La responsabilidad, entre la ortodoxia y la libertad

Andrea Churba

En estos días nos shockearon las imágenes de una boda judía ortodoxa en la que más de cien personas conversaban, se abrazaban y se besaban sin tapabocas y sin guardar la distancia recomendada. El evento, ampliamente difundido por los medios, provocó estupor, enojo y hasta indignación. Lo sucedido era injustificable, irresponsable e ilegal, y fue prontamente penalizado por las autoridades y repudiado por los líderes de otras comunidades judías.

Nada justifica lo ocurrido, y no es mi intención hacerlo. Tengo claro que la preservación de la vida es más importante que cualquier ley, y que la ley de un país tiene preeminencia sobre las normas de cualquier comunidad, religiosa o no. En estos días, y a partir de una convocatoria de Fabian Skornik, rabino de Lamroth Hakol, tuvimos una conversación en vivo en la cual buscamos entender por qué suceden estos hechos, por qué este gran número de personas asistió a la celebración, por qué estuvieron dispuestos a arriesgar su salud, su vida y las consecuencias penales de su transgresión. Y reflexionar juntos sobre la manera en que otras personas, inclusive nosotros, en otros ámbitos, muchas veces nos dejamos influir por quienes nos convocan; a qué y a quiénes les damos poder y delegamos en ellos, casi sin resistencia, algunas de nuestras decisiones. Para ayudarme a comprender y para iluminarme en las cuestiones del liderazgo en general, y en el liderazgo ultraortodoxo judío en particular, me di el lujo de volver a conversar (virtualmente) con Fabián. Lo que sigue es un resumen de ese diálogo fructífero.

Buscamos respuestas para paliar la incertidumbre

Vivimos en tiempos de enorme incertidumbre y temor. Nos invade una profunda sensación de pérdida: la vida, la salud y la seguridad económica, pero también las rutinas, el trabajo como lo conocíamos, los abrazos, la intimidad, las celebraciones, los parques, las salidas. Lo peor es que no sabemos hasta cuándo. Nuestra psiquis humana parece no estar equipada para tolerar durante tanto tiempo la ambigüedad y lo desconocido. Buscamos a nuestros referentes y modelos para que nos den respuestas, nos muestren el camino y nos digan cómo actuar; para que nos den confianza y seguridad. No es fácil encontrar respuestas en el contexto de pandemia. Las pocas certezas que nos pueden dar son de corto plazo, se desactualizan, se reelaboran, se abandonan. Quizás lo más próximo a una certeza que tenemos hoy sean las medidas de aislamiento social preventivo y obligatorio (ASPO) para hacer más lenta y más plana (y por lo tanto, de menor impacto) la curva de contagios. Aun así, después de tantos días, el cansancio y la preocupación por la economía encienden los debates sobre la efectividad de estas normativas. Hay disenso, hay intercambio de opiniones, algunos violentos y, a veces, rebeldía.

Sin embargo, en grupos y comunidades ultraconservadores, ya sean seculares o religiosos de cualquier credo, es mucho más difícil desafiar la palabra del líder. La interpretación que él hace de la realidad suele estar por encima de cualquier ley, y de las libertades individuales. El problema es que los lentes a través de los cuales los líderes radicales filtran la realidad pueden estar desconectados del contexto, desactualizados. Quizás, en algún momento en la historia, estuvo justificado que una boda no se pudiera postergar, pero es debatible en el presente, mucho más en medio de una pandemia.

¿Se preguntaron, los novios y los asistentes a la boda, si era conveniente realizar la ceremonia en la fecha acordada? ¿Tenían conciencia de los riesgos para su salud, la de todos los asistentes y, potencialmente, de otras personas ajenas al festejo? Para quienes forman parte de un grupo de este tipo, ser parte, pertenecer, suele ser una cuestión de identidad. ¿Es posible que, así como Sócrates prefirió la cicuta al exilio, los participantes de esta fiesta hayan privilegiado la pertenencia por sobre la salud y la libertad debido al temor de ser sancionados o excluidos?

Somos más parecidos de lo que creemos

¿Por qué nos enojamos tanto cuando vimos el video de este casamiento ortodoxo? El jasidismo y el psicoanálisis coinciden en que si algo nos enoja mucho es porque nos vemos reflejados en esa imagen. Hay algo adentro nuestro que se juega. ¿Será que nos parecemos más de lo que pensábamos? ¿Será que todos tenemos nuestra cuota de ortodoxia?

Pensemos en las veces que, nosotros también, nos dejamos llevar ciegamente sin medir las consecuencias para nosotros mismos y para los demás, al punto de ser irresponsables. En cuántas cuestiones de la vida entregamos nuestro poder de decisión a otro/s (una causa, un líder, un grupo) y perdemos libertad. Cuántas veces nos dejamos seducir y convocar sin preguntarnos nada, sin dudar, sin conciencia de que lo que tendremos que resignar (la salud, la vida, la libertad) a cambio de seguridad y tranquilidad, de pertenencia e identidad.

Requiere menos esfuerzo, y menos energía, dejarse llevar ciegamente que poner en duda, leer el contexto y actualizarnos a los cambios. Requiere mucho menos esfuerzo que hacernos responsables de nuestras decisiones y nuestras conductas, tanto a nivel individual como colectivo. Porque es muy fácil tirar la pelota afuera, escudarnos en una demanda externa, en que no fuimos nosotros. ¿Será que no nos queremos dar cuenta de que, aun cuando deleguemos la decisión, la responsabilidad de nuestros actos es indelegable?

La responsabilidad es responder con habilidad

Vivir en sociedad implica resignar grados de libertad para obtener ciertos niveles de seguridad. Pertenecer a una sociedad exige tomar conciencia de las limitaciones a las que debemos someternos. Desde la noche del 19 de marzo de este año, a todos los habitantes de nuestro país nos cambió la vida, y debemos estar a la altura de las circunstancias, ya que quien no lo hace nos expone a todos.

Nuestra cultura, nuestras costumbres pueden llevarnos a minimizar ciertas amenazas y a no ser del todo consientes de las consecuencias, actuando sin medir el impacto para nosotros y para quienes nos rodean. No muchos padres se oponen a las famosas "previas" de los adolescentes, que se reúnen a tomar alcohol para intensificar la diversión que parece difícil de lograr sin ese estímulo. O las "fiestas de egresados" del colegio secundario, siempre tan al límite de la tragedia, poniendo en riesgo a nuestros hijos pero permitiéndoles hacerlo en nombre de la armonía en el trato con estos adolescentes, y seguramente por miedo a que los excluyan sus amigos.

Cuántas veces usamos el celular mientras manejamos aduciendo que estábamos esperando algún mensaje importante, o manejamos por encima de la velocidad permitida, pero sólo por esta vez, ya que tenemos alguna excusa que lo amerita. Ambas situaciones nos ponen en riesgo a nosotros y a quienes nos rodean, pero nuestra inteligencia nos brindará alguna justificación que nos habilite a hacerlo de todos modos.

A mí no me va a pasar

Hay quienes creen que las medidas de ASPO limitan su libertad individual y proponen salir igual a la calle exhibiendo en las pantallas el artículo 14 de la Constitución Nacional. Otros, por ignorancia o rebeldía, circulan sin ser trabajadores esenciales y pasean sin tapabocas, se juntan a jugar al fútbol, en asados con amigos y fiestas en las terrazas, se escapan a la costa. En estos días nos enteramos de que 60 personas asistieron a un funeral en Lobos, que un grupo numeroso -incluido un dirigente político- festejó un cumpleaños y lo justificó como una costumbre gitana (hablando de ortodoxia) y 20 personas participaron de un baby shower en Necochea, resultando en casos positivos de coronavirus que obligan a la ciudad a volver a la Fase 1. Ante la falta de certezas científicas, algunos se calzan el sombrero de su propia certeza, la que les da su ideología, su pertenencia a un partido político o a un determinado grupo social, y salen, solos o en manada, a manifestar su rebeldía.

Del individualismo al colectivismo

Pareciera que somos muchos los que padecemos del sesgo de confianza que lleva al individualismo: a mí no me va a pasar o a nosotros (mi grupo, mi familia) no nos va a pasar. Y quizás, al creernos inmunes, nos ponemos en peligro y ponemos en peligro al otro. Y en tiempos en que la velocidad de contagio es exponencial, ese "otro" puede ser tan inmenso como un barrio, una ciudad, un país o un planeta.

Esto en Japón no ocurriría. La cultura japonesa, dijo Anna Kazumi Stahl en una reciente conferencia virtual de Ted, está basada en el colectivismo. "Yo me cuido para cuidarte", porque el bien del todo es más importante que el bien de las partes, lo colectivo prevalece sobre lo individual. Cada individuo hace su parte y contribuye al bienestar de todos. Los japoneses, no ahora sino desde hace décadas, usan guantes y barbijos cuando están resfriados para no contagiar a otros en el transporte y los espacios públicos; se quitan los zapatos antes de entrar a las casas, se saludan sin tocarse mediante una inclinación, porque mantener la distancia es una muestra de respeto. Es posible que estas normas culturales de cuidado y respeto, dice Kazumi Stahl, hayan influido fuertemente en el éxito que ha tenido Japón en controlar la curva de contagios.

Un espíritu de colectivismo similar recorre la cultura judía. Jaim, la palabra que usualmente se traduce como "vida", en realidad es plural, "vidas", porque siempre incluye al otro. Martín Buber define al hombre como ser social, porque sólo se es "con otro". ¿No sería hora de cambiar "aislamiento social" por "aislamiento físico"? ¿No nos haría más conscientes de que estamos todos en el mismo barco, y que nadie se puede salvar solo?

Autoliderarse para ser libre

Exploremos nuestras conductas. Reflexionemos sobre nuestra responsabilidad individual y social. Probablemente descubramos puntos ciegos, mandatos encorsetados, identidades hechas de palitos de helado, pertenencias nocivas, lentes nublados, creencias que atrasan, sombreros de certezas vacías. En ese autorretrato podemos encontrar las puntas para desenredarnos y ser libres, para ser nuestros propios líderes y orientarnos hacia conductas responsables y solidarias.

Pensemos que qué tipo de influencia somos para nuestros hijos, parejas, compañeros y grupos de pertenencia. ¿Somos ultraortodoxos, dogmáticos, monolíticos? ¿Permitimos el disenso, el debate? Las personas a las que les importa ser una influencia positiva en su entorno no piensan en términos de obediencia, no quieren seguidores ciegos. El verdadero liderazgo, el de Moisés, el de Jesús, es un liderazgo amoroso, un liderazgo de servicio al otro. "Yo me cuido para cuidarte": yo me pongo límites, me hago responsable de mis acciones, entrego una parte de mi libertad, resigno mi comodidad y mi ego para cuidar a los que me rodean.

¡Muchas gracias, Rab Fabián!

L'jaim! ¡Por la vida!