'Si no se rinden los vamos a matar': la estrategia de los talibanes en Afganistán

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Fuerzas de seguridad afganas en un puesto de control en la periferia de Panjwai, Afganistán en enero de este año. (Jim Huylebroek para The New York Times)
Fuerzas de seguridad afganas en un puesto de control en la periferia de Panjwai, Afganistán en enero de este año. (Jim Huylebroek para The New York Times)

A principios de mayo, un comandante talibán llamó por teléfono a Muhammad Jallal, líder tribal anciano de la provincia de Baglán en el norte de Afganistán. Le pidió que diera un mensaje a las tropas del gobierno afgano ubicadas en varias bases de su distrito.

“Si no se rinden los vamos a matar”, dice Jallal que le dijeron.

Él y otros ancianos tribales obedecieron. Tras varias rondas de negociación, dos bases gubernamentales y tres puestos de avanzada se rindieron sin luchar. Más de 100 elementos de seguridad entregaron sus armas y su equipo y fueron enviados a casa sanos y salvos.

La estrategia de coerción y persuasión de los talibanes se repitió por todo el país y se desarrolló durante meses como un punto central de la nueva ofensiva de los insurgentes este año. Durante el verano, los militantes lograron varios de estos acuerdos para apoderarse de las bases y, por último, de los centros de comando provinciales para culminar con un sorprendente despliegue militar que les devolvió el poder dos décadas después de haber sido derrotados por Estados Unidos y sus aliados.

Las negociaciones de rendición solo fueron uno de los elementos de una estrategia talibán más amplia que capturó capitales provinciales, fuertemente resguardadas, a la velocidad de la luz y que llevó a los insurgentes hasta la capital, Kabul, el domingo sin que apenas se produjeran disparos. Fue una campaña definida por colapsos y conquistas ejecutada por oportunistas pacientes.

Con cada rendición, pequeña o grande, los talibanes confiscaron armas y vehículos y, de manera vital, consiguieron el control de caminos y carreteras lo que brindó a los insurgentes la libertad para moverse rápidamente y conseguir más rendiciones mientras las fuerzas de seguridad se iban quedando sin municiones, combustible, comida y salarios.

Cada victoria también fue sumando a la creciente sensación de inevitabilidad de que los talibanes ganarían al final, en especial, luego de que habían invertido tantos recursos para ganar el norte, un bastión tradicional de las milicias anti talibán. Al caer esos distritos y puestos de control, los talibanes ganaron victorias propagandísticas importantes y se corrió rápidamente la voz de que prevalecerían, incluso ante la resistencia obstinada, y cumplirían su promesa de perdonarle la vida a soldados y policías.

Una multitud intentaba escapar del país y se agolpaba en las puertas de entrada del aeropuerto internacional de Kabul, Afganistán, el miércoles. (Jim Huylebroek para The New York Times)
Una multitud intentaba escapar del país y se agolpaba en las puertas de entrada del aeropuerto internacional de Kabul, Afganistán, el miércoles. (Jim Huylebroek para The New York Times)

El resultado fue una lucha desigual entre un monstruo insurgente adaptable y bastante móvil, y una fuerza gubernamental desmoralizada que había sido abandonada por sus líderes y que se quedó sin ayuda. Cuando la primera capital provincial se rindió este mes, los grandes colapsos se produjeron con la misma velocidad con la que viajaban los talibanes.

La victoria talibán se produjo cuatro meses después del 14 de abril, cuando el presidente Joe Biden anunció que respetaría el acuerdo que la administración Trump firmó con los talibanes para retirar todas las tropas estadounidenses a partir del 1 de mayo. El anuncio mermó la moral de unas fuerzas de seguridad ya atribuladas y envalentonó a los talibanes que no habían respetado la mayoría de las promesas establecidas por el acuerdo de febrero de 2020.

Los talibanes aprovecharon en mayo la ventaja, aplastando a las tropas gubernamentales que se vieron entonces obligadas a defenderse y que solo de vez en cuando contaron con bombardeos aéreos estadounidenses de larga distancia para detener levantamientos talibanes. Los militantes rápidamente extendieron su control entre los más de 400 distritos. De 77 que tenían el 13 de abril tomaron 104 el 16 de junio y para el 3 de agosto ya dominaban 223 distritos, según la revista Long War Journal de la Fundación para la Defensa de las Democracias.

Los talibanes también recibieron dinero, suministros y apoyo de Pakistán, Rusia e Irán, según indicaron algunos analistas. Entre el apoyo estaban entre 10.000 y 20.000 voluntarios afganos enviados desde Pakistán, refugio seguro de talibanes, y miles de aldeanos afganos adicionales que se unieron a los militantes cuando quedó claro que iban ganando, dijo Antonio Giustozzi, un analista con sede en Londres que ha escrito varios libros sobre Afganistán.

Los voluntarios aumentaron las filas de los talibanes hasta superar los 100.000 combatientes de los entre 60.000 y 70.000 que estimaban la mayoría de los analistas, dijo Giustozzi. Eso fue más que suficiente para aplastar a una fuerza gubernamental que en el papel andaba por los 300.000 efectivos, pero que quedó mermada por la corrupción, la deserción y una asombrosa tasa de bajas: los funcionarios estadounidenses han dicho que quizás solo una sexta parte de ese total estuvo en combate este año.

La clave para la victoria, dijeron Giustozzi y otros expertos, fue el plan de los talibanes de amenazar y engatusar a las fuerzas de seguridad y funcionarios gubernamentales para que se rindieran, primero en los puestos de avanzada y de control y luego a nivel distrital y provincial en su avance por el interior del país.

“Contactaron a todos y le dieron la oportunidad de rendirse o cambiar de bandos con incentivos que incluían dinero y recompensar a la gente con nombramientos más adelante”, dijo Giustozzi, investigador en el Instituto Royal United Services en Londres y autor de un libro de 2019, The Taliban at War.

Y añadió: “Hubo mucho intercambio de dinero”.

Los talibanes aprovecharon el resentimiento de los afganos hacia un gobierno corrupto e ineficaz que no pudo reabastecer a sus fuerzas ni montar una campaña mediática eficaz para atraer al público. Por el contrario, los talibanes lanzaron un mensaje a través de las redes sociales y de los ancianos de las aldeas en el que decían que el gobierno era ilegítimo y que los militantes pronto restablecerían el dominio islámico.

“Su alcance fue fantástico. La planeación fue muy buena. Consiguieron el elemento sorpresa”, dijo Saad Mohseni, presidente ejecutivo de Moby Media Group, que supervisa TOLO News, la principal cadena de noticias independiente de Afganistán.

Y agregó: “Capitalizaron las diferencias étnicas, religiosas, ideológicas e intertribales para ganarse a la gente. Y aprovecharon al máximo la frustración que las personas sienten con el gobierno”.

La guerra de casi 20 años prácticamente se definió el invierno pasado, cuando los talibanes tomaron el control de las principales carreteras del país. Las fuerzas del gobierno solo habían defendido débilmente los caminos y eligieron instalarse en la relativa seguridad de los puestos de control, las bases y los centros de comando provinciales.

Era parte de la estrategia gubernamental, alentada por el ejército de Estados Unidos, de ceder las zonas rurales y enfocarse en proteger los centros urbanos y las principales provincias.

Al principio, el dominio de las carreteras permitió que los talibanes aislaran los centros de comando y de control a nivel distrital y forzó rendiciones negociadas o simplemente a dominar las fuerzas de seguridad que se vieron superadas en armamento. A mediados del verano, ya pudieron sitiar las capitales de las provincias que se quedaron sin reabastecimientos o refuerzos.

Al quedar las carreteras cerradas para los convoyes del gobierno, hubo una enorme presión sobre el terreno, pero la Fuerza Aérea afgana estaba intentando brindar apoyo aéreo cercano, tropas y suministros. Pero la fuerza aérea no pudo enfrentar el peso. Tampoco lo lograron los comandos entrenados por Estados Unidos, que fueron enviados a zonas críticas para realizar las tareas que soldados y policías habían abandonado.

Al mismo tiempo, los militantes recaudaron millones de dólares al imponer tributos a los camiones y otros vehículos e incluso emitían recibos que eran reconocidos en todo el país. Como controlaban las carreteras, en julio lograron tomar varios cruces fronterizos y apropiarse de millones en aranceles destinados al gobierno.

“Es la clase Fuerzas Militares 1: quien controla las líneas de abastecimiento controla el campo de batalla”, dijo Sarah Kreps, oficial retirada de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y profesora de gobierno y derecho en la Universidad de Cornell.

En el norte, el gobierno jamás se recuperó de los ataques sorpresa del verano contra los bastiones anti-talibanes, dijo Giustozzi. El gobierno había anticipado ataques en el núcleo de los talibanes en el sur, donde las fuerzas gubernamentales montaron una feroz resistencia en las provincias de Kandahar y Helmand antes de colapsar a principios de este mes.

“Los talibanes adoptaron una estrategia de presionar a los caudillos clave del norte para llevarlos a ellos y a sus milicias a defender su zona y así evitaron que se adhirieran a una defensa nacional”, dijo por correo electrónico Kimberly Kagan, fundadora y presidenta del Instituto para el Estudio de la Guerra en Washington, D.C.

Hasta el final, incluso la semana pasada, los talibanes siguieron persiguiendo la estrategia de forzar las rendiciones negociadas.

El 14 de agosto, Sahaifullah Andkhoie comandante de una milicia que apoyaba al gobierno en Maimana, la capital de la provincia de Faryab en el norte de Afganistán, dijo que había recibido varias llamadas de comandantes talibanes que le ofrecían condiciones para rendirse

“Los talibanes nos garantizaban que si nos rendíamos no nos iban a matar”, dijo Andkhoie. “Luego vi que los talibanes estaban requisando armas y municiones de los cuarteles de regimiento”.

Esa noche, la provincia cayó en manos de los talibanes. Los combatientes y funcionarios del gobierno se rindieron en masa y entregaron un arsenal de armamento y equipo a los militantes.

Durante casi dos décadas, con el respaldo de las fuerzas estadounidenses y de la OTAN y los ataques aéreos, las fuerzas del gobierno afgano habían conseguido mantener las 34 capitales provinciales a pesar de los persistentes ataques de los talibanes. Por eso es que los acontecimientos de principios de este mes resultaron tan extraordinarios: el rápido colapso de más de 15 capitales de provincia importantes en un lapso de tan solo nueve días.

La primera capital provincial en caer fue Zaranj en la remota provincia de Nimruz en el suroeste, que se rindió el 6 de agosto. Fue levemente defendida porque las fuerzas gubernamentales se concentraron en defender las ciudades sureñas de Kandahar y Lashkar Gah que son mucho más grandes.

Con cada victoria de los talibanes iban quedando más combatientes libres para ir en pos de capitales provinciales más grandes y se fueron moviendo con rapidez y letalidad por las carreteras que ahora les pertenecían. Dichas capitales cayeron en rápida sucesión conforme los soldados se marchaban, se rendían o desertaban o simplemente se quitaron los uniformes y desaparecieron.

Las tropas en Kandahar y Lashkar Gah se mantuvieron en la lucha, pero esas capitales colapsaron el viernes. El domingo, combatientes talibanes recorrieron a toda velocidad carreteras abiertas en motocicletas y en vehículos policiales y Humvees capturados del gobierno, y entraron en la capital del país sin encontrar oposición.

Eric Schmitt colaboró con la reportería desde Washington y Najim Rahim y Fahim Abed desde Kabul, Afganistán.

David Zucchino es colaborador de The New York Times. @davidzucchino

© 2021 The New York Times Company

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