¿Qué sucedería si Trump pierde en el 2020 y se niega a irse?

¿Qué sucedería si Donald Trump perdiera las elecciones y se negara a irse? Esa es la pesadilla en la que los demócratas nunca piensan, excepto cuando buscan en Google opiniones de la Corte Suprema a las 3 de la mañana o hablan de ello una vez a la semana con sus terapeutas. A medida que los votantes de las primarias demócratas se angustian por decidir quién es el candidato más “elegible”, surge una pregunta ligeramente diferente: ¿Quién sería el abanderado más fuerte si la lucha continúa más allá de las elecciones traspasando todo lo que ha sucedido en la historia y cayendo en un territorio desconocido fuera de la Constitución?

(AP Photo/Patrick Semansky)

Especular sobre lo que podría hacer Trump el 20 de enero de 2021, si no tiene que prestar juramento, es un ejercicio estresante que depende en gran medida del análisis informal de la personalidad de Trump, su intensa sensibilidad a no ser visto como un “perdedor” y su insistencia en tratar cada crítica y revés como un ataque personal. Sin embargo, algunas personas que lo conocen bien creen que se negaría a reconocer la derrota electoral e intentaría evitar las consecuencias, sobre todo porque una de ellas implicaría perder la inmunidad presidencial y asumir el riesgo de que los investigadores de diferentes agencias gubernamentales hicieran cola esperando a que saliera de la Casa Blanca.

Para ser justos, no hay ninguna pista que sugiera que Trump se está preparando para esa eventualidad. Pero algunas personas la han sacado a la luz, entre ellos su abogado y “solucionador” Michael Cohen, quien dijo en una audiencia en la Cámara en febrero: “Me temo que si pierde las elecciones en 2020, no se producirá una transición pacífica del poder. Por eso acepté presentarme hoy ante ti”.

Michael Cohen, ex abogado del presidente Trump, testificando ante el Comité de Supervisión de la Cámara en febrero. (Foto: Cheriss May/NurPhoto vía Getty Images)

La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, también se muestra escéptica pues “dijo a los asociados que no confía en que el presidente respete automáticamente los resultados de cualquier elección, salvo que se produzca una derrota abrumadora”, según indicó un artículo publicado en The New York Times en mayo.

Por supuesto, la idea de permanecer en el cargo más allá del segundo mandato surgió del propio Trump en un discurso de campaña, aunque luego intentó tranquilizarnos diciendo que solo estaba bromeando. Después de todo, este es un presidente que, tres años más tarde, todavía está disputando los totales de los votos populares en una elección que ganó.

“No veo que se discuta mucho al respecto”, le dijo a Yahoo Noticias el distinguido profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Rutgers, Ross Baker, “pero me preocupa enormemente la posibilidad de que Trump interprete perder unas elecciones cerradas con los demócratas como que no han ganado el mandato. El presidente controla la narrativa nacional y es especialmente bueno en ello. Puede exigir recuentos o hacer todo tipo de cosas para generar dudas sobre la legitimidad de una victoria demócrata”.

Baker añadió que, si un presidente se niega a entregar el poder, “surgen todo tipo de complicaciones”, una situación que la Constitución, que cuenta con disposiciones para resolver un empate en el Colegio Electoral, no contempla explícitamente.

En gran parte, todo puede depender del margen de la victoria. Es obvio que a Trump y sus seguidores les sería más fácil disputar y desacreditar una elección cerrada. “Si los demócratas van a ganar, tienen que lograr una victoria rotunda”, afirmó Baker haciéndose eco de la opinión de Pelosi.

Los escenarios se desarrollarían de manera diferente en distintos puntos del proceso. Si se disputan los votos del colegio electoral para uno o más estados individuales, el asunto podría llegar hasta la Corte Suprema, como pasó en 2000. Después de que el Colegio Electoral vote, le toca el turno al Congreso, que realizará una sesión conjunta para “certificar” el resultado, generalmente se trata de formalidad, pero nadie puede predecir cómo se desarrollarán las cosas si miembros suficientes de cualquiera de los partidos están convencidos de que los están engañando.

Baker se suma a la visión cautelosamente optimista de que incluso los republicanos del Congreso, hasta ahora leales a Trump, considerarían insoportable una toma de poder en esa etapa.

Los empleados electorales, reporteros y miembros de Judicial Watch mirando las votaciones en el almacén de elecciones del condado de Broward en Fort Lauderdale, Florida, en 2000. (Foto: Robert King/Newsmakers/Getty images)

“Creo que considerarían que se trata de una situación tan grave y amenazante que aceptarían respetar los resultados”, afirmó. “Pero nunca se sabe”.

Si Trump sigue impugnando los resultados a medida que se acerca el final de su mandato y se niega a participar en una transición de poder, Baker señala que le podrían acusar y juzgar en el Senado, aunque ya lo hayan acusado, juzgado y exonerado una vez.

En última instancia, la resolución podría caer en manos del Presidente del Tribunal Supremo, John Roberts, quien es responsable de administrar el juramento del cargo y presumiblemente, podría negarse a jurar por un candidato que considera ilegítimo, aunque esto nunca se ha hecho.

Y si Roberts jura por el oponente de Trump y Trump sigue intentando dirigir el gobierno y se niega a abandonar la Casa Blanca... Bueno, no especulemos más. No vamos a involucrar a los militares, ¿verdad?

Pero este es el asunto: si ocurre alguna de esas eventualidades, es probable que el recuerdo de las elecciones del 2000 pese mucho sobre los demócratas. En ese año, la Corte Suprema, dividida en líneas partidistas, detuvo un recuento en el decisivo estado de Florida, dejando a George W. Bush por delante con unos pocos cientos de votos. En interés de la unidad nacional, el demócrata Al Gore asumió que el asunto estaba resuelto. No buscó más motivos para entablar otra demanda ni organizó una protesta pública sobre el infame “disturbio de Brooks Brothers”, una ruidosa manifestación de docenas de republicanos que detuvo un recuento continuo de papeletas emitidas en el condado de Miami-Dade, que podría haber revertido el resultado si le hubieran permitido continuar.

Manifestantes reunidos frente a la Corte Suprema en Washington, D.C., en 2000. (Foto: Manny Ceneta/AFP vía Getty Images)

Algunos demócratas todavía piensan que Gore debía haber luchado durante más tiempo y con más fuerza, al menos para reivindicar la opinión pública, aunque la batalla legal estuviera perdida. Algunos de ellos podrían tener esa historia fresca en su mente cuando decidan sobre un candidato para 2020. En palabras sencillas, ¿la posibilidad de que Trump pueda impugnar los resultados de las elecciones del próximo año inclina la balanza a favor de nominar a uno de los candidatos que se presente a sí mismo como un “combatiente”?

¿O sugiere que un candidato cuya marca es “unidad” y centrismo sería más propenso a ganar el respaldo, aunque renuente, de los republicanos en el Congreso, los jueces de la Corte Suprema, o incluso, si llegara a tal punto, de los militares? ¿Qué activo sería más útil en una pelea que no tiene precedentes en la ley o la historia de Estados Unidos: la pasión de Elizabeth Warren, el leal ejército de seguidores de Bernie Sanders, los miles de millones de Michael Bloomberg, la genialidad tranquilizadora de Joe Biden o la sagaz inteligencia de Pete Buttigieg?

Todo, o nada, podría depender de cómo se responda a la pregunta “¿qué pasaría si…?”. Y ahora, según Baker, esa pregunta se plantea cada vez más. Aunque sea en silencio.

Jerry Adler