Retrato de un poeta iraquí como manifestante

Sinan Antoon

SAFA AL SARRAY MURIÓ CUANDO LAS FUERZAS IRAQUÍES DISPARARON UNA GRANADA DE GAS LACRIMÓGENO QUE FUE DIRECTO A SU CABEZA.

Los iraquíes han estado manifestándose desde principios de octubre contra el sistema político disfuncional y corrupto instalado por Estados Unidos después de la ocupación de 2003. A diferencia de las olas previas de protestas que comenzaron en 2011, esta manifestación fue espontánea y no la organizó ningún partido.

La consigna más común y apasionada en estas protestas ha sido “Queremos una patria”. Refleja la ira y el distanciamiento que los iraquíes sienten hacia una clase política sujeta a influencias externas (de Irán y Estados Unidos) y ajena a las exigencias del pueblo.

La brutal represión del régimen y el asesinato de manifestantes pacíficos provocó la ira de los iraquíes, lo que amplió e intensificó las protestas y los ataques en todo Irak. También radicalizó el tono y las exigencias de los inconformes que han exhortado a una reforma del sistema entero, en lugar de a solo un cambio cosmético. La renuncia del primer ministro Adil Abdul Mahdi el 29 de noviembre no logró calmar a los manifestantes. Y la violencia del régimen no ceja.

Más de 500 manifestantes han muerto. Intento encontrar sus nombres y echar un vistazo a sus caras. La muerte se apodera de ellos en un instante y lleva sus cuerpos a la oscuridad de la tumba. Sin embargo, también ilumina sus nombres, rostros e historias de vida, lo que los hace aún más familiares para quienes estamos conectados de manera visceral con Irak, ya sea que vivamos ahí o en un país distante.

Yo conocí muy bien a Safa al Sarray, un aspirante a poeta de 26 años y artista novato. Me escribió hace nueve años a través de las redes sociales sobre una de mis novelas. Mantuvimos correspondencia. Me encantaba su ingenio y sentido del humor, y sus publicaciones profundas sobre la vida y la política en Irak.

Safa fue un joven precoz y apasionado, así como un lector voraz, en especial de poesía. Creció en una familia grande de clase trabajadora en Bagdad. Su padre murió cuando él era muy joven. Trabajaba arduamente —tres días a la semana en una construcción y como mozo, mientras estudiaba en la Universidad de Tecnología en Bagdad— para poder pagar los gastos y mantener a su familia.

En 2011, una ola de protestas contra la corrupción y el sectarismo del régimen iraquí se desató en todo el país. Safa, que tenía 18 años en ese momento, se unió a sus compatriotas para buscar un cambio. Estuvo al frente de cada una de las olas de manifestaciones en los años siguientes. A pesar de haber sido acosado y detenido en varias ocasiones, estaba de vuelta en las calles cuando se producía la siguiente protesta.

Me preocupaba por él y me ponía en contacto cada vez que se registraban protestas para asegurarme de que estuviera a salvo. “Nos quedamos aquí en Tahrir”, escribía, en referencia a la plaza Tahrir en el centro de Bagdad, donde los manifestantes se han estado reuniendo. Él conocía los riesgos a los que se enfrentaba. Una vez me comentó que se preguntaba cuándo se encontraría con “la muerte no merecida” que le esperaba en su patria. Él amaba Irak y se iba a dormir por las noches pensando qué podía hacer para cambiarlo.

Me reuní con Safa por primera vez en febrero en la Feria del Libro de Bagdad. Llegó a mi firma de libros y me pareció encantador y carismático en persona. Nos volvimos a ver para desayunar durante mi último día en Bagdad. Safa tenía una licenciatura en redes computacionales, pero como cientos de miles de jóvenes iraquíes, no podía encontrar empleo en su campo.

Durante el desayuno, me dijo que recientemente había comenzado a trabajar como “ardhahalchi”, o escribano, por lo que escribía cartas o llenaba formularios para ciudadanos que comparecerían en los tribunales. Colocaba su silla y su mesa cada mañana afuera de un tribunal en Bagdad. “¿Hubo algunas historias interesantes con las que te topaste?”, pregunté. “Solo es un tribunal de tránsito”, dijo con una sonrisa. Las cartas que tenía que escribir eran bastante prosaicas, la mayoría sobre accidentes insulsos o transferencias de propiedad.

Safa tenía 26 años, pero usaba un bastón y hacía gestos de dolor cuando se movía. Hablaba sobre los analgésicos que tomaba y la costosa terapia física. Durante las protestas de mediados de 2018, recibió mensajes en las redes sociales de rufianes que le advertían que se mantuviera alejado. Al principio, los ignoró. Algunos días después, elementos de seguridad vestidos de civil lo detuvieron y lo torturaron para sacarle información sobre otros manifestantes. Dijo que el recuerdo de su madre, Thanwa, y su fortaleza le ayudaron a tolerar el dolor y mantenerse firme en momentos de debilidad.

Él era muy cercano a Thanwa, que murió de cáncer en 2017, y escribió sobre su sufrimiento y resiliencia. Se llamaba a sí mismo el Hijo de Thanwa. Cambiar el énfasis de la línea paterna a la materna fue un acto de resistencia poética contra las normas sociales.

Safa era ferozmente independiente y crítico de la élite intelectual y las personalidades de los medios que habían traicionado a los manifestantes, secuestrado protestas anteriores y hecho tratos secretos con los partidos políticos.

Era un aspirante a poeta, un artista. Donaba el dinero de su arte a un orfanato. Su corazón era un jardín para todos. He estado pensando sobre algunos versos que escribió: “La tristeza del pueblo es mi tristeza / Sus festines son míos / Deja que el manantial de mi vida fluya en sus desiertos / Estas flores en mi alma son los jardines del pueblo”.

Cuando el movimiento iraquí comenzó en octubre, Safa estaba al frente una vez más. Declamó poesía y exhortó a los manifestantes a mantenerse pacíficos, pero a nunca rendirse.

El 28 de octubre, le envié un mensaje: “Me enteré que resultaste herido. Avísame si estás bien”. No hubo respuesta. Una granada de gas lacrimógeno disparada de manera intencional y directa hacia la multitud por los policías antimotines le había perforado la cabeza mientras protestaba de manera pacífica en la plaza Tahrir. Lo llevaron al hospital. Murió algunas horas más tarde. Lloré cuando vi el video de su ataúd circulando por la plaza, rodeado de compañeros manifestantes que le decían adiós a un héroe.

Hace algunos años, escribí un poema sobre quienes mueren por la libertad y la justicia. Nunca pensé que lo escribía de manera prematura para mi amigo.

Los mártires no van al paraíso / Hojean el libro celestial, cada uno en su propia forma, como un ave, una estrella o una nube / Ellos se nos aparecen cada día y lloran por nosotros, que todavía estamos en este infierno que trataron de extinguir con su sangre.

Hace algunas semanas, vi una fotografía de una paloma blanca que se había posado sobre el ataúd de una de las personas asesinadas por el régimen cerca de la plaza Tahrir. ¿Eras tú, Safa?

Visitaré tu tumba cuando vaya a Irak, pero sé que no solo estás ahí. Tu rostro está en tantos muros, letreros, camisetas, y tu espíritu está por todos lados. Tus hermanos y hermanas, los hijos de Thanwa, todavía luchan por el nuevo Irak que soñaste y amaste.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2019 The New York Times Company