Raúl Castro se retira y pone fin a una era de más de medio siglo en Cuba

Daniel Lozano
Raúl Castro en la apertura del Congreso del Partido Comunista en La Habana
ARIEL LEY ROYERO

CARACAS.– “En lo que a mí se refiere concluye mi tarea como primer secretario al Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC) con la satisfacción de haber cumplido y la confianza en el futuro de la patria”. Raúl Castro certificó este viernes su retirada de la primera línea política en Cuba durante la inauguración del VIII Congreso del PCC, tras 56 años con uno de los dos hermanos Castro al frente del “alma de la revolución”, como acuñó el propio Fidel.

Una frase para la Historia, fiel a su estilo adusto, sin las florituras que tanto prodigaba su hermano. Todo atado y bien atado, por algo Raúl Castro ha diseñado la arquitectura de su sucesión durante años.

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Lo que jamás imaginó es que entregaría el poder en condiciones tan precarias: con una crisis económica tan profunda que pareciera una remake del “Período Especial”, con una pandemia que ha fulminado el turismo, con una unificación monetaria que ha disparado la inflación, con un descontento social que se mide todos los días en las redes, con la “hermana” Venezuela en plena debacle y con la pujanza de disidentes, intelectuales y jóvenes artistas que luchan por la libertad ante los ojos del mundo.

La despedida de Raúl, a punto de cumplir 90 años, marca el cónclave comunista, que como punto de partida se enfrentará a una dicotomía de difícil encaje: actualización y continuidad histórica para una nueva era sin los hermanos Castro, pero con castrismo.

Vista de la sesión inaugural del Partido Comunista cubano
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Vista de la sesión inaugural del Partido Comunista cubano (-/)

“Tarea difícil resolver la contradicción que hay entre continuidad y cambio, solo solucionable en el lenguaje virtual de la dictadura”, ironizó Martha Beatriz Roque, economista que fue encarcelada por Fidel durante la Primavera Negra.

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Todo indica que el presidente, Miguel Díaz-Canel, de 60 años, lo reemplazará al frente del “órgano rector de la sociedad cubana” y que cuando acabe su segundo mandato al frente del país comandará al PCC hasta su relevo tres años después.

Queda por ver si el pequeño de los Castro asume su promesa de cuidar a sus nietos y leer unos cuantos libros o si permanece a la sombra del “grupo de dirigentes bien preparados” (elegidos y entrenados por él mismo), como quiere la nomenclatura en un remedo caribeño del chino Deng Xiaoping. De momento, ayer dijo que continuará “militando como un combatiente revolucionario”.

“Una nueva generación está consolidando el control. Ahora se verán obligados a hacer reformas importantes, porque su legitimidad no proviene de un trasfondo revolucionario, sino de ser capaces de demostrar un mejor desempeño”, aportó el analista Arturo López Levy.

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Mientras tanto, el “enemigo imperialista” sigue estando allí, a menos de 200 kilómetros. La Habana acogió la derrota de Donald Trump como una victoria propia, pero el esperado cambio de administración no ha provocado los efectos esperados. De hecho, desde Washington han dejado claro estos días que “Biden no es Obama” en la política hacia Cuba.

“Soñar y continuar un país. Aquí se afianzan las ideas, se reconoce la Historia y se habla de futuro”, adelantó Díaz-Canel en sus redes sociales, antes de que quedara inaugurada la “magna cita” con la convicción de que “seguiremos siendo fieles al legado de nuestros mártires y al ejemplo de Raúl y Fidel”.

De momento, tanto Raúl como Díaz-Canel han movido varias fichas en las últimas horas. El primero ha cambiado al frente del Ejército al general Leopoldo Cintra Frías por el general Álvaro López Miera, hijo de republicanos asturianos exiliados en Cuba. Ambos son “Héroes de la República” y del círculo más cercano al expresidente.

Desde el gobierno se ha promovido otro cambio tantas veces solicitado: que los campesinos puedan vender leche y carne en un país donde se castigaba con prisión y fuertes multas a quien sacrificara vacas. Primeramente, deberán cumplir sus “compromisos” con el Estado.

Entre las tareas que tienen los delegados comunistas, más allá de nuevas líneas para el ordenamiento económico, está enfrentar la “subversión” que reina en las redes sociales y combatir la canción rebelde “Patria y Vida”, que ha calado entre la nueva sociedad cubana.

“La cuestión de fondo es si los delegados serán capaces de discutir todas aquellas cuestiones vitales para el futuro de Cuba o si, por el contrario, seguirán acatando de forma absoluta los dictados de la dirección histórica y los principios de la Revolución. Me temo que esta será la salida, a su vez el mejor camino para actualizarse en la continuidad, sin que cambie nada de lo esencial. Así seguirá aumentando la frustración de las jóvenes generaciones cubanas y se cerrará la salida dentro del sistema que podría ofrecerle la nueva dirigencia”, vaticina Carlos Malamud, investigador de América Latina del Real Instituto Elcano.

La inmensa mayoría de la sociedad cubana vive al margen del Congreso, intentando resolver su día a día, toda una proeza. Los más bromistas traducen las siglas PCC con “Para Cuándo la Comida”.

“En Cuba, hoy por hoy, la desconexión social y la desconfianza en el poder y en el otro es lo que mueve nuestras decisiones. En Cuba se sobrevive desde el “Yo”. El concepto de familia, quizá único superviviente de esta dinámica social, ha mutado con una visión más estrecha y selectiva. La idea de la sociedad cubana se desmorona junto a las fotografías de los balcones, que recuerdan lo que una vez fue una gran país”, subrayó Dariem Columbié, escritor y coordinador nacional de la Plataforma Otro18.

“Cuba es hoy una nación en ruinas, que sigue en manos de una familia y una cúpula militar cuyo objetivo es mantenerse en el poder a toda costa”, sentenció el Observatorio Cubano de Derechos Humanos.