¿No hay un sol cerca? Tranquilo, la vida puede aparecer si hay bastante radioactividad

Miguel Artime
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Representación artística de un planeta errante. (Imagen creative commons vista en la web del JPL de la NASA).
Representación artística de un planeta errante. (Imagen creative commons vista en la web del JPL de la NASA).

Cuando empecé a verme fascinado por la astrobiología, el término que empleaban los científicos para referirse a la zona de habitabilidad circumestelar era “zona de ricitos de oro”. La referencia al popular cuento de “los tres osos” se explicaba por aquello de los tres tazones de sopa que la protagonista se encontraba sobre la mesa. Uno estaba demasiado caliente y el otro demasiado frío, de modo que Ricitos de Oro optó por el intermedio.

La expresión ha caído en desuso, pero sigue escuchándose de tanto en tanto y es útil para explicarle a los niños que un planeta que está demasiado cerca de su estrella estará muy caliente, y que otro que se encuentre demasiado lejos estará muy frío, de modo que lo que hay que buscar es uno que se encuentre en la zona intermedia, allí donde la sopa (o mejor dicho el agua) pueda existir en estado líquido.

La Tierra, que se encuentra en esa zona de habitabilidad en nuestro Sistema Solar, no es sin embargo el único lugar donde existen las condiciones apropiadas para que surja la vida. De hecho algunos puntos calientes se encuentran en lugares tan distantes del sol como Encélado, la luna helada de Saturno.

Cuando un cuerpo celeste no cuenta con la energía térmica de una cercana estrella, no debe ser descartado como posible candidato a albergar vida. El calor necesario para la existencia de agua líquida, requisito fundamental para vida tal y como la conocemos, puede obtenerse por la fuerza de las mareas gravitatorias, por la existencia de un núcleo incandescente que provoque actividad volcánica e incluso por la existencia de depósitos de isótopos radioactivos que vayan decayendo (o desintegrándose) a medida que pase el tiempo.

De esta última posibilidad hablaremos hoy, ya que un reciente trabajo firmado por dos astrofísicos, entre los que se encuentra el polifacético Avi Loeb (famoso profesor de la Universidad de Harvard de quien os hablé en su día por su curiosa teoría sobre que Oumuamua fuese una sonda de origen extraterrestre) ha realizado simulaciones muy interesantes sobre si algo así es factible o no.

Como sabéis, algunos isótopos naturales como el uranio-238, el torio-232 y el potasio-40, existen en la Tierra en pequeñas cantidades. Todos estos radionucleidos inestables se van descomponiendo lentamente, en un proceso que da como resultado una pequeña cantidad de energía (tan nimia como una treintamilésima parte de la que recibimos del sol). Por ello si en la Tierra dependiésemos en exclusiva de esa fuente de calor, la aparición de la vida habría resultado imposible.

Pero ahora pensemos en algún exoplaneta situado en la parte central de la galaxia, allí donde la densidad estelar es mucho mayor que la que observamos en nuestro apacible rinconcito en las afueras. Bien, en esta atestada región, la probabilidad de grandes cataclismos galácticos, como la explosión de supernovas o el impacto entre dos estrellas de neutrones, es mucho mayor. Y esto precisamente, es lo que podría hacer que un exoplaneta formado en las cercanías pudiera albergar cantidades mucho mayores de los citados radionucleidos. Hablamos de una abundancia hasta 1000 veces mayor que la que observamos en la Tierra.

Realizando cálculos sobre la temperatura superficial que debería tener un planeta, en función a diferentes masas y abundancias de radionucleidos, la pareja de astrofísicos dio con la fórmula exacta que permitiría que un planeta dado pudiera calentarse lo suficiente como para permitir la existencia de algunos solventes en estado líquido (en este caso agua, amoniaco y etano).

Y bueno, si la naturaleza hubiese creado un mundo así, la vida podría abrirse paso incluso aunque dicho planeta hubiera sido lanzado fuera de su sistema solar poco después de su formación, y vagase errante por la galaxia. ¿Os lo imagináis? Un mundo que sin verse atado a un sol, aun así fuese lo suficientemente caliente como para que pudiera sustentar alguna clase de vida.

¿Pero qué vida podría prosperar en un mundo así de radioactivo? Obviamente, con unos niveles de radioactividad cientos de veces más altos que las medias que experimentaron los habitantes de Chernobyl durante el famoso accidente, la vida posible en un mundo así no se parecería en nada a la que observamos a nuestro alrededor. Pero si pensamos en alguna bacteria extremófila capaz de resistir altas dosis de radiación como la Deinococcus radiodurans, entonces la probabilidad de encontrar vida no sería totalmente descartable. (Aunque obviamente no conviene pensar que algo así pudiera ser la norma).

Si un mundo así existiese, tal vez pudiéramos detectarlo con la ayuda del futuro telescopio espacial James Webb, previsto para lanzamiento e 2021. Este telescopio cuenta con cámaras en infrarrojo que permitirían captar el calor.

El trabajo, en el que además del citado Loeb ha participado Manasvi Lingam, astrobiólogo del Instituto Tecnológico de Florida, se ha publicado en The Astrophysical Journal Letters.

Me enteré leyendo Science.

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