Conocimos a muchas personas hartas de la corrupción oficial, del estancamiento de los salarios, de las bajas pensiones y del aumento de costos, pero muchas menos dispuestas a enfrentarse a una incertidumbre de una era pos-Putin.

“Me temo que si las cosas empiezan a cambiar se derramará sangre”, dijo Vitaly Tokarenko, un ingeniero de la ciudad sureña de Vorónezh.

El viaje también se convirtió en una experiencia de primera mano con el creciente Estado vigilante ruso. En Múrmansk, el hombre del chaleco y la gorra gris nos siguió del otro lado de la calle y hasta la puerta de nuestro hotel. Cuando Grudina se fue media hora después, tras una sesión de fotos, el hombre no la siguió.

“Probablemente está esperando por ti”, me escribió Grudina en un mensaje de texto.

Las islas Solovetsky: creando un ‘oasis’

Un tren nocturno hacia el sur y un ferri nos llevaron a través del círculo polar ártico hasta el archipiélago de Solovetsky en el mar Blanco. Sus sublimes colinas formadas por glaciares albergan uno de los monasterios más venerados y costosamente restaurados de la Iglesia ortodoxa rusa, un pilar central de apoyo a Putin.

Por esa razón fue sorprendente conocer a Oleg Kodola, un agente turístico de 52 años ubicado justo en las afueras del monasterio, quien insistió que “realizar cualquier acción que apoye a este gobierno es muy malo”. Dijo que iba a votar por los comunistas, pues sentía que representaban la mejor oportunidad de reducir el dominio de Rusia Unida.

En lugar de esperar a que el Estado arregle la calle frente a su restaurante y retire los restos de barcos viejos del área del muelle que usa, Kodola planea hacerlo por su cuenta. Esa actitud es un ejemplo vívido de un fenómeno nacional: disidentes que se repliegan a sus propios mundos.

“Planeamos crear un oasis aquí, para mostrar que donde no hay Estado, todo está bien”, dijo.

Un lado siniestro de las islas Solovetsky muestra hasta dónde puede llegar la represión política. La reciente reconstrucción de las islas se centra principalmente en su pasado espiritual. Pero los primeros soviéticos construyeron en la zona un enorme campo de prisioneros, precursor de lo que luego se convertiría en el gulag. En un recorrido turístico para forasteros, el guía habló muy poco sobre esa historia.

Valdai: poder para los privilegiados

Más al sur, los árboles se hacen más altos y la población, más densa. Pero a medio camino entre San Petersburgo y Moscú, en las prístinas y frondosas orillas del lago Valdai, todavía es posible encontrar un sosiego perfecto.

De vez en cuando, esa calma es interrumpida por el zumbido de los helicópteros. A Putin le gusta venir aquí, al igual que a cada vez más personas cercanas a él. Tatyana Makarova lo sabe, debido a los enormes complejos que se han construido adentro y alrededor de su aldea, Yashcherovo, lo que prácticamente ha limitado el acceso de los aldeanos al lago. Los complejos tienen esculturas de águilas y osos rugidores en sus puertas, sus propias iglesias en sus terrenos y muros imponentes coronados con alambre de púas.

Makarova, que tiene 48 años y es propietaria de una pequeña empresa de limpieza, ha liderado la ofensiva contra las nuevas construcciones, lo que la ha enfrentado a ella y a sus vecinos contra algunos de los hombres más poderosos de Rusia. Su historia muestra cómo los rusos, en lugar de intentar derrocar a Putin, están encontrando pequeñas maneras de moldear el sistema que dirige.

“Nuestro trabajo consiste en causar problemas todo el tiempo”, dijo. “Porque así es que nos escuchan”.

Ella y sus vecinos han subido videos a YouTube, presentado denuncias oficiales y acudido a los medios de comunicación para mostrar cómo las nuevas mansiones invaden la orilla del lago, en aparente violación de su condición de parque nacional. Más allá de los arbustos espinosos que según ella habían sido plantados para mantener a los aldeanos lejos del lago, Makarova nos llevó a una pequeña playa que, según dijo, había sido liberada con éxito para uso público, gracias al activismo de su grupo.

Vorónezh: una estética eco “hipster”

Otra razón por la que el poder de Putin se ha mantenido es que la vida de muchos rusos ha genuinamente mejorado. Pasamos las brillantes luces de Moscú y despertamos en Vorónezh, una ciudad de un millón de habitantes que a menudo evoca el aburrimiento provincial en la cultura popular rusa.

En realidad, Vorónezh es un testimonio del ambicioso programa de renovación urbana del Kremlin. El Estado está remodelando ciudades monótonas con parques nuevos, juegos infantiles modernos, ciclovías y calles peatonales. Los funcionarios gubernamentales siguen siendo percibidos como corruptos, por lo que es notable que al menos parte de la riqueza del país se esté filtrando a la población.

“Siempre he dicho: ‘Adelante, roba, pero al menos haz algo por nosotros también’”, dijo Yulia Lisina, una maestra de 45 años que conocí en Vorónezh. “Porque en los años 90, parecía que lo único que hacían era robar”.

Orlyonok, un parque que pronto será reinaugurado, tiene una estructura de paneles de madera que se eleva por encima de los árboles y tiene una pasarela en la parte superior, un área de comida en el interior y un cine al aire libre en la parte trasera. Los analistas políticos perciben la estética superficial eco “hipster” de estas renovaciones como una forma de apaciguar a una clase media joven, de tendencia occidental, que de otra manera podría estar dispuesta a protestar. Las autoridades de Vorónezh afirmaron que querían replicar la atmósfera de las ciudades de Europa occidental en la planificación urbana, pero que la política era un asunto aparte.

“La democracia es algo que hay que aprender”, dijo Andrei Markov, un legislador de Rusia Unida que se está postulando para la reelección aquí. “Solo tenemos 30 años aprendiendo”.

Rostov: ‘Putin lo es todo’

Todavía existe algo parecido a la democracia en Rusia y el Kremlin necesita votos. Para conocer al grupo de nuevos votantes más prometedor de Rusia Unida, me bajé del tren a 480 kilómetros al sur de Vorónezh y tomé un taxi hacia la frontera con Ucrania.

En la ciudad minera de Novoshájtinsk, junto a las mesas de hockey de aire en el segundo piso de un centro comercial, encontré a una pequeña multitud de personas esperando que una oficina gubernamental abriera sus puertas. Al menos cinco de de ellas eran residentes de los territorios separatistas respaldados por el Kremlin en el lado ucraniano de la frontera, y ahora eran flamantes ciudadanos rusos.

Estaban allí para crear cuentas en línea de servicios gubernamentales que, entre otras cosas, les permitirán votar de forma remota en las elecciones.

“Estoy a favor de Rusia Unida”, dijo una de ellos, una mujer de 45 años que solo me dio su nombre de pila, Natalia. “Putin lo es todo para mí”.

El año pasado, Putin simplificó el acceso a la ciudadanía rusa para las personas que viven en territorio separatista en Ucrania y en esencia ha entregado cientos de miles de pasaportes para reforzar el control de Rusia. El candidato más conocido de Rusia Unida en la zona es Alexander Borodai —el primer “primer ministro” de la llamada República Popular de Donetsk tras el inicio de la guerra en 2014— cuyo trabajo parece ser llenar el ala nacionalista del partido.

“Debemos esperar la guerra y prepararnos para ella”, dijo Borodai la semana pasada, dando una advertencia sobre el acechante conflicto con Estados Unidos.

Chechenia: el poder del dinero

Un último viaje en tren nocturno me llevó a los setos perfectamente podados de la avenida Putin en la capital chechena, Grozni. Había tiendas con paredes de ladrillo a la vista y placas estadounidenses falsas, así como cafés con nombres como Soren y carteles de “Tenemos filtro”, es decir, café. También había enormes retratos de Putin en los edificios gubernamentales, agentes policiales en cada intersección importante y un temor generalizado a criticar el gobierno.

¿Podría ser este el futuro de Rusia?

Chechenia es un testimonio del poder del dinero y de la memoria para preparar a la población a aceptar gobiernos autoritarios. Hace menos de dos décadas Grozni estaba en ruinas, devastada por la campaña de bombardeos más destructiva en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. El gobernante de Chechenia financiado por el Kremlin, Ramzán Kadyrov, espera ser reelegido este año. La última vez obtuvo el 98 por ciento de los votos con un 95 por ciento de la participación. Eso es similar a los resultados que Chechenia le da regularmente a Putin y a Rusia Unida.

Me reuní con uno de los pocos observadores de derechos humanos que todavía operan en Chechenia, Minkail Ezhiyev. Hubo muchas cosas que no pudo decir, dijo, “dados ciertos aspectos de nuestra realidad”. Sin embargo, señaló que Rusia era infinitamente impredecible. Una protesta repentina y sólida de un millón de personas en Moscú, imaginó, podría tener consecuencias que se sintieran en todo el país.

Esto me recordó que en las últimas semanas había escuchado repetidas veces la predicción de Lenin en enero de 1917 de que podrían pasar décadas antes del levantamiento decisivo —la Revolución rusa comenzó un mes después— y cómo, bien entrada la década de 1980, la Unión Soviética parecía destinada a durar por siempre.

“Tenemos nuestro propio camino histórico y nunca nos entenderás”, me dijo Ezhiyev. “Nunca entenderás a Rusia, porque Rusia todavía no se entiende a sí misma”.

© 2021 The New York Times Company

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