Rusia sería beneficiaria de la notoria conducta de Trump hacia Siria y Ucrania

Donald Trump abrió la caja de Pandora en Siria y el resultado, además de una sangrienta ofensiva turca contra las fuerzas kurdas y la población del noreste de Siria, es el auge de la posición y la influencia de Rusia en la región.

De pasada, fortaleció al régimen sirio de Bashar al-Assad, entró en un diferendo con Turquía (a quien primero dio carta blanca para atacar y luego ha buscado frenar con sanciones económicas) y abrió la ominosa posibilidad de que miles de milicianos del Estado Islámico, presos en campos controlados por la milicia kurda bajo ataque turco, queden libres y en capacidad de retomar las armas en Siria y en acciones terroristas en otros países.

Los presidentes Vladimir Putin, de Rusia, y Donald Trump, de Estados Unidos. (AP Photo/Susan Walsh)

Por añadidura, la decisión de Trump de retirar a las fuerzas estadounidenses del noreste de Siria, que catalizó la presente crisis, fue tomada al parecer por mero impulso (tras una llamada telefónica con el presidente turco Erdogan), a contracorriente de la política exterior estadounidense y contra las posiciones de amplios sectores de su gobierno, de su propio partido y de la oposición demócrata.

La justificación dada por Trump de que el país no puede luchar “guerras sin fin” y que no hizo sino seguir el deseo nacional de devolver a los militares estadounidenses en Siria a casa es meramente retórica y se derrumba a sí misma: la traición y el abandono que Trump hizo de los aliados kurdos, que combatieron con grandes pérdidas al Estado Islámico en alianza con las fuerzas estadounidenses, y el notorio trastrocamiento de la situación en el noroeste de Siria supone que presumiblemente Estados Unidos tendrá que enfrentar nuevamente (y desde una posición mermada) a enemigos revitalizados, como Assad y el Estados Islámico, a nuevos y desoladores desastres humanitarios y alteraciones en el balance de fuerzas en el Medio Oriente.

La desconfianza de aliados clave de Washington hará, además, más ardua la cooperación para enfrentar amenazas locales globales: ¿quién querrá correr la suerte de los kurdos, que sacrificaron miles de vidas en la lucha contra el Estado Islámico en alianza con Estados Unidos, si al final acabarán abandonados a su suerte por su antiguo aliado?

Rusia, en cambio, ha ganado tracción e influencia, al grado de que muchas voces han considerado el giro estadounidense en Siria como una nueva e inquietante concesión de Trump a Vladimir Putin.

Y si se considera que la enorme presión de Rusia sobre Ucrania (le arrebató Crimea y apoya a milicias separatistas en una amplia área del este ucraniano) está en el centro de la urgencia ucraniana por ayuda extranjera, en especial la asistencia militar estadounidense, el escándalo de la llamada de Trump al presidente ucraniano Volodimir Zelensky cobra una luz singular: no solo ha llevado al presidente a encarar un proceso de impeachment por pedir a un poder extranjero investigar a un rival político-electoral sino que sugiere, al considerar las truculentas relaciones de su abogado personal Rudy Giuliani en ese país y la retención de casi 400 millones de dólares de asistencia a Ucrania, que al final beneficiarios de todo ese intríngulis son Rusia y Putin.

El propio Trump, al parecer, considera el severo conflicto entre Rusia y Ucrania como algo relativamente menor y, por ende, que no requeriría un compromiso mayor de Estados Unidos para revertir, por ejemplo, la anexión rusa de Crimea y el apoyo ruso a los separatistas ucranianos.

Trump incluso le dijo directamente a Zelensky en su reciente encuentro en Nueva York que “ha realmente tenido algún progreso con Rusia. He oído que considerable avance se ha logrado. Siga así. Será agradable terminar con ese desastre”. Pero no le ofreció ayuda concreta en relación a Crimea cuando el propio Zelensky aludió a ello y Trump se limitó a decir que eso sucedió durante la administración de Barack Obama, quien manejo el asunto “pobremente”.

En realidad, la tensión entre Ucrania y Rusia es enorme y Moscú ha sido el agresor. La anexión de Crimea fue rechazada por las Naciones Unidas y Estados Unidos y la Unión Europea le impusieron sanciones a Rusia por ello. Rusia, en cambio, considera su anexión de Crimea como un proceso de autodeterminación de la población de esa región.

Columnas de humo producido por ataques del ejército turco contra la población sirio-kurda de Ras al-Ain. Turquía invadió Siria para desplazar a los kurdos sirios, que considera vinculados a grupos kurdos turcos que considera terroristas. Los kurdos en Siria fueron aliados clave de EEUU en la lucha contra el Estado Islámico. (Burak Kara/Getty Images)

Así, la conducta de Trump en relación a Siria, además de ir a contracorriente de la política estadounidense en Medio Oriente y haber provocado un ominoso desastre, ha fortalecido a Rusia. Las presiones y desencuentros en el caso de Ucrania, además, hacen escaso favor a ese país, bajo severa presión rusa.

En paralelo, Trump ha insistido en que Rusia no intervino en las elecciones estadounidenses de 2016, pese a que esa es la conclusión de las agencias de inteligencia y justicia de Estados Unidos, ha mostrado continuamente una afinidad y complacencia hacia Putin y tomado decisiones críticas que han beneficiado la posición de Rusia en Medio Oriente. Los críticos del presidente añadirán que en todo ello muy poco, o nada, ha sido lo que Estados Unidos ha obtenido.

Trump invoca la necesidad de apartar a Estados Unidos de guerras extranjeras sin fin, y esa premisa es correcta en general, pero no tiene realmente relación con lo que Trump estaría desatando en Siria. Y resulta punzante que además de la pérdida de confianza de aliados en Washington, del desasosiego que sufre la población kurda del noreste de Siria, del posible impulso al Estado Islámico y del cierto fortalecimiento de Assad y la posición rusa en la región, el balance es ampliamente desfavorable para Estados Unidos y por ello Trump ha encarado la crítica y rechazo tanto de demócratas como de republicanos en el asunto.

Al final, como se dijo durante el reciente debate de precandidatos presidenciales demócratas, las decisiones de Trump en relación a Siria y, en cierta medida, también en Ucrania no benefician a Estados Unidos sino que habrían contribuido a “hacer a Rusia grande otra vez”.