Robert Louis Stevenson, un faro literario a 170 años de su nacimiento

Daniel Gigena
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Autor de por lo menos tres clásicos de la literatura universal (La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde y la mefistofélica El señor de Ballantrae), Robert Louis Stevenson tuvo el don de narrar. Hoy se cumplen 170 años del nacimiento del escritor escocés, nacido en Edimburgo en 1850, en una familia de ingenieros, más precisamente constructores de faros. A diferencia de sus parientes, Stevenson optó por erigir insólitas fábulas literarias, cosmopolitas y góticas a la vez, que arrojan su luz radiante hasta el siglo XXI.

"La escena, al comienzo de La isla del tesoro (1883), cuando el mendigo ciego le deja la marca negra al capitán que se está escondiendo en el albergue, en el Admiral Benbow, es uno de los recuerdos más vívidos de mi infancia; quizá el primer recuerdo de absoluta compenetración con una obra literaria -dice el escritor y ensayista Pablo Maurette-. Me aterró y me fascinó con la misma intensidad. Fue como si alguien hubiese abierto de una patada las puertas de mi imaginación. Stevenson hizo esto con tanta gente y no se me ocurren muchas virtudes artísticas más notables que esta". En la Argentina, como destacó el crítico y ensayista estadounidense Daniel Balderston en El precursor velado: R. L. Stevenson en la obra de Borges, el autor de Ficciones fue un vehemente impulsor de su obra. "Stevenson es una de las figuras más queribles y más heroicas de la literatura inglesa", escribió en Introducción a la literatura inglesa, donde indicaba que "la circunstancia" de que Stevenson hubiera escrito para niños había perjudicado "acaso" su fama.

"En un reciente artículo en LA NACION se enumeran varias novelas que eran importantes para Borges, basada en parte en los libros que incluyó en su Biblioteca Personal, una colección tardía para la que escribió una serie de prólogos -dice Balderston a este diario-. Uno de los textos que no se menciona es The Wrecker, novela que Stevenson escribió en 1891 con su hijastro Lloyd Osbourne, y que Borges considera una de las mejores novelas policiales de la historia del género. Es una novela de quinientas páginas que comienza con una parte costumbrista en los bosques de Fontainebleau, donde un pintor británico está hospedado (y donde estaba viviendo Stevenson en el momento en que conoció a Fanny Osbourne, que sería después su esposa); el enigma solo se plantea después de la página 150, y llevará al protagonista y a un amigo en un viaje extravagante de San Francisco a Midway Island en medio del Pacífico, y luego de regreso a Estados Unidos y a otras partes del mundo". Para este investigador, Los traficantes de naufragios, como se publicó esa obra en español, tiene la curiosidad de ser uno de los primeros textos literarios en que un llamado telefónico es una parte fundamental de la intriga, y la voz en el teléfono no se identifica hasta el epílogo, centenares de páginas después. "Un texto genial y poco conocido, rescatado por Borges como una de las grandes novelas policiales".

Un horror moral

El fervor borgeano por Stevenson tuvo un precursor ilustre: G. K. Chesterton."Si el ambiguo público victoriano no supo apreciar la ética profunda e incluso trágica de Stevenson, todavía era menos apto para apreciar la perfección y la meticulosidad -al modo francés- de su estilo; en el cual parecía que ensartase en la punta de su pluma la palabra precisa, como si fuera un hombre ocupado en un juego de paciencia", sentenció el escritor británico sobre El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886), donde un científico intenta anular mediante una pócima el bien y el mal, alternativamente, en un mismo individuo (para amortiguar el mal necesita dosis doble). El impactante final de la novela transforma un relato policial en otro de horror.

"En El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, Stevenson construye un relato de la dualidad, que ha sido tradicionalmente leído como una alegoría moral -señala el escritor Pablo De Santis-. Pero esa bifurcación no implica una confianza absoluta en la dualidad del hombre: ese es solo el principio. Lo que propone el doctor Jekyll es que cada hombre encierra muchos, y que habría un modo científico de separar a los miembros de esa multitud escondida". Para el autor de El enigma de París, ese es uno de los rasgos extraordinarios de la novela. "El otro es la impresión que causa el señor Hyde, que al revés de las interpretaciones cinematográficas, no presenta ningún rasgo claramente monstruoso. Incluso es más joven que Jekyll. Es desagradable en conjunto, y hay algo indefinible en el odio y el horror que causa. Él es Hyde, es decir, lo escondido, pero tiene a la vez algo escondido en sí mismo. Esa es otra de las novedades que impone Stevenson: la noción de un horror moral". Esta novela, como La isla del tesoro, ha sido adaptada al cine en varias ocasiones, entre otros por Rouben Mamoulian, Victor Fleming, Terence Fisher, Jerry Lewis y el argentino Mario Soffici.

Para De Santis, la fama de Jekyll y Hyde ha dejado en las sombras una de las obras más perturbadoras de Stevenson: la nouvelle Olalla (1885). "Cuenta la historia de un soldado inglés que se recupera de sus heridas en la casa de una aristocrática familia española ya entrada en decadencia -relata el escritor y académico argentino-. El padre ha muerto; el soldado establece buena relación con la madre y con el hijo, pero la hija, Olalla, se demora en aparecer. Cuando el soldado la ve, se enamora de inmediato. Pero algo extraño pesa sobre la casa, la sensación de alguna maldición. Cuando el narrador se hace un corte en la mano, la señora de la casa, hasta entonces amable, se arroja como una fiera sobre la sangre y lo muerde. Los hijos se ven obligados a encerrarla. Olalla está enamorada del huésped, pero sabe que por sus venas corre un mal hereditario". Como pasa con los ambiguos relatos de Henry James, no se sabe cuál es la raíz de ese mal.

El viajero que escribía

Como muchos autores han destacado, la vida del escritor estuvo signada por la tuberculosis. En búsqueda de terapias curativas, Stevenson recorrió distintos países ("con dos libros en el bolsillo: uno para leer y otro para escribir") y, en los últimos años de su vida, visitó las islas del Pacífico y se instaló en Samoa. Sus primeros libros fueron crónicas de viaje: Un viaje al continente (1878) y, un año después, Viajes con una burra a las Cévennes. En forma póstuma, se publicó En los mares del Sur (1896), relato de su recorrido por las islas Marquesas, Pomotú y Gilbert.

"En Viajar, Stevenson escribió: 'No ambiciono riquezas, ni esperanzas, ni amor, ni un amigo que me comprenda. Todo lo que pido es un cielo sobre mí y un camino a mis pies' -destaca el escritor y editor Christian Kupchik-. Y si bien podía trasladarse sin solución de continuidad entre el racionalista y la Bestia, o inventarse los categóricos contornos de una isla tan irreal como posible, el viaje verdadero no lo encontraba en las huellas de sus letras sino en las que borraban sus pasos. Antes que un escritor viajero, Stevenson fue un viajero que escribía. Reivindica el camino incómodo, asegura descreer del entusiasmo espontáneo o aporta indicaciones para disfrutar de cualquier lugar, incluso de los menos agradables, con el objetivo de llenarnos de sentimientos profundos, que son los que mejor justifican la vida".

Kupchik cuenta que otro "viajero escriba", Cees Nooteboom, llegó hasta el corazón de Samoa, en el monte volcánico Vaea, para buscar un testimonio de la grandeza errante de Stevenson. "Cuando creyó que debería purgar con su propia existencia por las penurias ocasionadas por un objetivo que se adivinaba imposible, algo se dibujó contra el mar turquesa. Una lápida blanca y con cicatrices de los vientos susurró: 'Alegre he vivido y alegre muero. / Pero al caer quiero haceros un ruego. / Poned sobre mi tumba este verso: / 'Aquí yace donde quiso yacer. / De vuelta de la costa está el marinero, / de vuelta del monte está el cazador'. Ese epitafio, el de Stevenson, sintió que serviría también como el suyo". R. L. Stevenson murió el 3 de diciembre de 1894, a los 44 años.