'Ya no queda pueblo': los espectrales paisajes de Fukushima

James Whitlow Delano, Hikari Hida and Mike Ives
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En una guardería de Futaba, los paraguas llevan una década sin tocarse, sin proteger a nadie de la lluvia (James Whitlow Delano/The New York Times)
En una guardería de Futaba, los paraguas llevan una década sin tocarse, sin proteger a nadie de la lluvia (James Whitlow Delano/The New York Times)
Una bicicleta que puede haber llevado a su dueño a la escuela o a la tienda de comestibles, yace abandonada entre la maleza. (James Whitlow Delano/The New York Times)
Una bicicleta que puede haber llevado a su dueño a la escuela o a la tienda de comestibles, yace abandonada entre la maleza. (James Whitlow Delano/The New York Times)

FUKUSHIMA, Japón — Después de que un terremoto y un tsunami azotaron una central nuclear a unos 20 kilómetros de su casa, Tomoko Kobayashi y su marido se unieron a la evacuación y dejaron atrás a su dálmata, esperando volver a casa en unos días.

Acabaron pasando cinco años. Incluso ahora —una década después de aquellos mortíferos desastres naturales del 11 de marzo de 2011, que desencadenaron una catastrófica fusión nuclear— el gobierno japonés no ha reabierto completamente los pueblos y ciudades dentro de la zona original de evacuación de 20 kilómetros alrededor de la planta nuclear de Fukushima Daiichi. E incluso si lo hiciera, muchos antiguos residentes no tienen planes de regresar.

Algunos de los que regresaron pensaron que volver a casa valía la pena el riesgo de radiación residual. Otros, como Kobayashi, de 68 años, tenían negocios que reactivar.

“Teníamos razones para volver y los medios para hacerlo”, dijo Kobayashi, quien administra una casa de huéspedes. “Tenía sentido, hasta cierto punto”.

Sin embargo, la Fukushima a la que volvieron a menudo resulta más espectral que acogedora.

Por ejemplo, un imponente muro de contención construido para evitar que futuros tsunamis se precipiten sobre la central, se erige como centinela en la cercana costa del Pacífico. Es un elemento que choca en una región rural que en su día fue conocida por sus duraznos y un grueso tipo de fideos ramen.

En las ciudades cercanas, como Futaba, la maleza se abre paso a través del asfalto y trepa por las fachadas de los bloques de apartamentos desiertos.

Una bicicleta que puede haber llevado a su dueño a la escuela o a la tienda de comestibles, yace abandonada entre la maleza.

Para muchos retornados, el regreso es un proceso de redescubrimiento de lugares que les resultan familiares y hostiles a la vez.

“Siempre me preguntan: ‘¿por qué volviste? ¿cuánta gente volvió?’”, dijo Kobayashi. “Pero mi pregunta es: ¿qué significa eso? Ese lugar ya no existe”.

La catástrofe que arrasó el norte de Japón en marzo de 2011 mató a más de 19.000 personas y provocó un replanteamiento mundial de los peligros de la energía nuclear. También dio al nombre de Fukushima una notoriedad internacional equiparable a la de Chernóbil.

En Japón, el legado de la catástrofe sigue siendo dolorosamente inmediato. La propuesta del gobierno de verter cerca de un millón de toneladas de agua contaminada en el mar ha irritado a los pescadores locales, y los casos legales contra el gobierno y el operador de la planta están pasando por los tribunales más altos del país. El tema de la energía nuclear sigue siendo muy delicado.

Y a lo largo de varios kilómetros alrededor de la central, hay recuerdos tangibles de un accidente que obligó al éxodo de unas 164.000 personas.

En Katsurao, a unos 30 kilómetros de la casa de Kobayashi, la tierra radiactiva se encuentra en vertederos temporales. Desde la distancia, los montículos verdes parecen juguetes dispuestos sobre una alfombra beige.

En Futaba, los terrenos de un templo budista siguen llenos de escombros del terremoto.

Y en algunos bosques de Fukushima, los científicos han encontrado pruebas de radiación persistente.

Cada vez que una nueva tormenta azota la costa japonesa del Pacífico, algunos habitantes de la prefectura de Fukushima se estremecen al recordar el trauma de hace diez años.

“Creo que existe la posibilidad de que este sea un lugar en el que ya no pueda vivir mucha gente”, dijo hace dos años un residente, Hiroyoshi Yaginuma, después de que un tifón tocó tierra e inundó su taller de carrocería en la ciudad industrial de Koriyama.

Así se puede sentir en la ciudad de Namie, donde se han acumulado bolsas de residuos radiactivos.

O en el distrito de Tsushima, en Namie, donde se demolieron tantas casas a causa de la radiación que algunas calles son ahora solo caminos flanqueados por cimientos vacíos.

O en los campos que antes producían calabazas, rábanos y cebollas tiernas, y que ahora están baldíos.

Las familias jóvenes que abandonaron la zona de evacuación han construido nuevas vidas en otros lugares. Sin embargo, en toda Fukushima, los gobiernos locales, a veces con financiación del operador de la central nuclear, han construido nuevas escuelas, carreteras, viviendas públicas y otras infraestructuras en un esfuerzo por atraer a los antiguos residentes.

Algunos residentes de más de 60 años ven el atractivo. Les resulta difícil imaginarse vivir en otro lugar.

“Quieren estar en su ciudad natal”, dijo Tsunao Kato, de 71 años, quien reabrió su barbería de tercera generación incluso antes de que se reestableciera el agua potable. “Quieren morir aquí”.

Una de las ventajas es que la amenaza de la radiación persistente parece menos inmediata que la del coronavirus, dijo Kato, cuyo local está en la ciudad de Minami Soma. En ese sentido, vivir entre los recordatorios del desastre nuclear —en ciudades donde las farolas iluminan intersecciones vacías— es una especie de distanciamiento social bienvenido.

En una guardería de Futaba, los paraguas llevan una década sin tocarse, sin proteger a nadie de la lluvia.

Cerca de allí, una casa derrumbada sigue a la espera de un equipo de demolición

Kato dijo que, aunque se alegraba de haber regresado, se esforzaba por equilibrar el deseo de quedarse con el conocimiento de que vivir en otro lugar probablemente sería más seguro.

“La lógica y la emoción no pueden mezclarse”, dijo, “como el agua y el aceite”.

Al igual que Kato, Kobayashi había estado dirigiendo un negocio familiar —una casa de huéspedes—, cuando se produjo el terremoto de magnitud 9. La casa de huéspedes en Minami Soma ha pertenecido a su familia durante generaciones, y ella se hizo cargo del negocio en 2001, cuando su madre se jubiló.

El hospedaje sufrió importantes daños por el agua del tsunami. Pero la familia de Kobayashi la restauró y la reabrió. (Su dálmata, que sobrevivió al accidente nuclear, murió justo antes de terminar la reforma).

No esperaban una oleada de turistas, dijo, pero esperaban atender a las personas que querían volver a la zona y no tenían dónde alojarse.

“Ya no queda pueblo”, dijo. “Si regresas, tienes que reconstruir”.

Hikari Hida reportó desde Tokio y Mike Ives desde Hong Kong.

Hikari Hida reportó desde Tokio y Mike Ives desde Hong Kong.

This article originally appeared in The New York Times.

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