La quema de combustibles fósiles contribuyó a la extinción masiva más grande del planeta

Lucas Joel
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Conchas fósiles de Italia. (Renato Posenato, Universidad de Ferrara vía The New York Times).
Conchas fósiles de Italia. (Renato Posenato, Universidad de Ferrara vía The New York Times).
La montaña Peitlerkofel de los Dolomitas en el Tirol del Sur, Italia. (Renato Posenato, Universidad de Ferrara vía The New York Times).
La montaña Peitlerkofel de los Dolomitas en el Tirol del Sur, Italia. (Renato Posenato, Universidad de Ferrara vía The New York Times).

Los paleontólogos lo llaman la extinción masiva del Pérmico-Triásico, pero tiene otro nombre: “La Gran Mortandad”, la cual sucedió hace aproximadamente 252 millones de años. A lo largo de decenas de miles de años (que en términos de la vida en la Tierra no es mucho), el 96 por ciento de toda la vida oceánica, y más o menos el 70 por ciento de todos los seres vivos en la superficie de la tierra, desaparecieron para siempre.

La evidencia irrefutable de esto fue un antiguo sistema volcánico en lo que ahora sería Siberia, donde los volcanes derramaron tanto magma y lava a lo largo de un millón de años que cubrieron una extensión de tierra equivalente a un tercio o incluso la mitad de la superficie total de Estados Unidos.

Pero el vulcanismo por sí solo no causó la extinción. La Gran Mortandad fue alimentada por depósitos extensos de petróleo y carbón que el magma siberiano quemó, provocando una combustión que liberó gases de efecto invernadero como metano y dióxido de carbono.

“Hubo mucho petróleo, carbón y carbonatos que se formaron bajo tierra cerca del vulcanismo siberiano antes de la extinción”, dijo Kunio Kaiho, geoquímico de la Universidad de Tohoku en Sendai, Japón, y autor principal de una de las investigaciones publicadas este mes en la revista Geology, en la que se presentó evidencia de que el magma había quemado combustibles fósiles antiguos. “Descubrimos dos eventos de combustión volcánica que coincidieron con la extinción de vida en la tierra y el océano al final del pérmico”.

Los hallazgos consolidan la Gran Mortandad como uno de los mejores ejemplos en la historia geológica de cómo un clima cambiante puede afectar la vida en nuestro planeta.

Kaiho y su equipo recuperaron muestras de yacimientos de rocas en el sur de China y el norte de Italia que se formaron alrededor de la época de la extinción, y detectaron picos de una molécula llamada coroneno. Esa sustancia, según explicó Kaiho, se produce solo cuando los combustibles fósiles se queman a temperaturas extremadamente altas, como las del magma.

Un posible problema con el coroneno, dice Henrik Svenson, geólogo de la Universidad de Oslo que no participó en la investigación, es que se forma solo a temperaturas que exceden los 1150 grados Celsius y, para alcanzar tales temperaturas, los combustibles fósiles tendrían que haber estado envueltos dentro del magma, no solo asentados junto a él.

Sin embargo, los hallazgos del equipo están respaldados por un estudio de Nature Geoscience publicado el mes pasado que presenta evidencia química de la acidificación de los océanos después de la quema de los combustibles fósiles y de la liberación de gases de efecto invernadero.

A medida que el planeta se calentaba, los océanos absorbían más y más dióxido de carbono. Esto causó que las aguas se acidificaran a tal grado que organismos como los corales se habrían disuelto, explicó Hana Jurikova, biogeoquímica de la Universidad de St. Jurikova y su equipo descubrieron picos del elemento boro —un sustituto de los niveles de acidez— en conchas de braquiópodos fósiles encontradas en rocas de Italia que traspasan los límites de la extinción.

“Por primera vez somos capaces de explicar lo que causó la extinción”, dijo Jurikova. “Si solo se aumenta la temperatura, los organismos a menudo encuentran una manera de afrontar eso. Pero el problema es que, si realmente se cambia la temperatura y la acidificación, y tal vez los nutrientes, entonces los organismos no serán capaces de adaptarse”. Hoy en día, con el aumento de las temperaturas de la superficie del mar, los océanos se están acidificando, y algunos animales con caparazón ya están mostrando signos de que sus caparazones se están disolviendo.

Svenson cree que el siguiente paso para los geólogos es realizar trabajo de campo en Siberia para saber si el magma antiguo interactuó con los yacimientos de combustibles fósiles, como parecen sugerir los nuevos estudios.

“Mucho de esto simplemente no lo sabemos”, dijo Svenson.

Aunque quizá sea tentador hacer una analogía entre la Gran Mortandad y el actual clima cada vez más cálido, hay diferencias significativas. Por un lado, los gases de efecto invernadero emitidos durante los eventos del Pérmico-Triásico fueron mucho mayores que cualquier cosa que los humanos hayan producido. Además, los volcanes liberaron dióxido de carbono hace 252 millones de años a un ritmo mucho más lento de lo que los humanos lo emiten hoy en día.

“La cantidad de carbono liberado por año a la atmósfera desde las trampas siberianas, fue aún 14 veces menor a la tasa que tenemos en este momento”, dijo Jurikova. “Por lo tanto, la cantidad de carbono que estamos quemando por año en este momento es mucho mayor que durante la mayor extinción. Eso es increíble, ¿verdad?”.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company