Regresaron los viajes veraniegos y la Tierra no los soportará

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¿Tomar un crucero o no? ¿Ir de safari o quedarse en casa? Volar… quizá para hacer ala delta o “kitesurf” en un país que no se haya publicitado en Instagram. Estos son los grandes dilemas morales que ahora acechan la industria de los viajes y el turismo, que es tal vez el corazón palpitante de la extravagancia consumista a nivel mundial. Ahora que nuestro ayuno de más de un año casi ha llegado a su fin, ¿ya podemos empezar a atiborrarnos otra vez?

En 2019, según un grupo comercial de la industria, el mundo gastó unos 9 billones de dólares —casi una décima parte del producto interno bruto global— en turismo. Fue el décimo año consecutivo de crecimiento en el sector turístico y la expansión parecía imparable.

El éxito negligente era el problema principal de la industria. Si viajaste a cualquier parte durante el verano un año o dos antes de la pandemia de COVID-19, no fuiste el único; funcionarios de todo el mundo batallaron con los costos cívicos y ambientales del exceso de turismo. Cada verano, flotas de cruceros desbordaban oleadas de personas y contaminación en las amadas ciudades portuarias del mundo. En Disneyland, los tiempos de espera para las atracciones más populares podían ser de hasta dos horas, una situación que al menos era mejor que la del monte Everest, donde las aglomeraciones en algunas de las áreas más peligrosas de la montaña creaban filas mortales y prácticamente convirtieron la cumbre en el basurero más alto del mundo. Un crítico de arte de The New York Times solicitó al Louvre que retirara la Mona Lisa, pues había atraído a tantas multitudes que buscaban presumir en Instagram el hito de verla que se había vuelto, escribió, “un agujero negro de antiarte que ha convertido al museo en algo que no es”.

La exploración es un cometido humano ancestral y a veces hasta noble, y conforme la propagación del virus se reduce, aquellos que tenemos la fortuna de considerar esta posibilidad estamos ansiosos por recuperar las vacaciones perdidas. La economía global podría depender del resurgimiento rápido del turismo. Está claro que el sector de los viajes fue uno de los más afectados por la pandemia. Decenas de millones de empleos y billones de dólares en actividad económica dependen de su regreso a la normalidad.

Sin embargo, eso sería un error. El turismo no debe regresar a nada parecido a su antigua normalidad derrochadora. La pandemia le ha presentado al mundo una oportunidad para replantear la manera en que recorremos este planeta, y deberíamos tomarla.

Algunos lugares ya lo están haciendo. En Ámsterdam —una ciudad con menos de un millón de residentes que se vio atestada con más de 21 millones de visitantes en 2019— las autoridades están considerando imponer nuevas normas para el famoso barrio rojo de la ciudad, así como sus tiendas de cannabis, que según los lugareños atraen a demasiadas multitudes pendencieras. El Parque Nacional de Calanques, en el sur de Francia, ha comenzado una campaña de antipublicidad para disuadir a los influentes en línea de promover el lugar. Sin embargo, me temo que a muchos países se les dificultara contener el turismo. Ya desde ahora, en aras de la pronta rehabilitación económica, los políticos y las empresas están insistiendo en un regreso apresurado a los malos hábitos del pasado, y hasta peores. Algunas naciones europeas han reabierto sus fronteras a los turistas estadounidenses, y las aerolíneas están clamando que el gobierno de Biden haga lo mismo con la reapertura de su país al mundo.

No comamos ansias. Al planear el futuro del turismo, todos —los viajeros, los miembros de la industria y los gobiernos que regulan el negocio— haríamos bien en seguir la máxima más confiable del viajero cauteloso: ir despacio.

Debemos actuar con precaución no solo porque el virus sigue en el aire en gran medida, sino también porque, en los años previos a la pandemia, el turismo creció a un grado excesivo e insostenible, impulsado menos por la pasión sincera de viajar y más por un egocentrismo digital. La tecnología no solo abarató el turismo, sino que también lo degradó. Los gloriosos atardeceres de Instagram nos cegaron ante los enormes costos planetarios de viajar. La Organización Mundial del Turismo de las Naciones Unidas estimó que el turismo representó un cinco por ciento de las emisiones de carbono producidas por humanos en 2016. Otro estudio halló que de 2009 a 2013, el turismo fue responsable del ocho por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial y que la industria está creciendo con la suficiente rapidez como para rebasar sus mínimos esfuerzos de descarbonización.

A largo plazo, a la industria turística le conviene reducir estos costos; un mundo afligido por desastres climáticos en serie no es un lugar muy agradable de recorrer. No obstante, durante años, el sector turístico no ha tenido que rendir cuentas por la devastación ambiental que provoca.

Ya he escrito textos sobre cómo la pandemia debería suscitar un replanteamiento de los viajes en avión. Esto es cierto sobre todo para el mundo empresarial. Claro que las reuniones en persona tienen su magia única, pero en una era con herramientas de videoconferencia bastante buenas, ninguna cantidad de magia justifica los costos ambientales extremos de los vuelos de rutina. Sin embargo, viajar en avión emite tanto carbono —tu porción de emisiones por un solo vuelo redondo trasatlántico es casi suficiente para eliminar el ahorro que podrías acumular al vivir sin auto durante un año— que también vale la pena considerar la restricción de los viajes por placer. Algunas personas pueden costear un viaje a Europa al año, tal vez incluso varios. Yo no soy de los que humillan a otros por viajar en avión, pero ese nivel de complacencia debería merecerse algún grado de oprobio social.

Los cruceros están aún mejor posicionados para una reforma radical, si no es que para una prohibición absoluta. Los primeros días de la pandemia resaltaron la vulnerabilidad al contagio de la industria, pero controlar la enfermedad solo debería ser el primer paso para este medio de transporte, que es uno de los más contaminantes. Según un estudio, un crucero mediano puede emitir la misma cantidad de material particulado que un millón de autos. Un análisis de 2019 mostró que una sola empresa de cruceros, Carnival, emitió 10 veces más óxido de azufre que los casi 260 millones de autos de pasajeros en las calles europeas en 2017.

Esta semana, llamé a Rick Steves, escritor de viajes y operador turístico, para preguntarle sobre el futuro de los viajes en un planeta que se calienta cada vez más. Durante casi toda su vida, Steves viajó a Europa al menos una vez al año. El verano pasado fue la primera vez en décadas que no fue, y este año se quedará en casa de nuevo.

Steves me dijo que pasar más tiempo en casa le ha dado una nueva perspectiva sobre viajar, tanto sus posibilidades psíquicas liberadoras como sus graves costos.

“He aprendido a apreciar la fragilidad del medioambiente y la importancia de que las personas y las naciones no se tengan miedo, sino que trabajen hombro con hombro”, me dijo. Al igual que el combate al cambio climático, la lucha contra la pandemia requirió coordinación entre políticos, científicos, autoridades y negocios de todo el mundo. Esa clase de coordinación se fomenta con la confianza y la empatía que se adquiere con el turismo mundial, comentó Steves. El problema es que el propio turismo está empeorando la crisis, y dado que los gobiernos del mundo han vigilado con tanta indulgencia el impacto de la industria, esta tiene pocos incentivos para implementar cambios difíciles en sus operaciones.

Para mitigar el costo ambiental de su negocio de viajes por Europa, Steves ha recurrido a las compensaciones de carbono. Por cada uno de los 30.000 pasajeros estimados que viajan a Europa con la empresa en un año cualquiera, la compañía contribuye 30 dólares a iniciativas ambientales destinadas a reducir los costos del cambio climático. Muchas aerolíneas ahora les ofrecen a los pasajeros la opción de pagar compensaciones de carbono.

Sin embargo, ya que todos estos programas son voluntarios, su impacto parece limitado. Y hasta el momento, hay pocos incentivos políticos para imponer nuevas normas a las empresas turísticas en apuros.

En mayo, el Senado aprobó por unanimidad un proyecto de ley que les permite a los cruceros regresar a Alaska. La Cámara de Representantes no tardó en aprobarlo también, y cuando llegó a su escritorio, el presidente Joe Biden lo firmó y promulgó. La ley, tuiteó, serviría para “apoyar a los alasqueños al permitir que los grandes cruceros regresen a su estado este verano”.

La ley no mencionó nada sobre el medioambiente. Tampoco lo hizo el presidente.

© 2021 The New York Times Company

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