Roland Garros: La obsesión de Rafael Nadal va más allá de la tesorería

Ariel Ruya

PARÍS.- La pierna derecha, primero. La zona lumbar, más tarde. Melbourne, primero; Acapulco, más tarde. La repetición del juego de palabras es una maldición para Rafael Nadal que, detrás de los dolores que acompañan su carrera, como si se tratase de enemigos íntimos de toda una vida, se recupera, y vuelve a volar. El número 1 le queda de maravillas, su ambición es cazar la historia, tomarla de asalto. Cuando descansa, se distrae con el golf, el buceo y la pesca, el reposo del guerrero. Cuando regresa a las pistas, es un león que derriba los barrotes del encierro. "Me obsesiona el triunfo", se defiende. No le interesa que los ganadores, este año, se llevarán unos 2 millones de euros, de los 40 millones de toda la competencia, el segundo grande con los mejores beneficios detrás del US Open. El zurdo no hace ese tipo de cuentas de tesorería.

Días atrás, definió al tenista perfecto. "El saque de Karlovic, la derecha de Federer, el revés y la devolución de Djokovic y la velocidad de Monfils", contaba. Le faltó dos atributos: la mentalidad y. la humildad del español, siempre puesto a prueba y siempre dando en la talla. Tiene 10 Roland Garros, precisa uno más: el de 2018. Ganador de Barcelona, Montecarlo y Roma, el polvo de ladrillo es algo así como la arena para un niño: se le nota en la sonrisa.

Rafa esto, Rafa, aquello: a veces cuesta escapar de la figura arrolladora del español, el mejor artista de la historia sobre la arcilla y, tal vez, el cerebro más influyente de todos los tiempos. París habla en su idioma. La lesión del ucraniano Alexandr Dolgopolov derivó en una suerte pasajera para el italiano Simone Bolelli, que ingresa como "lucky loser" con la peor de las fortunas: se enfrentará con la leyenda seguramente mañana. Sin Roger Federer, que cuida su físico como un artesano y desecha esfuerzos estériles de peloteos interminables, con Novak Djokovic, de a poco, volviendo a ser el tercero en discordia, sin Andy Murray, otra víctima de las lesiones traumáticas y extensas, sólo quedan dos jóvenes con ínfulas de grandeza. Un alemán y un austríaco.

Alexander Zverev es el número 3, tiene 21 años y perdió la final de Roma contra el español en tres sets, luego de estar a punto de dar el zarpazo, antes de que empezara a llover. El clima -y la mente de uno y otro-, lo cambiaron todo. Tiene potencial, Munich y Madrid, en ese orden, exhiben un digno 2018, un calendario que aún no ha llegado a la mitad. Dominic Thiem es el número 6, tiene 25 años, acaba de conquistar Lyon y le ganó al Matador en Madrid, en su casa. Aunque el año pasado, en tres sets (y el último, 6-0), Nadal siempre toma nota de que es una leyenda. Son, siguen siendo, el futuro, aunque los apremia el presente.

Otro mito que entiende al tenis como su vida y al triunfo como una obsesión, es Serena Williams, que vuelve a un grande luego de más de un año y medio de ausencia, porque fue mamá de Alexis Olympia. De 36 años, la norteamericana, que ganó el Abierto de Australia de 2017 estando embarazada, regresó este año al circuito aunque aún está lejos de su mejor nivel. Tres veces enamoró a París y ahora se inclina ante la cuarta. La campeona de 23 grandes arrancará ante la checa Kristyna Pliskova, con la misma prepotencia que Nadal: mantener viva la llama de la pasión.