La falacia de vender ahora al Real Madrid como el equipo humilde

Luis Tejo
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Algunos jugadores que el Real Madrid ha fichado a lo largo de los últimos años celebran la clasificación a semifinales de la Champions en Anfield.
Algunos jugadores que el Real Madrid ha fichado a lo largo de los últimos años celebran la clasificación a semifinales de la Champions en Anfield. Foto: Peter Byrne/PA Images via Getty Images.

A lo largo de esta semana se ha completado la ronda de cuartos de final de la edición de este año de la Champions League con la disputa de los partidos de vuelta. Algunas eliminatorias venían ya prácticamente resueltas de los encuentros de ida, mientras que otras han tenido emoción hasta el último minuto. El caso es que ya tenemos a los cuatro candidatos a hacerse con una plaza en la final y acabar levantando la Orejona en Estambul el próximo 29 de mayo.

Los aspirantes, aunque suene a chiste, son dos ingleses, un francés y un español. En una semifinal van a enfrentarse el París Saint-Germain, propiedad del gobierno de Catar a través de un fondo soberano de inversión, y el Manchester City, dirigido desde el emirato árabe de Abu Dabi mediante una fórmula parecida. En la otra, el Chelsea del oligarca ruso Román Abramóvich se medirá al Real Madrid.

La presencia de los merengues ha llevado a muchos a establecer comparativas peculiares. Según su punto de vista, los otros tres rivales son clubes-estado ascendidos a la zona noble del balompié continental a golpe de talonario, únicamente por los petrodólares que han inyectado sus respectivos magnates, mientras que el Real Madrid vendría a ser el único superviviente del fútbol de toda la vida, representante de los valores clásicos tradicionales. El disidente heroico en la tiranía del mercado, en suma.

Es comprensible que esta interpretación la secunden hinchas merengues que compran cualquier argumento que ensalce a los suyos, por endeble que sea; a fin de cuentas, no tienen por qué ser objetivos sobre su pasión y su afición. Lo que sorprende un poco es que semejante retórica la asuman periodistas profesionales. En las últimas horas nos hemos encontrado con numerosos ejemplos, como este mensaje publicado ayer mismo en Twitter:

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Admitamos que, forzando muchísimo el lenguaje, hay dos puntos sobre los que se podría justificar esta teoría. Por un lado, es cierto que la propiedad del Real Madrid no recae sobre un ricachón exótico que viene de la otra punta del mundo a hacer negocios con el dinero obtenido por sus trapicheos. En la orilla blanca del Manzanares los socios se pueden permitir el lujo de elegir a su propio ricachón autóctono. El actual, por cierto, tampoco anda exento de polémicas extradeportivas bastante turbias, aparte de haber hecho las modificaciones oportunas para que, once años y tres procesos electorales después de su segundo advenimiento, nadie ose discutirle el cargo... no por no querer, sino por ser legalmente imposible.

Por otro, el Real Madrid puede ampararse en la historia. Trece Champions, incontables Ligas, un palmarés lleno a rebosar, no como los advenedizos recién llegados que osan disputarle el trono. La aristocracia de más rancio abolengo contra los nuevos ricos que pretenden irrumpir cual elefante en cacharrería. Lástima que esto sea una verdad a medias. Tanto el Chelsea como el City superan con holgura los 100 años de historia, e incluso los celestes pueden presumir de ser más de dos décadas más antiguos que los madrileños. Aparte, más allá de su prestigio dentro de Inglaterra, ya en los años '70 ambos tocaron la gloria europea con sendas Recopas. El PSG, aunque tiene menos solera, también se enorgullece de haber ganado bastante antes de llegar los dueños actuales.

Pero más allá de que la comparativa sea más o menos acertada, lo paradójico es que de alguna manera se pretenda hacer pasar al Real Madrid por un equipo humilde, en inferioridad de condiciones contra oponentes que ostentan poderío económico. Porque precisamente, si algo ha demostrado el Real Madrid que tiene de sobra en los últimos tiempos es dinero para invertir y para derrochar. Desde los tiempos de los Galácticos, no se ha escatimado en gastos para reforzar la plantilla. 

¿Que había que poner 94 millones por Cristiano Ronaldo, 35 por Benzema, otros tantos por Courtois o 27 por Sergio Ramos (el adolescente más caro de la historia allá en 2005)? Se ponían. ¿Que había que dar 160 por Hazard (arrebatándoselo, precisamente, al Chelsea), 100 por Bale, 60 por Jovic o 50 por Militao? Se daban también. A modo de ejemplo, en el último partido en Anfield, todos y cada uno de los jugadores que vistieron de blanco, con la única excepción del central canterano Nacho, son fichajes multiillonarios.

Karim Benzema contorla el balón delante de un jugador del Liverpool
Benzema, que costó 35 millones en 2009, lleva el brazalete de capitán en ausencia de Sergio Ramos, fichado por 27 en 2005. Foto: Antonio Villalba/Real Madrid via Getty Images.

El blanco, por puro músculo financiero, es uno de los clubes más poderosos del mundo, si no el que más. Por mucho que ahora le toque luchar contra peces (un poco menos) gordos, tratar de vender lo contrario y de disfrazarlo con harapos modestos oscila entre el sonrojo y la vergüenza ajena. Sobre todo cuando es un club que toda la vida ha basado su personalidad en la grandeza, en la gloria, en ser el mejor, el dominador aplastante del mundo (y eso solo porque no se conocen otros planetas habitados).

Es una fórmula lícita, por supuesto. El Real Madrid, desde los tiempos de Bernabéu, ha construido su identidad a partir de su superioridad, tanto en los despachos y la tesorería como sobre el césped (el debate sobre si fue antes el huevo o la gallina lo dejamos para otro día). Lo mismo que otros clubes narran otros relatos, el valor que ellos han elegido es el de las victorias constantes, y no solo eso: lo han conseguido alcanzar gracias a muchos triunfos a lo largo de su historia, lo que, innegablemente, tiene un mérito enorme.

No falta, no obstante, quien acusa a los merengues de recibir ciertas ayudas que, más allá de la irresoluble polémica arbitral, podrían calificarse de institucionales, aunque sin llegar a la condición de club-estado que tanto critican a sus próximos rivales. Un escándalo gravísimo como la financiación a través de paraísos fiscales no ha tenido mayores consecuencias, al menos de momento. La recalificación de la antigua Ciudad Deportiva, una operación urbanística de muy dudosa legalidad que permitió a Florentino sanear la deuda y acometer fichajes espectaculares con el excedente, también se consolidó sin grandes trabas políticas. Precisamente el hecho de que sean un club de fútbol propiedad de sus socios y no una sociedad anónima deportiva a merced de cualquier especulador, fórmula que se obligó por ley a adoptar a casi todos sus rivales en España, es aún motivo de controversia. 

Al respecto se podría discutir durante horas; no en vano ese es el entretenimiento favorito de muchos seguidores de otros equipos. Y quizás los madridistas contraatacarían, no sin razón, alegando que no son ni mucho menos los únicos que obtienen beneficios de la administración pública; más allá de la gravedad concreta de cada caso, puede decirse que la colaboración quizás más intensa de la cuenta con el negocio privado del fútbol es un mal endémico de nuestro Estado. Se llegara a la conclusión que se llegara, no podría rebatir el hecho de que del Real Madrid se pueden decir muchísimas cosas, buenas o malas según las filias y fobias de cada uno... pero presentarles como un club humilde no es una de ellas si quien habla pretende que se le tome en serio.

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