Reaprender a sonreír en el llamado país de las sonrisas

Jerome TAYLOR
La estudiante tailandesa Naruedee Jotsanthia, desfigurada por una taza que le lanzó un profesor, en una foto de 2016 (izq) y otra del 21 de abril de 2017, después de su rehabilitación (Fundación Paveena/AFP | )

Hace meses, una joven tailandesa convertida en símbolo de los abusos de la disciplina escolar, temía que la parálisis facial causada por una taza lanzada contra ella por un profesor le impediría sonreír nuevamente. Pero con tesón lo ha logrado.

"Sonreía así y mis ojos quedaban muy abiertos", recuerda la estudiante mostrando una fotografía de septiembre pasado, en la que aparece con la boca torcida por la parálisis provocada, según los médicos, por el golpe.

Naruedee Jodsanthia ha cambiado de colegio y se somete a sesiones de rehabilitación gracias al apoyo de una fundación privada tailandesa.

Como única sanción, el profesor de deportes que le arrojó la taza fue enviado a otro establecimiento escolar de la misma provincia de Nakhon Ratchasima, en el norte de Tailandia.

Naruedee, cuya sonrisa quedó ligeramente deforme, lamenta que su caso no haya desencadenado una reforma educativa.

El profesor "tendría que haber controlado sus emociones. Aunque los alumnos hubieran hecho algo malo, tendría que haberles impuesto un castigo adecuado y no lanzar un objeto de esa forma", critica.

- Tenía miedo de él -

Ese día de agosto de 2016, la fila en la que se encontraba Naruedee decidió ponerse a la sombra, sin pedir permiso.

"Hacía mucho calor. El profesor se había ausentado (...) Cuando volvió, como no estábamos en el lugar correcto, lanzó su taza. Impactó en mi oreja izquierda", cuenta la joven, de ahora 18 años.

"Me dolió pero no me atreví a decir nada porque tenía miedo al profesor", recuerda.

"Hicieron falta cinco meses para que Naruedee recuperara su apariencia, ahora puede cerrar la boca y los ojos", se congratula Pavena Hongsakula, una expolítica que creó una fundación dedicada a las mujeres víctimas de violencia.

Pavena es prudente en la valoración de lo ocurrido. Considera estos hechos como "casos individuales" cometidos por profesores "con posibles problemas en su vida familiar".

Pero para el grupo de estudiantes reformistas Education for the Liberation of Siam, el problema es más profundo. Habría que "liberar el colegio de la violencia, cambiar de actitud respecto a los castigos", abogan.

En las redes sociales se han difundido otros casos que sacan a luz las novatadas y las humillaciones infligidas por los profesores a los alumnos en un sistema muy jerárquico.

En un video se ve a un alumno postrado ante su profesor y frente a otros estudiantes, mientras se disculpa por haber mentido diciendo que era alérgico al tofu ('queso' de soja) de la cantina escolar.

- Un país rezagado -

Los militares, en el poder desde el golpe de Estado de mayo de 2014, no paran de hablar de la necesidad de reformar la enseñanza en un país con mala calificación en las evaluaciones internacionales como Pisa, muy por detrás de sus vecinos, como Singapur o Vietnam.

Los expertos echan la culpa a una enseñanza muy rígida, sin interacción con los alumnos.

Al contrario de Singapur, que reformó su sistema educativo después de la crisis financiera de 1997, "Tailandia sigue con el método" conservador, afirma Daniel Maxwell, experto en temas educativos instalado en el sureste asiático, en el diario tailandés en inglés The Nation.

Justo después del "accidente", Narudee Jodsanthia decidió contar el caso a través de Facebook, publicando fotos del antes y del después, porque no fue capaz de negociar con el colegio que costeara los gastos médicos.

Al final, su familia, pobre, obtuvo el equivalente a poco más de 1.300 euros en concepto de daños y perjuicios por parte del colegio. La fundación Pavina asume el resto de los gastos pero no incluye los de un abogado, lo que explica que el procedimiento legal se encuentre en punto muerto.

Narudee espera que con la rehabilitación sus lesiones nerviosas no sean irreversibles y poder cumplir su sueño y ser azafata del aire.