Una 'ruptura de la confianza': la pandemia corroe la relación entre la Iglesia y el Estado en Rusia

Andrew Higgins
Sacerdotes ortodoxos rusos celebran una misa durante una transmisión en vivo en la iglesia vacía de Santa Tatiana en Moscú, el viernes 17 de abril de 2020. (Sergey Ponomarev/The New York Times)

MOSCÚ — Dmitry Pelipenko, un estudiante de física de la Universidad Estatal de Moscú, renunció a la ciencia en 2018 para dedicarse a Dios, y se volvió monje novicio en el monasterio de la Trinidad y San Sergio, el centro espiritual de la Iglesia ortodoxa rusa.

Su trayectoria espiritual, interrumpida por el coronavirus, llegó a un fin abrupto y espantoso poco después de la Pascua ortodoxa.

Luego de que lo internaron en el hospital tras dar positivo al virus, Pelipenko destrozó una ventana el 24 de abril, saltó afuera, se empapó del combustible de una lámpara de la iglesia y se prendió fuego. Murió a causa de las quemaduras dos días después.

Su monasterio rápidamente dijo que se suicidó debido a sus “padecimientos mentales”. Sin embargo, otros preguntaron si el estado mental evidentemente frágil del monje había quedado destrozado por el entorno apocalíptico que se ha apoderado de amplios tramos de la Iglesia rusa, algunos de cuyos líderes han cuestionado la orden del Estado de quedarse en casa y la han tachado de ser obra del diablo.

En todo el mundo, los creyentes fervientes, ya sean cristianos, judíos, musulmanes o de otras religiones, han sido algunos de los más reacios a aceptar las restricciones. Sin embargo, el enfrentamiento entre la fe y la salud pública ha sido particularmente divisorio en Rusia, donde los recuerdos de la persecución religiosa en la Unión Soviética han provocado que los sacerdotes y sus greyes se vuelvan muy sensibles a cualquier restricción de sus rituales.

La brecha ha ido más allá de los conflictos eclesiásticos cotidianos entre liberales y conservadores, pues se ha expandido hasta corroer una característica definitoria de la ortodoxia rusa bajo el gobierno del presidente Vladimir Putin: su confianza y apoyo al Estado ruso.

Ahora que algunos de los monasterios más importantes de la Iglesia rusa y otros sitios sagrados están infestados de COVID-19, la enfermedad provocada por el coronavirus, la Iglesia ortodoxa enfrenta no solo una crisis sanitaria, sino también una desavenencia dentro de sus filas acerca de cómo los fieles deben lidiar con la pandemia.

La Iglesia rusa, como el Estado ruso con el que a menudo se ha movido en conjunto, es rígidamente jerárquica, lo cual implica que incluso los sacerdotes que entienden la necesidad de suspender los servicios no pueden hacerlo sin el permiso de un obispo, y los obispos a su vez no pueden actuar sin las instrucciones claras del Patriarca Cirilo, clérigo dirigente de la ortodoxia rusa.

No obstante, al igual que el Estado, la Iglesia enfrenta problemas debido a los conflictos entre clanes rivales, una cacofonía que ha provocado que muchos creyentes ordinarios no sepan en quién confiar conforme el número de infecciones confirmadas en todo el país se eleva a más de 10.000 al día.

Aunque es un aliado cercano de Putin, al principio el patriarca dudó al momento de hacer cumplir las instrucciones de los funcionarios de salud que exigen que la gente debe evitar las reuniones públicas como las misas. En cambio, manejó por una autopista alrededor de Moscú en una camioneta Mercedes negra con un icono sagrado, bendiciendo la capital rusa y orando a lo largo del camino.

Puesto que el Kremlin está cada vez más preocupado por el acelerado ritmo de propagación de la infección, el patriarca adoptó las alertas de salud a principios del mes pasado y de manera inequívoca animó a los feligreses a alejarse de las misas a lo largo de la Semana Santa, que culmina en la Pascua ortodoxa el 19 de abril. Sin embargo, dejó que las diócesis locales organizaran misas, y muchas lo hicieron, sobre todo la procesión nocturna y la liturgia de Pascua, los eventos más importantes del año en el calendario cristiano ortodoxo.

RBK, un medio de noticias en Rusia, calculó que las iglesias permanecieron abiertas a lo largo de la Pascua en 43 de las 85 regiones del país.

En vez de movilizarse junto con el presidente y sus funcionarios conforme tratan de contener la pandemia en expansión restringiendo reuniones públicas, incluyendo las misas, muchos sacerdotes se han quejado amargamente de que el Estado no tiene derecho a interferir en cuanto a quién asiste a los servicios religiosos.

Desanimar el culto público, advirtió Metropolitan Longin, clérigo de alto nivel en Saratov, una región en el suroeste de Rusia, solo traería de regreso recuerdos dolorosos de la represión en la era soviética. Amenazó con condenar a quienes aplicaran y obedecieran las restricciones, y advirtió que cualquiera que llevara a cabo las instrucciones de las autoridades estatales de salud que violaban los dictados de la fe “tendrá que rendir cuentas”.

Geraldine Fagan, editora de “East-West Church Report”, una revista de asuntos religiosos en la antigua Unión Soviética, dijo: “Ha habido un verdadero rompimiento de la confianza”. Hacer que la gente vaya a la iglesia, dijo, “es la razón de existir de los sacerdotes, así que las órdenes de que los creyentes se alejen han provocado sorpresa y enojo auténticos”.

Unos cuantos días antes de que Pelipenko se prendiera fuego, un obispo en la región de Komi, al norte del país, se manifestó en contra de las restricciones de asistir a la iglesia y dijo que se trataba de una infracción de derechos fundamentales, y amenazó con llegar a los tribunales para revocar estas medidas. Declarando que hacer sonar las campanas de la iglesia era la mejor manera de combatir la pandemia, afirmó que la palabra coronavirus, derivada del latín para “corona”, “no es una coincidencia, sino que está relacionada con la coronación y la entronización del anticristo”.

Sergei Romanov, un clérigo en la ciudad industrial de Ekaterimburgo, también participó en el diálogo, y habló de manera contundente en contra de las restricciones a las reuniones públicas, incluyendo las misas, y las describió como parte de un ardid satánico respaldado por los judíos.

La furia ha provocado que Cirilo tenga problemas para poner orden, mientras se esfuerza por contrarrestar las críticas de que ha hecho muy poco y demasiado tarde.

Desde la Pascua, las iglesias y los monasterios que se encuentran en la jurisdicción de la Iglesia rusa ortodoxa han informado un aumento de las infecciones tanto en Rusia como en Bielorrusia y Ucrania, países vecinos.

Se ha informado que más de 200 personas se han infectado dentro y alrededor de un convento en la región de Nizhny Nóvgorod, al este de Moscú, incluyendo a 70 monjas.

Santa Elizabeth, un convento dirigido por la Iglesia rusa en Minsk, la capital de Bielorrusia, donde los funcionarios del Estado se han unido a los sacerdotes al restarles importancia los riesgos del virus, finalmente impuso el confinamiento la semana pasada después de que, según algunos recuentos, decenas de sacerdotes y monjas se enfermaron tras dar positivo a la prueba del virus.

El principal sacerdote del convento, el padre Andrei Lemeshonok, ha estado al frente del negacionismo, y publicó un video en línea titulado: “¿Quién puede prohibirnos la fe?”.

En él, regañó a los feligreses por preocuparse de una enfermedad física cuando “lo más aterrador”, dijo, es que las personas no formen una familia, quieran cambiar su género o ignoren los valores tradicionales. “Sabemos que el mundo está en las garras del malvado”, comentó.

La Trinidad y San Sergio, el monasterio donde Pelipenko, el monje novicio suicida, se preparaba para hacer sus votos, trató de mantener alejados a los visitantes durante la Pascua, pero, de acuerdo con un recuento de los sucesos publicados en línea por el obispo Pitirim Tvorogov, el rector de una academia teológica albergada en el monasterio, los feligreses enojados se manifestaron de manera “muy agresiva” y obligaron al abad a que abriera las puertas.

“La pestilencia comenzó el Viernes Santo”, pues muchos de los “mejores clérigos” se enfermaron, dijo Tvorogov. Los feligreses, agregó, “exigían un milagro, pero ninguno ha ocurrido”.

This article originally appeared in The New York Times.

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