RESEÑA: Ares | El lado oscuro de la lucha por el poder y las sociedades secretas

María Belén Izurieta Barreto
RESEÑA: Ares | El lado oscuro de la lucha por el poder y las sociedades secretas

Las sociedades secretas siempre han sido motivo de intriga tanto en la ficción como en la realidad, y cuando juntas eso con información que solo un puñado de gente conoce, mientras que sacas provecho de otras gracias a ideologías y objetivos que aparentemente los unen para bien común, y que además tienen que pasar una serie de pruebas con sudor y sangre solo para pasar a la exclusividad de un gremio que no da buena espina, es que se logra un cóctel tan atractivo como el de la serie Ares.

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Netflix sabe que en los últimos años las producciones de terror y suspenso le han salido demasiado bien. Está el caso de las exitosas La Maldición de Hill House (93%) y You (80%), por citar un par de ejemplos. Ahora es el turno de una producción neerlandesa (la primera de muchas que se realizarán en alianza con ese país europeo) que mantiene un equilibrio entre ambos géneros y que de paso añade algo de dramatismo para diferenciarse a todo lo que se haya visto antes; y el resultado es escalofriante y de gran atractivo, especialmente en su apartado visual.

La ficción creada por Pieter Kuijpers, Iris Otten y Sander van Meurs, que cuenta con un total de ocho episodios de treinta minutos cada uno, conecta al espectador de inmediato con una atmósfera que luce agradable a la vista, pero que en realidad está podrida. La trama parece cosa sencilla: en los primeros minutos entramos en el mundo de un grupo de jóvenes que forman parte de una sociedad tan misteriosa como cautivadora, de la que no sabemos nada, para luego presenciar el final dramático de uno de ellos. El enganche aparece de buenas a primera, y luego de esa introducción se empieza a construir lo que parece otra historia que será difícil que el espectador se quiera perder. Allí conocemos a Rosa, una adolescente de clase media que estudia Medicina, mientras que en casa, junto con su padre, se hace cargo de su madre enferma.



Al poco tiempo descubrimos que es demasiado ambiciosa y está lista para hacer cualquier cosa para subir escalones en la sociedad, por lo que no desaprovecha la invitación de Ares, una sociedad estudiantil secreta que se le hace demasiado atractiva a pesar de que su amigo Jacob le insiste que se aleje. Claro está, como él no puede darle razones por las que no debe ingresar, Rosa decide pasar por una serie de pruebas -nada éticas- gracias a las cuales pasará a vivir bajo un techo lleno de lujos y demás comodidades que un adolescente puede imaginar.

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Ella no está sola y quienes viven en el mismo lugar están allí por un motivo que no es revelado sino hasta una cantidad de
episodios muy avanzada. La intriga central se mantiene desde el primer episodio hasta el final, pero a partir de ese momento, lo que más parecía una reivindicación del bienestar como derecho, como algo que debería ser provisto, se revela más bien como una historia tan filosófica y a la vez metafórica que no se comprenderá del todo hasta llegar al último episodio.

En el camino se descubre que, efectivamente, se trata de una logia ligada estrechamente al cristianismo, lo que concuerda con sus imágenes promocionales y adelantos que recuerdan fuertemente a la película Ojos Bien Cerrados (74%) de Stanley Kubrick y esa polémica ceremonia con personas usando capas y máscaras; siendo también lo que cualquiera hubiese esperado de una historia que gira alrededor de una sociedad secreta. Sin embargo, Ares se distingue de cualquier otra ficción que haya querido presentar una temática similar por la terrorífica conexión de la mansión que actúa como sede de la organización y sus huéspedes. Hay muchos secretos que tienen que ver con la culpa, el dolor y cómo no faltan las frases que afirman que quienes llegaron ahí lo hicieron por sí mismos, cuando en realidad los logros están lejos de parecerlo.

El plato fuerte son sus imágenes potentes, espeluznantes por ratos, que refuerzan el contenido de una trama que se vuelve muy bíblica a partir de la mitad, que se complementa perfectamente con su estética barroca. No son solo imágenes al azar, sino estampas que se relacionan estrechamente con lo que se cuenta y que podrían hacer que más de uno tenga pesadillas. Entre visiones y teorías, hay espacio para toda una fábula política, que es lo que podemos imaginar que hay en el día a día de una sociedad secreta, donde sus miembros luchan por el poder y por poder hacer que su ideología sea la que prevalezca por encima del resto.

Hay mucha complicidad, muchos secretos, grandes revelaciones y giros macabros que serán la delicia de los seguidores de este tipo de relatos. Hay que admitir que resulta fascinante la forma en la que se despliega la historia y cómo parece imposible de entenderla sino hasta haber llegado a su final. Aparentemente no queda oportunidad para una segunda temporada, pero lo cierto es que sí hay un par de misterios de los que desearíamos poder saber más y que son suficientes para expandir el misterio. A rasgos generales es una producción muy destacable que podría tener futuro en Netflix a pesar de que muchos la están descubriendo a casi un mes de su estreno, pero más vale tarde que nunca.

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