Rosalynd busca su momento en la historia

Washington, 9 jun (EFE News).- Una voz hinoptizadora inunda el parque de McPherson Square en pleno centro de Washington en un canto a la paz y la justicia. La improvisada intérprete es Rosalynd Safari Ramnauth Harris, que se prepara para un nuevo día de protestas raciales en la capital. "Estoy aquí porque soy negra, así de simple".

A primera vista pudiera parecer que Rosalynd forma parte de un grupo de yoga que hace sus ejercicios espirituales al ritmo de mantras repetitivos, pero la delatan los carteles que lleva con mensajes como "Black lives matter" (las vidas negras importan).

Tras una hora de cánticos, el grupo, en el que hay personas de todas las razas, comienza a caminar desde el parque hacia la Casa Blanca, donde el presidente Donald Trump ha permanecido atrincherado y ha despreciado a los participantes en las protestas en todo el país.

De camino, hay varias patrullas de la policía estacionadas. "¡Que nos oigan!", grita Rosalynd que eleva sobre su cabeza, como si se tratase de una bandera, una camiseta con la cara de George Floyd, el afroamericano que el pasado 25 de mayo perdió la vida a manos de un policía blanco en Minneapolis (Minnesota), que lo asfixió al presionar la rodilla contra su cuello durante ocho minutos y 46 segundos.

NO ES SOLO VIOLENCIA POLICIAL, ES RACISMO

"I can't breathe", en español "No puedo respirar" fueron las últimas palabras de Floyd, estampadas en la camiseta de esta activista y profesora de yoga; una frase que se ha convertido en el lema de las protestas frente a la brutalidad policial contra los afroamericanos en EE.UU.

Con paso decidido, Rosalynd se adelanta para ponerse a la cabeza para guiar a sus compañeros entre la multitud. Al llegar frente a la mansión presidencial, a la que no pueden aproximarse por la valla que se colocó la semana pasada en Lafayette Square, el parque que hay delante de la Casa Blanca, el grupo se mezcla con otros manifestantes de lo más variopinto, desde músicos a organizaciones de derechos civiles y espontáneos.

Rosalynd lleva acudiendo casi a diario para protestar no solo contra la violencia policial, sino también contra el racismo, en unas manifestaciones que han pasado de estar empañadas por los disturbios a estar marcadas por su pacifismo.

Los primeros días de protestas "fueron intensos, veías grupos, no en esta cantidad, pero de mucha gente, y te juntabas exactamente en el mismo sitio. Aquí ahora estamos escuchando música y hay djs, pero la gente ha recibido gases lacrimógenos y ha sido golpeada y recibido disparos", recuerda esta mujer, de 29 años, en declaraciones a Efe.

A lo largo del día, Rosalynd alterna un pañuelo de color rojo para taparse la boca y nariz con una mascarilla para protegerse de la COVID-19. Son tiempos de pandemia y mantener la distancia social en mitad de una multitudinaria manifestación es imposible por mucho que se intente evitar el contacto físico con otras personas.

LA ESTUDIANTE "OSCURITA"

En un descanso para tomarse un respiro y beber agua, esta hawaiana, cuya familia procede de Trinidad y Tobago, aunque sus orígenes son de África Oriental, en concreto de Senegal, cuenta que como mujer de raza negra lleva luchando por sus derechos y contra la desigualdad desde los 4 años.

La primera vez que Rosalynd fue discriminada por ser una persona "de color" fue por su propia gente. Todavía recuerda a otro estudiante negro que la llamaba "oscurita" y le decía "black is tar" (black tar es un tipo de heroína).

"Como niña caribeña que ha crecido en muchas islas, no nos quemamos por el sol, sabes, pero en el verano estamos muy oscuros y mi madre reafirmaba mi belleza, me decía 'eres preciosa' pero luego ibas a la escuela y había tantos comentarios groseros, e incluso los profesores (me decía) 'Oh, eres tan oscura', como si fuera algo negativo", rememora.

Vestida con camiseta y mallas negras, y una gorra de visera de color naranja, Rosalynd toma el micrófono y se dirige a sus compañeros del grupo de yoga para entonar el mantra hinduista "Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare" en mitad de la manifestación.

Miembro de una familia de militares, ella se considera un espíritu libre, tras haber abandonado la conservadora Iglesia Baptista y haber viajado por varias partes del mundo. "Me pasé al yoga cuando me di cuenta de que la manera en que procesas el dolor es una elección".

Y es que sobre ella y otras muchas mujeres y hombres pesa la herencia del sufrimiento extremo de la esclavitud y la guerra contra el racismo "sistémico" en EE.UU.: "Comenzó con la colonización y esta idea de supremacismo blanco, cuando (los colonizadores) ganaron y dijeron 'eh, vamos a empezar a esclavizar a gente", puntualiza la mujer, que subraya el papel de la Iglesia Católica como instrumento para arrebatar a las personas de raza negra su identidad real.

BAILAR PARA REIVINDICAR CULTURA

Rosalynd se expresa con vehemencia y un discurso articulado, fruto de años de reflexión. Poco a poco sus compañeros de protesta se van marchando, pero ella quiere quedarse hasta el final del día.

Conforme van pasando las horas, el final de la calle 16, justo enfrente de la Casa Blanca, está cada vez más lleno y resulta complicado moverse. A un lado hay músicos tocando percusión africana y los espontáneos comienzan a unirse a bailar, entre ellos Rosalynd, para reivindicar una cultura y unas formas de expresión que han intentado ser borradas durante siglos.

"Ha habido un lavado de cerebro, se habla de afroamericanos, pero África no es un único país, se han mezclado nuestras historias -medita-. Ha sido un lavado de cerebro intenso, se habla de la gente negra, pero a los blancos no se les define como blancos en general".

La percusión africana sigue sonando pero Rosalynd abandona el grupo de bailarinas espontáneas para descansar y echar un vistazo por las calles próximas a la 16.

A la espera de que lleguen unos amigos, se sienta en la acera para decidir si va más tarde a manifestación que transcurre en Freedom Plaza o si regresa a la 16. Han pasado ya ocho horas desde que se reuniera en el parque de McPherson Square con el grupo de yoga.

En una esquina empiezan a oírse otros sones: "¡Es música de Trinidad y Tobago! ¿Eres de Trinidad y Tobago?", pregunta entusiasmada Rosalynd a varias mujeres sentadas en unas escaleras, al reconocer los ritmos del país de donde procede su familia, a lo que una de ellas contesta que es de allí.

LA GENTRIFICACIÓN ESTÁ ECHANDO A LOS VECINOS

La música, la gente, las ropas... Pero también el amplio despliegue policial y numerosos comercios con ventanas y puertas cegadas con tablones de madera para evitar nuevos daños si hay disturbios. El centro de Washington está irreconocible estos días.

Los burócratas, políticos y oficinistas que copan la Administración federal de EE.UU. han dado paso a unos vecinos que han "ocupado" el centro estos días y que se sienten desvinculados de todo lo que se cuece normalmente en la zona.

Rosalynd, que lleva cinco años viviendo aquí, explica que el centro de la capital ofrecía un paisaje diferente hace 15 años.

Luego "empezaron a gentrificar la ciudad y trajeron estos ideales neocolonialistas, donde incluso en un vecindario (con casas) de ladrillo, de piedras rojizas, estás poniendo estos apartamentos y condominios de apariencia siniestra y no muy bien construidos, y nadie vive en ellos", se ríe.

"¡Esto era la 'ciudad de chocolate!", zanja.

(c) Agencia EFE

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