Rusia trafica con niños ucranianos

Viktoria Borysenko, a la izquierda, y su cuñada, Nadia Borysenko, en Balakliya, Ucrania, el 4 de noviembre de 2022. (Emile Ducke/The New York Times)
Viktoria Borysenko, a la izquierda, y su cuñada, Nadia Borysenko, en Balakliya, Ucrania, el 4 de noviembre de 2022. (Emile Ducke/The New York Times)

BALAKLIYA, Ucrania — Atraídos por las promesas de regalos y de seguridad frente a los constantes bombardeos, los niños dejaron esta ciudad en agosto para ir a un campamento de verano gratuito patrocinado por los ocupantes rusos.

“Los rusos prometieron que serían dos o tres semanas, y luego los niños volverían”, relató Nadia Borysenko, de 29 años. Su hija de 12 años, Daria, estaba entre los 25 niños de esta ciudad del noreste de Ucrania que subieron a un autobús para ir al campamento.

Sin embargo, Rusia no los devolvió. Daria y otros niños ahora están al otro lado de la frontera, en Rusia, y Moscú está dificultando que las familias recuperen a sus hijos.

Estos jóvenes son parte de los muchos miles de niños ucranianos que Rusia ha sacado de Ucrania y que, en algunos casos, ha dado en adopción.

El recuento del gobierno ucraniano es de 11.461 niños identificados por nombre y llevados sin familia a Rusia o a zonas controladas por el Ejército ruso. El presidente Volodímir Zelenski afirmó en la cumbre del Grupo de los 20 que hay “decenas de miles” más de los que se sabe solo de manera indirecta o con menos detalles.

“Entre ellos hay muchos cuyos padres fueron asesinados durante ataques rusos, y ahora están retenidos en el Estado que los asesinó”, señaló.

El traslado de miles de niños es un duro recordatorio de que este no es un conflicto armado típico y pueden ser crímenes de guerra. Los niños deberían ser una llamada de atención para los estadounidenses y los europeos fatigados por apoyar a Ucrania.

Nadia Borysenko muestra una foto de su hija, Daria, de 12 años, en su teléfono en Balakliya, Ucrania, el 4 de noviembre de 2022. (Emile Ducke/The New York Times)
Nadia Borysenko muestra una foto de su hija, Daria, de 12 años, en su teléfono en Balakliya, Ucrania, el 4 de noviembre de 2022. (Emile Ducke/The New York Times)

¿Realmente quieren apoyar a un Estado que patrocina el tráfico de niños?

Rusia no oculta el traslado de niños ucranianos, sino que lo pregona en sus programas de propaganda televisiva, presentándose como el salvador de los niños abandonados y mostrando a rusos que entregan osos de peluche a los niños y niñas ucranianos.

La comisionada rusa para los derechos del niño, Maria Lvova-Belova, se jactó el mes pasado de haber adoptado a un niño ucraniano, y muchos de estos niños robados parecen haber sido adoptados por familias rusas.

Eso no es caridad; puede ser genocidio. Un tratado internacional de 1948 especifica que “el traslado forzoso de niños”, cuando se pretende destruir una nacionalidad, constituye un genocidio.

Sin embargo, la situación también tiene matices. Me puse en contacto con Daria a través de su celular, y no parecía una prisionera tradicional: tiene amigos, va a clase y puede usar su teléfono cada noche para llamar a su madre. Pero no cabe duda de que quiere volver a casa, a Ucrania.

“Echo de menos mi casa todo el tiempo”, dijo.

Las autoridades rusas permiten que los padres recojan a sus hijos, pero solo si viajan a Rusia a través de Polonia y luego a otros países. Eso significa que los padres tienen que luchar para obtener pasaportes y otros documentos —aunque sus casas y posesiones hayan sido destruidas por los proyectiles rusos— y luego asumir un gasto considerable justo cuando la guerra los ha empobrecido. Algunos padres lo han logrado; la mayoría, no.

“Por supuesto que es un crimen de guerra cuando se llevan a nuestros hijos”, comentó Dementiev Mykola, un fiscal local. “Y cometen un crimen al no facilitar el regreso de esos niños”.

Mykola señaló que el campamento de verano era atractivo porque parecía la única forma de mantener a los niños a salvo de los bombardeos rusos. Añadió que, si los rusos quisieran, podrían establecer corredores humanitarios para repatriar a los niños.

Otra madre en Balakliya, la cuñada de Nadia Borysenko, Viktoria Borysenko, cuyo hijo de 12 años, Bohdan, está en el campamento, aseguró que le dijo en llamadas telefónicas que a él y otros los tratan bien, pero quieren regresar. “Están llorando y quieren volver a casa”, relató.

Mi mejor conjetura es que Rusia se lleva a los niños para que sirvan de utilería en sus programas de propaganda televisiva. Y después no se molesta en devolverlos.

Muchos de los niños trasladados a Rusia fueron retirados de instituciones como hogares infantiles, internados y hospitales. Algunos de estos jóvenes no tenían padres, pero cuando los tenían, al parecer no se consultó a las familias.

Olena Matvienko me contó que su nieto de 10 años, Illya Matvienko, estaba en la ciudad ucraniana de Mariúpol con su madre, Natalya, cuando ambos resultaron gravemente heridos por proyectiles. Ella murió delante de Illya, y los soldados rusos no llevaron al niño a un hospital local, sino a uno situado en un enclave que los separatistas apoyados por Rusia han declarado como la República Popular de Donetsk.

La familia no sabía lo que les había ocurrido a madre e hijo hasta que un pariente en Rusia vio por casualidad un reportaje en la televisión rusa sobre los heroicos médicos de Donetsk que habían salvado a Illya.

“Fue secuestrado”, me dijo Matvienko. “Se lo llevaron a la fuerza”. La tía de Illya afirmó que las autoridades rusas prepararon los papeles para que el niño pudiera ser adoptado en Rusia.

Para recuperar a su nieto, Matvienko viajó a través de Polonia y Turquía hasta Rusia.

“Fue solo un accidente que este video se viera y llegara a nuestra familia”, opinó. “Habría sido un niño ruso y habría crecido en otra familia”.

Los niños no son botín de guerra. Un gobierno no debería traficar con miles de niños. Estas proposiciones elementales ponen de manifiesto lo que está en juego moralmente en la guerra de Ucrania, y es importante que el mundo se sitúe de manera firme del lado correcto, y que traiga a Daria a casa con su madre.

© 2022 The New York Times Company