Romeo Santos revela otro disco de bachata que cruza los límites

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Desde que dejó el grupo juvenil del Bronx, Aventura, hace una década, para lanzarse como solista, la estrella de la bachata Romeo Santos ha estado impartiendo un seminario en melodrama. Es un actor dramático disciplinado, en especial en toda su serie “Fórmula”, una colección de álbumes inspirados en audaces colaboraciones que mezclan géneros y hacen experimentos atrevidos con el pop, el hip-hop y el reggaetón.

Santos, de 41 años, tiene una devoción inquebrantable por la bachata, un género dominicano de origen negro y obrero conocido por su base de amargue, una marca inigualable de amargura por desamor; pero, en realidad nunca ha sido un tradicionalista. (Su disco de 2019, “Utopía”, fue una rara excepción, un LP que hizo un homenaje y reclutó a los antepasados que definen el género, como Raulín Rodríguez y Anthony Santos).

En lugar de eso, ha buscado constantemente maneras nuevas de refrescar las plantillas de la bachata, al tiempo que ha desarrollado algunas de sus propias marcas registradas: eslóganes característicos, disidencias cáusticas y excentricidades lujuriosas en el escenario. Incluyó letras en inglés y toques de R&B, y se ha aventuró en el mundo del reggaetón, sobre todo junto a Don Omar (“Ella y yo” de 2005) y Daddy Yankee y Nicky Jam (“Bella y sensual” de 2017). Años antes de que la industria musical se obsesionara con que los artistas pop anglosajones cantaran en español, hizo que las personalidades más importantes del mundo del hip-hop y el R&B aparecieran en sus álbumes, entre ellos Usher, Nicki Minaj y Drake. En un momento en el que otros artistas de alto nivel están experimentando con la bachata (ahí están Rosalía y The Weeknd en “La Fama”, así como la introducción de “Tití me preguntó” de Bad Bunny), parece aún más urgente reconocer que Santos vio desde el principio su potencial de popularidad global y reimaginación creativa.

En “Fórmula Vol. 3” (Sony Latin), el disco más reciente de la serie con 21 temas, y su quinto álbum como solista, Santos incluye colaboraciones inesperadas con Justin Timberlake y el artista regional mexicano Christian Nodal. También redobla la teatralidad, sumergiendo a los oyentes en sus feroces baladas sobre la traición cruel, la venganza amarga y el amor no correspondido, a veces con un éxito desigual.

De las colaboraciones, destaca de inmediato “El Pañuelo”, con la cantante española Rosalía: sus melismas vocales ondean en la introducción, y en el estribillo, un lamento dialogado entre los dos cantantes recuerda el éxito de 2002 “Te quiero igual que ayer” de Monchy y Alexandra. El merengue “15.550 noches”, que une a los incondicionales del género Toño Rosario, Rubby Pérez y Fernandito Villalona, es nostálgico, lúgubre y explosivo a la vez. En “Me extraño”, un tema de Christian Nodal que habla de volver a uno mismo después del agravio de un amante, Santos encuentra un equilibrio perfecto entre los elementos temáticos comunes del mariachi y la bachata.

Su dramatismo es más palpable cuando usa metáforas cohesivas y una potente narrativa, como en “Ciudadana”, una historia de diáspora sobre un romance separado por las fronteras, que se completa con efectos de sonido aéreos, como el de una azafata que anuncia un aterrizaje. El anhelante y nítido falsete de Santos es muy eficaz en estos contextos: en la corrosiva primera canción, “Bebo”, una despedida empapada de alcohol para un amante engañoso, su voz tiembla de desesperación y finge estar embriagado en un final hablado. Se trata de una actuación vocal que magnifica las mejores partes del núcleo teatral de la bachata.

“Sin Fin”, una colaboración con Timberlake, es quizás la canción más paradigmática de un álbum que tiene sus raíces en el pasado y el futuro. Su almibarada celebración del amor infinito roza a veces la idolatría ñoña, pero también maximiza el talento de Timberlake y Santos para el sentimentalismo pop. El tema es un momento de vuelta a la normalidad para Santos: en el segundo disco de Aventura, la banda transformó “Gone” de ’N Sync en un réquiem de bachata bilingüe. Aquí vuelve a encontrar un terreno común entre dos mundos que antes se consideraban irreconciliables, lo que demuestra cómo la bachata puede extenderse más allá de sus fronteras reales e imaginarias.

© 2022 The New York Times Company