Con la retirada afgana, Biden desafía a la élite de la política exterior

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El entonces presidente Barack Obama, a la derecha, y el entonces vicepresidente Joe Biden en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, el 25 de junio de 2015. (Stephen Crowley/The New York Times)
El entonces presidente Barack Obama, a la derecha, y el entonces vicepresidente Joe Biden en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, el 25 de junio de 2015. (Stephen Crowley/The New York Times)

LONDRES— Cuando el presidente Joe Biden se desempeñó como vicepresidente de Barack Obama, con regularidad era el disidente solitario en los debates de la Casa Blanca sobre las intervenciones militares, sobre todo en Afganistán, donde se opuso firmemente al incremento de tropas del Pentágono en 2009 y fue desestimado por Obama y sus generales.

Ahora Biden es el comandante en jefe, y al haber presionado para concluir la retirada estadounidense de Afganistán, incluso con el costo de una evacuación frenética y manchada de sangre, se ha puesto en conflicto con la mayoría de la élite de la política exterior, de derecha e izquierda, en Washington y por toda Europa.

A Biden le han llovido las críticas no solo por el desorden de la retirada sino también por su repudio a los principios que impulsaron la misión en Afganistán. Mientras el presidente ve a Estados Unidos culminar tardíamente “una era de grandes operaciones militares para reconstruir otros países”, como lo expresó el martes 31 de agosto durante una desafiante defensa de su decisión, los críticos perciben un peligroso atrincheramiento de Estados Unidos que podría dejar al mundo en un caos más profundo.

“Esta fue simple y llanamente una decisión política”, comentó el representante por Texas Michael McCaul, el republicano de mayor rango en el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes. Biden, dijo este, “ignoró los consejos de sus propios generales superiores y de sus propios servicios de inteligencia”.

Incluso los compañeros demócratas de Biden han realizado valoraciones severas, ya sea sobre la incapacidad de prever el rápido colapso del ejército afgano —que llevó al senador Mark Warner, demócrata por Virginia, a convocar audiencias en el Congreso— o sobre la evacuación, la cual el representante Seth Moulton, demócrata por Massachusetts, calificó de “un desastre de proporciones épicas”, porque fueron abandonados varios estadounidenses y aliados afganos.

El ex primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, escribió que la decisión de Biden de retirarse de Afganistán había sido un cálculo político cínico, motivado por un “idiota lema político sobre ponerle fin a ‘las guerras eternas’, como si nuestra participación en 2021 fuera remotamente comparable a nuestro compromiso de hace 20 o incluso 10 años atrás”.

Pero según los analistas, la feroz reacción en contra de Biden se debe precisamente a la naturaleza arraigada y duradera de las ideas que el presidente está desafiando.

Un grupo de personas se reúne fuera del aeropuerto de Kabul, Afganistán, el 20 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)
Un grupo de personas se reúne fuera del aeropuerto de Kabul, Afganistán, el 20 de agosto de 2021. (Jim Huylebroek/The New York Times)

Desde los ataques terroristas del 11 de septiembre, la doctrina de una política exterior agresiva y expedicionaria —en la que todas las opciones, incluyendo la fuerza militar, están siempre sobre la mesa— se ha convertido en un artículo de fe bipartidista en Washington. Los medios de comunicación que cubrieron esas guerras jugaron un papel importante en la amplificación de estas ideas.

Los aliados de la OTAN, que lucharon junto a Estados Unidos en Afganistán, siguieron adelante con esta doctrina con diversos grados de entusiasmo. Blair, un líder del Partido Laborista, respaldó a un presidente republicano, George W. Bush, en la invasión de Irak.

Obama, quien alguna vez dijo que no se oponía a todas las guerras sino solo a las “guerras tontas”, no llegó a retirar las tropas de Afganistán incluso mucho después de haber concluido que la misión —transformar el país en una democracia estable— era un esfuerzo inútil. Incluso el presidente Donald Trump, quien forjó su carrera burlándose de los poderes establecidos de la política exterior, cedió ante sus generales cuando le advirtieron que no retirara todas las fuerzas estadounidenses.

“Este es un presidente que está dispuesto a enfrentarse al sistema establecido de política exterior de Washington de una manera en la que Trump, Obama o George W. Bush nunca lo hicieron”, dijo Vali R. Nasr, un exfuncionario del gobierno de Obama que en la actualidad es profesor en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad John Hopkins. “En mi opinión, eso exige una introspección de quienes forman parte de la élite de la política exterior”.

Si bien Biden quizás antagonizó a las élites de la política exterior, su determinación de retirar a Estados Unidos de costosos enredos en el extranjero es mejor visto por el estadounidense promedio. Las desgarradoras imágenes de la evacuación han perjudicado sus índices de aprobación, pero las encuestas señalan que muchas personas, por no decir la mayoría, comparten su convicción de que el país no tiene una razón de peso para permanecer en Afganistán.

Biden es un insurgente improbable. Siendo un veterano senador que presidió el Comité de Relaciones Exteriores, abrazó la visión posterior a la Segunda Guerra Mundial de un Estados Unidos activo a nivel internacional. Apreciaba su agenda de contactos de líderes mundiales y disfrutaba participar en las reuniones de la élite, como la Conferencia de Seguridad de Múnich. También votó a favor de la guerra de Irak.

Sin embargo, en sus años como vicepresidente, su desencanto con las aventuras militares emergió como una de sus convicciones centrales. Además de oponerse a la operación en Afganistán, se resistió a la intervención de la OTAN en Libia y le aconsejó a Obama que pospusiera la redada del grupo comando que mató a Osama bin Laden (luego cambió su versión para sugerir que había apoyado la misión en privado).

“Biden fue en realidad la única voz disidente sobre Afganistán, no solo entre los que deciden, sino en la élite de la política exterior, de la cual claramente formaba parte”, dijo Ben Rhodes, quien se desempeñó como asesor adjunto de seguridad nacional de Obama. “No era un simple progresista visceral”.

A pesar de todas sus diferencias, Nasr afirma que existe un hilo de escepticismo sobre la intervención militar que conecta la renuencia de Obama a desplegar tropas, el lema aislacionista de Trump, “Estados Unidos primero”, y la contundente declaración de Biden de que ayudar al pueblo afgano no era un interés vital de la seguridad nacional de Estados Unidos

Según Nasr, el presidente también ha mostrado una tendencia a ignorar las opiniones de los aliados europeos, un factor que ayuda a explicar la frustración que se resiente en Londres, Berlín y otras capitales, donde el triunfo electoral de Biden había sido celebrado tras la intimidación empleada por Trump. La campaña de la OTAN en Afganistán había sido un mérito de la solidaridad de la alianza, por lo que la decisión unilateral de Biden fuera aún más punzante.

“Hay una pérdida de confianza grave, y eso requerirá de un esfuerzo de reafirmación significativo por parte de Washington”, dijo Wolfgang Ischinger, antiguo embajador alemán en Estados Unidos que en la actualidad preside la Conferencia de Seguridad de Múnich.

Ischinger comparó la caótica evacuación de Kabul con la “línea roja” trazada por Obama en Siria si el presidente Bashar al Asad usaba armas químicas, una amenaza que Obama no pudo concretar. Según Ischinger, no representa una amenaza existencial para la alianza, pero sí genera dudas sobre la credibilidad de Estados Unidos.

© 2021 The New York Times Company

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