Reconstruir los pedazos de Rocío Carrasco.

C. Chaparro
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Cuando uno se rompe, cuando estalla en tantos pedazos que la muerte es el único alivio a un sufrimiento extremo, reconstruirse es más doloroso que matarse.

En eso está Rocío Carrasco, en unir poco a poco los pedazos maltrechos de su persona.

Es un proceso tan frágil, tan doloroso y tan lento, que cualquier paso en falso te hace estallar de nuevo y en un instante vuelves a no ser nada, sólo trozos de angustia y sangre salpicando las paredes, junto con tu corazón, tus tripas y tu alma.

Por eso Rocío dice que aún no está preparada para ver a su hija, porque el daño es tan profundo que todo puede estallar de nuevo. Y porque para dar por fin ese abrazo con el que estoy segura que pagaría con su vida, necesita juntar primero todos sus pedacitos.

Sólo quien lo ha pasado es capaz de entenderlo.

Gracias, Rocío.
Gracias, Rocío.

Y es duro ver como a esa persona tan frágil pero tan valiente a la vez, se la sigue cuestionando. A pesar de las pruebas -una y otra, una y otra, una y otra, ¿cuántas más hacen falta?-, del temblor de su cuerpo, de la angustia que le encalla las palabras en la garganta, a Rocío se la cuestiona.

No al verdugo. Sino a ella. Una vez más.

De nuevo miramos sólo a la víctima, en vez de poner el foco en quien lo ha provocado.

Una mujer maltratada tarda diez años en denunciar, de media, porque es un guiñapo que sólo se siente y se ve a través de los ojos del infierno de su maltratador. Porque antes de los golpes hay años de destrucción mental.

Poco a poco te aíslo, poco a poco te modelo, te digo lo que te puedes poner, dónde puedes ir, qué puedes comer. Te voy volviendo ultradependiente de mí. Soy tu único nexo con el mundo, soy tu amo. Y tú eres mi posesión. No eres nada sin mí.

Y así, mujeres que han recibido palizas tremendas que las han llevado al hospital, perdonan a sus verdugos, porque para ellas se han convertido en toda su vida. Porque creen que él cambiará, y porque creen que él tiene razón, es de ellas la culpa de que la cena esté fría, o que hablen de cosas que no saben, o que sean ignorantes, o estén gordas, o molesten o pisen el suelo cuando caminan y hagan ruido.

Cuando por fin algo -normalmente ver a los hijos en peligro- hace que esa mujer se atreva a dar el salto de fe -durísimo- que requiere escapar y denunciar y poner su vida patas arriba, se enfrenta a un sistema que, a veces, la cuestiona. Y a una parte de la sociedad que lo hace siempre.

¿Sabéis? Conocí a la mujer de un juez que tras décadas de malos tratos, logró escapar. Él la amenazaba todos los días: si te vas, tengo el poder de encontrarte, no te puedes esconder de mí, tengo a la policía a mis órdenes. Esa mujer, culta, de clase alta y con carrera universitaria, se escondió en una casa de acogida, un lugar anónimo fuera de los radares. Pero sólo se atrevió cuando sus hijos fueron mayores y abandonaron el hogar para formar sus propias vidas. No era capaz ni de salir a la calle, del miedo que tenía.

Conocí también a la mujer de un escolta de un presidente del gobierno. A la de un reputado catedrático habitual de las televisiones. A una abogada que había defendido a mujeres maltratadas siento ella misma una, sin ser capaz de darse cuenta.

Como estos casos hay miles. Decenas de miles.

Y por eso es tan necesaria educación de género, y que toda la red que debe sostener a una mujer que denuncia, desde el agente de policía hasta el juez, aprendan a escuchar y a entender y a conocer los pasos del proceso mental y físico de todas esas mujeres. Hay personas muy valientes, también, en esos ámbitos. Pero hacen falta más.

Por eso gracias, Rocío.

Abriendo tus tripas has conmocionado a la sociedad. Y aún es demasiado pronto para saber hasta dónde llegará el cambio del tsunami que acabas de desatar.