"Los Reyes" revive una época dorada del boxeo

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ARCHIVO - En esta noviembre, 25 de noviembre de 1980, Sugar Ray Leonard (derecha) se mofa de Roberto Durán en la pelea por el cetro mediano del CMB en Nueva Orleáns. (AP Foto, archivo)

Al Superdome de Nueva Orleáns no le cabía un alma, y la expectativa se sentía en todo el país. Era el albor de la década de 1980 y Sugar Ray Leonard tenía cuentas pendientes con Roberto Durán, quien lo había derrotado en un combate brutal unos meses atrás.

Mientras los peleadores aguardaban sobre el cuadrilátero, Ray Charles entonaba una emotiva versión de “America the Beautiful". Si Leonard necesitaba de motivación adicional — y no era el caso — ahora llevaba a todo un país sobre su espalda.

“Vi de reojo a Durán y me dije ‘Amigo, estás en problemas. Esto es Estados Unidos, baby’”, recordó Leonard.

De hecho, Durán sí estaba en problemas, de maneras inimaginables hasta esta pelea. La leyenda panameña terminaría rindiéndose en el octavo asalto en lo que llegó a convertirse como la pelea “No más”.

Pero habría más — mucho más — luego de que Leonard, Durán, Thomas Hearns y “Marvelous” Marvin Hagler se embarcaron en una serie de peleas que son reconocidas actualmente como la última época dorada del pugilismo.

Bajo las estrellas de Las Vegas, se enfrentaron unos con otros a cambio de millones de dólares y en busca del respeto y el reconocimiento como unos de los mejores de la historia. Combate a combate, elevaron los estándares hasta que, finalmente, la década llegó a su fin — y con ella, también uno de los periodos de peleas de campeonato más recordados de la historia.

Dos de las peleas — Hagler-Hearns y Hearns-Leonard — son consideradas por muchos expertos como dos de los mejores combates de la historia del deporte. Los otros pleitos no se quedaron atrás, incluyendo el sorpresivo triunfo de Leonard sobre Hagler por el título de peso medio en 1987.

Todos ellos son recordados en su apogeo en un documental de cuatro partes llamado “Los Reyes”, en Showtime. Al igual que sus peleas, la obra abarca la década del boxeo en la que cuatro de los mejores peleadores de la historia se enfrentaron entre sí en combates de campeonato entre las 147 y las 168 libras.

Los aficionados al boxeo conocen la historia, la cual vuelve a tomar vida con videos de la época que demuestran lo especial que fue.

“Sugar Ray Leonard es un boxeador maravilloso”, le dijo Johnny Carson a Hagler en un extracto del “Tonight Show”.

“No, yo soy el maravilloso”, respondió Hagler.

“Lo que tu digas”, dice Carson en medio de risas.

Durán y Hearns fueron los únicos dos entrevistados actualmente para el documental, y los productores tuvieron que utilizar subtítulos para que los espectadores pudieran entender a Hearns. Su mala pronunciación es tan solo un recordatorio del precio que se paga sobre el cuadrilátero.

La fórmula es exitosa, en buena medida porque los investigadores hicieron su trabajo y encontraron un video que ayuda a contar la historia. Desafortunadamente, los productores caen en la trampa recurrente de usar al boxeo como una metáfora de la época, mostrando las imágenes obligatorias del presidente Jimmy Carter vestido con un suéter, filas para comprar gasolina y personas utilizando cupones para alimentos.

En cierto punto, se ve la demolición de un edificio en Detroit, la ciudad natal de Hearns, y escuchamos que “ellos derribaban edificios. Tommy derribaba a sus oponentes”.

También mostraron tantas imágenes de los discursos de Ronald Reagan que, por momentos, parecía más un documental de Reagan que uno del boxeo.

De cualquier forma, el boxeo es cautivante, al igual que los peleadores. Uno prácticamente puede remontarse a la vida hedonistas de los años 80, cuando se muestran viejas imágenes en las que Leonard habla de gastar 4 millones de dólares en cocaína, mientras que Durán le atribuye su nocaut a manos de Hearns en 1984 al alcohol y a dos mujeres con las que pasó toda una semana mientras entrenaba en Miami.

Y luego aparece el promotor Bob Arum hablando sobre la diferencia de aviones privados mientras Hagler y Hearns atravesaban el país para promover su épico combate en 1985. El avión de Hagler era un ejemplo de seriedad, mientras que en el de Hearns siempre había fiesta.

“Ese era el avión Detroit, el avión del gueto”, dijo Arum. “Ese avión era muy divertido”.

A lo largo de la obra salen a relucir las personalidades de los boxeadores, haciendo que quienes no vivieron esa época puedan entender con mayor facilidad el atractivo que tenían para el público.

Leonard era la súperestrella de la sonrisa carismática y que flotaba sobre el ring, pero que podía ser frío y despiadado cuando el momento así lo requería.

Hagler era el peleador de la clase obrera de Brockton, Massachusetts, siempre con cuentas pendientes. No era espectacular, pero era incesante y astuto — y de buena pegada. Si los cuatro "Reyes" fueran The Beatles, Hagler sería Ringo, según la descripción del anunciador Larry Merchant.

Durán era, bueno, era Durán. Un héroe panameño que peleaba incesantemente, siempre hacia adelante — hasta aquella noche en la que Hearns lo prendió con su virtuosa mano derecha a las afueras del Caesars Palace.

Hearns era el complemento de todos ellos, el chico de barrio que se sobrepuso a todas las adversidades con su temible pegada, que podía cambiar el rumbo de una pelea de un solo golpe.

Hagler falleció este año, dejándole un sabor agridulce al oportuno documental. A Hearns difícilmente se le entiende, y no aporta nada nuevo sobre Leonard. Durán brindó quizás el material más fascinante, sólo por su honestidad sobre sus malos hábitos y sobre lo que pensaba sobre el encordado.

Como alguien que estuvo a un costado del ring en todos esos combates, salvo los de Leonard contra Durán, puedo avalar esas peleas y esa era. Fue un momento mágico que todos creíamos que duraría para siempre, en que los grandes se enfrentaban a los grandes en los pesos medios, mientras Mike Tyson noqueaba a todos los pesos completos.

No resultó así, lo que le da un sabor especial a esa década. El boxeo era un deporte popular hasta que la avaricia y la incompetencia lo convirtieron en un espectáculo secundario, que atrae en su mayoría a sus aficionados más fieles.

Después de varias décadas, los “Reyes” aún poseen la corona.

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