Quizá hay políticos que azuzan odio... y luego se asustan de las consecuencias.

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Vivimos en la sociedad del odio, o quizá es que ese odio siempre estuvo ahí, alimentando a familias durante generaciones y estallando en tragedias como las de Puerto Hurraco. Quizá, bueno, antes teníamos pocas personas a las que odiar porque, más allá de los seriales radiofónicos y el Hola, la vida se limitaba al patio de vecinos, a las calles del pueblo o a la fábrica, aunque así el odio era más próximo y por lo tanto corría un riesgo más alto de pasar de la tripa a las manos, el cuchillo o la escopeta. Quizá siempre hemos tenido ese odio escondido en el estómago y sólo han hecho falta los políticos y las redes sociales para que burbujee y emane de nuestras bocas como vómito tóxico colectivo. 

En una jauría

Y entonces el individuo que odia e insulta se siente poderoso. Por fin. No sólo porque se suma a la masa y se nota parte de un grupo que lo acepta como igual -por fin encaja-, sino porque también puede mirar con superioridad a la víctima de sus ataques. 

Hemos creado trincheras a un lado y al otro de la concepción de entender la vida. Cada vez están más pobladas. Y cada vez dan más miedo. Personas que no insultan, ni atacan, ni alzan los puños en sus quehaceres diarios desahogan su frustración insultando. Ni siquiera argumentando con insultos. 

Quizá el generador de este odio colectivo son los políticos que azuzan... y que luego se asustan de las consecuencias. Políticos que, para ganarse un espacio y así conseguir visibilidad y votos, lanzan consignas contra el diferente -diferente a ellos, por supuesto, o concretamente a la vida pública que exhiben, porque de la privada tendríamos que hablar algún día-, y después enfurecen por quien osa mostrarles simplemente lo que dijeron. Políticos que pagan a expertos en manipular las redes sociales para crear colmenas de falsos usuarios destinadas a generar opinión -vaya, esto es trending toppic- o atacar hasta amedrentar a lo que ellos consideran la trinchera rival. 

Pero vamos al caso concreto que nos ocupa, al joven falsamente agredido por ser homosexual. Sí, ese que denunció que ocho encapuchados le grabaron con cuchillo la palabra maricón en las nalgas. Era mentira. Lo hizo a cambio de dinero, según le ha contado a la policía. 

Sí, hemos caído. Hemos caído todos creyéndonos como verdad el contenido de una denuncia real. Y nos lo hemos creído no sólo porque la denuncia existe y se estaba investigando, sino porque es dolorosamente parecido a otras agresiones lamentablemente habituales.

Perdón por eso.

Pero lo que sigue siendo verdad son las cientos de agresiones cada año a personas homosexuales. Y no sólo las graves, las que se denuncian. También están los desprecios diarios. A mí no me gritan heterosexual de mierda por ir de la mano de mi marido, o por besarlo por la calle. Yo no tengo miedo de ir abrazada a mi pareja, o de demostrar mi amor en público. 

Tampoco tengo miedo a que desde ciertas concepciones ideológicas digan que por mi heterosexualidad no merezco los mismos derechos, que no soy igual, que mi patología puede curarse o que las guarradas las haga en casa. Ese marcaje al diferente, ese generador de odio, tiene que denunciarse también.

Y si algo bueno sacamos de esta historia, además de habernos equivocado todos, no es que haya denuncias falsas, sino que las denuncias falsas se descubren.

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