La inclusión de Andy Murray lo dice todo del sentido de la historia de Roger Federer

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Tennis - Laver Cup - Media Day - 02 Arena, London, Britain - September 22, 2022 Team Europe's Andy Murray, Novak Djokovic, Roger Federer and Rafael Nadal during practice Action Images via Reuters/Andrew Boyers
Roger Federer y Andy Murray se dan la mano durante el entrenamiento que compartieron con Rafa Nadal y Novak Djokovic (Action Images via Reuters/Andrew Boyers)

Si para algo ha servido la Laver Cup después de tantos años insulsos es para que Roger Federer se pueda despedir por todo lo alto. En cualquier otra circunstancia, puede que el suizo hubiera decidido ensimismarse en su retirada y hacer de la misma un espectáculo en una sola dirección, para su mayor gloria. Sin embargo, el hecho de que esa retirada coincida con la Laver -y, no seamos ingenuos, coincida también con que él es uno de los accionistas de la empresa que la organiza- ha hecho que esta despedida sea en realidad un homenaje a los últimos quince años de tenis de élite.

Que en esa despedida esté Rafael Nadal es precioso. Que les veamos jugar hoy juntos en ese último partido de dobles de su carrera nos va a llevar seguro al límite de las lágrimas y será difícil contenerlas. Nadal, como él mismo confesó el miércoles en rueda de prensa, está pasando un momento personal complicado con la hospitalización de su esposa justo en las últimas semanas de gestación de su primer hijo. Aun así, está en Londres, consciente de que, como profesional, como figura histórica de este deporte, es el lugar en el que tiene que estar, por lo menos este fin de semana.

También está Djokovic y también es bonito, porque, no nos engañemos, Djokovic y Federer nunca se han llevado bien. Ni el serbio con el suizo ni el suizo con el serbio. No se llevaban bien ellos ni se llevaban bien sus entornos y esa disonancia ha durado durante años y años hasta el punto de que dudábamos si habría mensaje de despedida de Nole a uno de sus primeros maestros, la pared contra la que chocó tantas veces antes de convertirse él mismo en el dominador del circuito. No solo hubo mensaje, sino que compartirán equipo en Londres. Imposible pedir más.

Con ellos tres y sus 63 títulos de grand slam, la despedida de Federer ya sería apoteósica y las entradas para la competición ya se habrían agotado igualmente hace días. Sin embargo, en algún momento, Federer consideró que el “Big 3” no era suficiente, que no resumía bien su carrera en términos históricos, que, para que de verdad se hiciera justicia con la que ha sido la época de mayor esplendor del tenis profesional masculino, ahí tenía que estar el cuarto en discordia: Andy Murray.

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La inclusión de Andy Murray en ese grupo de campeones es difícil. Más que nada porque ninguno de los otros baja de los veinte grandes y él solo ha ganado tres. Ahora bien, si uno renuncia a concebir la historia del deporte como una cuestión numérica y centrada en un solo tipo de torneos -y está bien que así lo haya hecho Federer-, la presencia de Murray se entiende perfectamente.

El escocés, ejemplo de la constancia, con sus lesiones que ya le obligaron a retirarse en 2019, para volver en 2020, prótesis de cadera mediante, fue uno de ellos durante muchos años. Tal vez un peldaño por debajo, justo la diferencia entre hincharse a títulos e hincharse a finales, pero un miembro de pleno derecho de esa élite tan exclusiva. Murray jugó cinco finales en Australia y las perdió todas (la primera contra Federer, el resto contra Djokovic), jugó otra final en Roland Garros (de nuevo, perdida contra Djokovic), ganó Wimbledon dos veces e hizo otra final, en 2012, que no le pudo ganar a Federer… y se plantó en 2008, con solo 21 años, en la final de Flushing Meadows, incapaz de ganarle un set al suizo.

Aparte, ganó la Copa Davis después de décadas y décadas de fracasos británicos, y, sobre todo, fue número uno del mundo en una época en la que eso parecía imposible. Desde enero de 2004 a noviembre de 2016, el “Big 3” se había repartido todas las semanas en lo más alto del ránking. Le costó la salud y el resto de su carrera, pero mereció la pena: se ganó el lugar en la historia que ahora le conceden.

A ningún seguidor del tenis se le escapa el simbolismo de ver a estos cuatro paseando por Londres y el empeño de Federer en sacarse fotos todo el rato con ellos, como si fuera una despedida (muy sobria) de soltero. Federer sabe que su carrera no se entiende sin la de Nadal y que la de ambos no se entiende sin Djokovic. Del mismo modo, más allá de lo que digan los estadísticos, es consciente de que el “Big 3” no habría sido lo mismo sin todos los que lo asediaron, desde Andy Roddick en sus inicios a Stan Wawrinka en los últimos años. Ninguno de estos aspirantes hizo tantos méritos como Murray y por eso está ahí. Nadie se lo ha regalado. Su ausencia, en la propia Gran Bretaña, se habría entendido como una tremenda injusticia… y no estamos para polémicas absurdas.

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