Las rocas no solo ruedan, también rebotan

Katherine Kornei
En una fotografía sin fecha de Paul M. Morgan, se puede ver un rastro conservado de cráteres de pequeño impacto, o marcas de rebote, producidos por una roca caída. (Paul M Morgan/The New York Times)

Existe un lugar en el desierto de Atacama en Chile donde la fina arena chusca está marcada por rastros de depresiones. Lo que podría lucir como las huellas de una criatura gigante son realmente la prueba exquisitamente preservada de rocas que se desplomaron de un risco cercano antes de rebotar a su lugar final de descanso.

El campo rocoso de Chuculay alberga miles de gigantes de granito, algunos tan grandes como casas. Y gracias a que las condiciones hiperáridas del desierto preservan los pasos de las rocas, es “un lugar ideal para estudiar la teoría y la física del desprendimiento de rocas”, dijo Paul Morgan, geólogo de la Universidad Cornell.

Morgan y sus colaboradores analizaron las trayectorias de algunas de estas rocas y presentaron su investigación la semana pasada en la conferencia de la Unión Estadounidense de Geofísica en San Francisco. Sus hallazgos sobre cuán lejos caen las rocas son útiles para diseñar estructuras que puedan proteger a personas y propiedades en áreas propensas al desprendimiento de rocas.

En julio de 2018, Morgan y sus colaboradores de Cornell y de la Universidad Católica del Norte en Chile montaron tiendas de campaña en medio de los gigantes de granito de Chuculay. Una escarpa —formación geológica creada por una falla tectónica— de 304 metros de alto, se erguía cerca de allí. Los investigadores tienen la hipótesis de que las rocas del lugar probablemente cayeron de esa escarpa durante uno de los numerosos terremotos ocurridos en el territorio tectónicamente activo de Chile.

Mientras la mayoría de parajes en el planeta están en continuo cambio, el desierto de Atacama es diferente. Es 30 veces más árido que el valle de la Muerte en California. Como no hay precipitaciones regulares que produzcan erosión, si algo sucede, la evidencia tiende a permanecer.

Para mapear las rocas y la escarpa en tres dimensiones, el equipo de investigación las escaneó con drones cuadricópteros equipados con cámaras. También escalaron la escarpa en una oportunidad, para obtener su propio punto de vista.

“Eso estuvo en el filo de lo seguro”, dijo Morgan.

Los científicos catalogaron los tamaños y las ubicaciones de cientos de rocas de mínimo 1,8 metros de diámetro. Tuvo sentido intuitivo que encontraron la mayoría de las rocas debajo de las secciones más irregulares de la escarpa.

“Mientras más áspera sea la escarpa, mayor es la probabilidad de que genere múltiples desprendimientos de roca”, explicó Morgan.

También mapearon los rastros de cráteres de impacto que conducían de vuelta a la escarpa y registraron las trayectorias de 32 rocas. Algunas de las rocas rebotaron hasta 25 veces hasta detenerse, y ciertas rocas dejaron depresiones de hasta 50 centímetros de profundidad.

Cuando los investigadores analizaron las ubicaciones de los cráteres de impactos, se sorprendieron. Esperaban que las distancias entre las depresiones sucesivas se redujeran a medida que las rocas perdían energía. “Pero algunas veces encontramos un rebote corto seguido de uno largo”, dijo Morgan.

Una explicación es que las variaciones naturales en las propiedades del suelo del desierto —su inclinación y composición, por ejemplo— influyeron en el rebote de las rocas. Otra posibilidad es que algunas de las rocas se hayan fragmentado, y los cráteres que quedaron atrás registraron los rebotes de diferentes pedazos.

Los investigadores también descubrieron que muchas de las rocas no habían simplemente caído en línea recta. Alrededor de un cuarto de las rocas rebotaron hacia los lados y quedaron a más de 30 grados de la escarpa de donde cayeron. Esto también se podría explicar por medio de las diferencias en el suelo subyacente o las irregularidades en la forma de la roca: no son esferas perfectas.

Estos resultados son valiosos para el diseño de estructuras como cercas y bermas en lugares donde los desprendimientos de roca son comunes, según Jeffrey Moore, geocientífico de la Universidad de Utah, quien no estuvo involucrado en la investigación.

“Queremos saber hasta dónde llegarán las rocas”, afirmó.

Morgan y sus colegas siguen analizando las rocas rebotadoras de Atacama. Quedan muchas interrogantes en la investigación, dijo Richard Allmendinger, geólogo estructural de Cornell y asesor de Morgan.

“Empezamos a estudiarlas simplemente porque no las entendíamos”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2019 The New York Times Company