Una inmigrante soltera con dos bebés llega a un país que le muestra su lado machista

Eunice es una joven periodista que decidió mudarse a Santiago de Chile con sus hijos pequeños. Ha vivido experiencias que jamás imaginó, pero que han fortalecido y enriquecido su espíritu. Su testimonio, fresco y esperanzador, es el de una madre soltera, venezolana y migrante, que no se deja vencer por las adversidades.

Eunice Medrano Gamero junto a sus hijos. (Cortesía)

Eunice Medrano Gamero – Vía La vida de nos – Caracas, Venezuela | Fotos: Álbum familiar

De niña soñaba con ser médico y tener una familia feliz. Nada que los cuentos de Disney no nos vendieran. En mi inocencia no contemplaba la maldad del mundo, la fragilidad de los sueños, ni la fuerza que se debe tener para levantarse luego de caer.

Crecí en una familia convencional venezolana en la que mis padres hicieron muchos sacrificios para salir adelante, para brindarles la mejor educación a sus hijos, pues para ellos no hay herencia más útil.

En el camino descubrí que lo mío era escribir y, aunado a mi amor por la verdad y la justicia, decidí estudiar periodismo.

Si estudias eso te morirás de hambre. Estudia ingeniería, yo sé lo que te digo –me dijo mi hermano.

Recuerdo ese momento como si fuese ayer. Y ya han pasado 9 años.

Pero me dejé llevar por mi pasión por la escritura y estudié comunicación social, mención periodismo, en la Universidad Católica Andrés Bello. Me gradué y ejercí mi profesión. Sudé, lloré, reí, aprendí, crecí y me enamoré dentro de una sala de redacción. Como toda apasionada, y siguiendo el guión de los cuentos de hadas, me casé con 23 años, hasta que la realidad me golpeó tan fuerte que rompió no solo mis sueños sino a mí completa.

Cuando me separé ya estaba esperando a mi primer hijo. Aún abrigaba la esperanza de que todo cambiaría, pero no pasó. Luego del nacimiento de mi segunda hija –sí, volví a creer que todo cambiaría– decidí emigrar a Santiago de Chile con mis dos niños.

Eunice Medrano Gamero con sus padres. (cortesía)

Mi madre sentía miedo, y era comprensible. Éramos mis dos bebés y yo, con mi título de periodista, en Santiago. Pero como otros venezolanos, me armé de valor e inicié los trámites legales para viajar con mis hijos. El 30 de diciembre de 2016 comenzaría escribir otra historia: la de madre soltera migrante.

Una de las razones por las que decidí venirme a Santiago fue porque mi hermana llevaba cuatro meses aquí y sería mi apoyo inicial. Pero a los 20 días de mi llegada, ella decidió regresar a Venezuela.

Para mí nunca ha sido una opción volver a Venezuela, aunque la extrañé con locura, puesto que mi prioridad son mis hijos. Brindarles bienestar y garantías sociales que, lamentablemente, en nuestro país no son posibles.

– Madre soltera inmigrante, en un país machista – 

En esta oleada de migración forzosa que experimentamos los venezolanos, son muchas las cosas que no se consideran antes de dar este paso tan importante. En mi caso no analicé que estaba mudándome a un país machista. Pese a que es regido por una mujer, son cientos los episodios de violencia de género que se acumulan en las estadísticas. En un estudio de trabajando.com, 80% de los hombres encuestados se reconocieron machistas, mientras 96% de las mujeres aseguraron haber sufrido alguna discriminación de género.

Eunice Medrano Gamero junto a sus hijos. (Cortesía)

Fueron muchas las veces que no pude subirme al bus 385 porque el conductor no quería montarme con el coche del niño en hora punta. El transporte público de Santiago no está diseñado para madres solteras. Todas las mañanas, a la misma hora, estaba con mis dos hijos en la parada esperando el bus. Algunos días se detenía, otros me tocaba tomar el 206 y hacer trasbordo en la Alameda para tomar el 516, que me dejaba a cuatro cuadras de la casa donde me dedicaba a cuidar a los hijos de otra venezolana.

La rutina me llevó a conocer a la señora Angélica, una chilena medio comunista pero con un corazón bueno. Ella comenzó a ayudarme a subir en el bus pues siempre resultaba un tanto complicado.

Un día, mi hija menor estaba inquieta y esta señora la tomó en brazos para subirla cargada, mientras yo me montaba con Maximiliano en el coche. Esa mañana la 385 estaba a reventar de gente, por lo que me tocó subirme por la puerta de atrás mientras la señora Angélica subió por la puerta principal. Pero el chofer no me esperó y arrancó.

Comencé a correr detrás de aquel microbús hasta que se detuvo. Arriba la señora Angélica y otros pasajeros discutían con el conductor, puesto que él sabía que había pedido que abriera la puerta trasera para poder subir con el coche. Desde entonces, nunca más se detuvo para dejarme subir. Todos los que esperaban a diario la 385 pagaron junto a mí las consecuencias de la discriminación.

Eunice Medrano. (Cortesía)(cortesía)

– Sin techo en un tierra desconocida – 

El hecho de que mi hermana regresara a Venezuela me puso en aprietos, pues debía buscar con urgencia un lugar para vivir. Fue difícil conseguir una vivienda que no fuese tan cara y que estuviese en el centro, donde era más fácil para mí moverme con mis dos hijos sin necesidad de tomar mucho el transporte público que, también debo decir, es bastante costoso.

En Facebook existe un grupo llamado Buenos Datos Venezolanos. Ahí ofrecen de todo, desde budares (sartén para hacer arepas) y coladores de café, hasta arriendos. Una tarde, luego de tanto caminar el centro de la ciudad tratando de conseguir un lugar que alquilara directamente su dueño, encontré una publicación de un venezolano que ofrecía un habitación con disponibilidad inmediata por 180 mil pesos y que quedaba relativamente cerca de la Alameda, una de las principales avenidas de Santiago.

Llamé al número que daban en la publicación. No fue sino hasta el tercer llamado que William me contestó.

–¡Hola! Estoy llamando por la publicación en Facebook. ¿Sigue disponible?

–Hola, bella. Sí, pero ando trabajando.

–Sí, entiendo. ¿Pero existe posibilidad de verla? Es que me urge. Soy yo con mis dos chamitos (niños) y debemos mudarnos… somos nosotros tres nada más.

–Mira, salgo a las 7:00 de la noche, te aviso para encontrarnos.

A esa hora, luego de mandarle tres mensajes durante la tarde, recordándole que no se olvidara de mí, me llamó para que fuésemos a ver la pieza.

Mi cuñado decidió acompañarme. Llegamos al paseo Doctor Brunner, donde abundan los talleres mecánicos y tiendas de repuestos, y en la esquina con la avenida 10 de Julio estaba un edificio antiguo, de cuatro pisos, que por fuera no aparentaba lo que era por dentro.

En ese momento de necesidad y desesperación no me importaba nada. Sabía que pronto todo mejoraría.

Pasado algunos días, William me confesó que muchas personas lo habían llamado, pero que algo le dijo que me dejara la habitación a mí. A los 15 días, luego de haberme mudado, fue el arrendador a conocerme.

– Fue el inicio del fin – 

Francisco es un chileno, de ascendencia española, divorciado, que heredó el cuarto piso del edificio 687 del paseo Brunner y decidió arrendar sus cuatro habitaciones. Al conocerme, vio en una mujer sola una posibilidad de no sé qué, y comenzó a cortejarme de una forma bastante barata. Ante mi fuerte negativa y distancia respondió como lo hacen quienes presumen de su poder.

Eunice Medrano Gamero junto a sus hijos. (Cortesía)

Pasé dos meses sin agua caliente y con una fuga de agua en el baño. Comenzó a hablar mal de mí con los demás, incluso con el plomero que finalmente vino a poner el calentador de agua. El hombre me pareció bien predispuesto conmigo y luego de conocerme, me dijo: “¿Pero usted es Eunice?, es que Francisco me dijo otra cosa”.

Ni las dos horas que debía caminar para llegar al trabajo, las restricciones, el cansancio… nada me había hecho sentir deseos de regresarme, hasta que me topé con el machismo y los maltratos de Francisco.

Pensaba que una de las razones por las que había salido de mi país era para alejarme de la experiencia de haber sido violentada. No me gusta hablar desde la victimización, puesto que me convencí de que, aunque nada justifica que te maltraten física, psicológica o emocionalmente, no existe cosa que te exima de la responsabilidad de quedarte callada.

Pero que nadie te convenza de que lo merecías.

–Que sea mujer y que esté sola, no me hace débil, Francisco. Responsabilízate por los daños del apartamento o te denuncio ante Carabineros –le dije enfáticamente, arropándome bajo la protección de la policía chilena.

Desde entonces, inicié la búsqueda de un nuevo espacio donde mis hijos y yo estuviésemos cómodos y menos expuestos. Al final me mudé, luego de tocar muchas puertas y saberme rechazada por ser una madre soltera que trabaja desde casa, porque no puede desatender a sus hijos. Francisco nunca me devolvió mi depósito, pero me di el gusto de no cruzármelo más.

En estos ocho meses he vivido experiencias que jamás imaginé. Pero todas me han fortalecido y enriquecido el espíritu. Guardé mi título de periodista para hacer de todo –cuidar niños, vender comida, limpiar casas– mientras llegaba la oportunidad de ejercer mi profesión. He conocido gente buena y gente mala, pero de todos los fracasos aprendo. Es por ello que me decidí a contar mi historia, la vida de esta “Mamá sin dramas”, como se llama el blog que comencé a escribir para que otras mujeres sepan que esta realidad no es mal de morirse.

Esta historia fue cedida por el portal venezolano La vida de nos