¿Qué busca Trump ante Irán mientras se caldea la tensión en Medio Oriente?

Un buque tanque arde tras ser atacado en el área del Golfo de Omán y el Estrecho de Ormuz, vía clave en la ruta hacia el Golfo Pérsico y foco de tensiones crecientes entre Irán y Estados Unidos y sus aliados regionales, sobre todo Arabia Saudita y los Emiratos Árabes. El gobierno de EEUU responsabilizó de ese y otro ataque contra un buque japonés al régimen iraní. (AFP/Getty Images)

Los ataques contra buques tanque registrados recientemente en el área del Golfo de Omán y el Estrecho de Ormuz, el paso estratégico hacia la región petrolera del Golfo Pérsico, y otras agresiones similares acontecidas semanas atrás han exacerbado las tensiones en la región y elevado los temores de que podría desatarse un conflicto armado directo entre Irán y Estados Unidos y sus aliados en la zona.

Todo ello en el contexto de la severa confrontación que existe entre Washington y Teherán, que es enormemente compleja pero potencialmente explosiva, y de la reciente retórica del gobierno de Donald Trump, que tras repudiar el acuerdo nuclear logrado con Irán durante la administración de Barack Obama ha abiertamente planteado la posibilidad de una guerra, si bien el presidente también ha dicho que prefiere la opción del diálogo.

En paralelo, Trump ha impulsado crecientes ventas de armas a Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, rivales de Irán y quienes mantienen una cruenta guerra en Yemen en contra de fuerzas rebeldes apoyadas por el régimen iraní. Teherán, adicionalmente, tiene poderosa influencia en Líbano, Siria e Irak y es enemigo frontal de Israel.

Por lo pronto, el gobierno estadounidense, vía el secretario de Estado, Mike Pompeo, ha responsabilizado directamente a Irán de los recientes ataques contra buques tanque, aunque no ha aportado pruebas, y desde hace semanas se han movilizado fuerzas navales estadounidenses adicionales a la región.

Aunque no es claro si Irán es realmente el autor de esos ataques, que ello se haya dado durante la visita de mediación a ese país del premier japonés Shinzo Abe –quien se reunió con los ayatola Alí Khamenei– sugiere que, de haberse realmente ordenado tal ataque desde estamentos en Teherán, se habría buscado frenar la posibilidad de distensión que ese encuentro podría haber aportado, máxime si se considera que uno de los navíos atacados es de nacionalidad japonesa.

La tensión ha escalado allí sustantivamente y todo ello podría desatar, de modo premeditado o quizá por circunstancias que se salgan de control, confrontaciones mayores. Y muchos analistas señalan que una guerra de Estados Unidos y sus aliados contra Irán podría tener efectos devastadores y ser mucho más dura y desastrosa que los enfrentamientos militares que Estados Unidos ha tenido en décadas recientes (lo que resulta en sí ominoso, considerando que las intervenciones en Irak y Afganistán han causado desolación mayúscula en esos países y miles de bajas estadounidenses).

Una guerra es indeseada y, más allá del discurso áspero de una y otra parte y de que Trump guste de instrumentalizar electoralmente el tema de Irán y por ello le beneficie mantener un cierto grado de crispación al respecto, la vía militar no sería la conveniente, pues resultaría enormemente impopular y destructiva.

Pero dado que tampoco se plantea activamente una negociación diplomática expedita –el propio Trump tuiteó afirmando que ni Estados Unidos ni Irán, o sus regímenes, están en este momento listos para lograr un acuerdo- queda la gran interrogante de cuáles son los resultados que Washington desea o espera lograr frente a Irán, más allá de mantener o recalibrar los inestables equilibrios regionales y la persistente amenaza de mayores enfrentamientos.

Estados Unidos ha optado por redoblar las sanciones contra Irán e incluso extenderlas a terceros países que mantengan vínculos comerciales con ese país (Alemania, China, Francia, Reino Unido y Rusia, también partícipes del acuerdo nuclear con Irán se han mantenido dentro de él), pero todo ello ha afectado la economía iraní, y ésta podría deteriorarse aún más.

Así, incrementar la presión contra Irán e incluso mostrarlo como agresor activo sería parte de la intención de Washington de aislar al gobierno iraní cada vez más, y forzarlo a reducir su apoyo al régimen de Siria y a otras fuerzas en la región.

En paralelo, de ser ciertas las denuncias de que Irán ha incrementado su programa nuclear, se reforzarían las voces de los halcones estadounidenses que buscarían anticiparse a esa posibilidad, o a que, por ejemplo, Irán optara por acercarse mucho más a Rusia en busca de apoyo geopolítico y militar. Eso ha incitado temores de que en Washington habría interés en una escalada contra Irán, una estrategia que, por lo demás, ha sido pregonada por largo tiempo por el actual asesor de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton.

Pero se ha dicho que lanzarse a ese conflicto, o al impulso de un cambio de régimen en Irán, no sería del agrado del presidente, quien ha continuamente señalado que prefiere mantener a Estados Unidos apartado de conflictos extranjeros, al menos en tanto no se trate de agresiones abiertas y directas.

Y, desde la perspectiva iraní, es de suponer que sus grupos duros no estarían dispuestos a esperar a ser acorralados y podrían presionar para tomar acciones, aunque en ello haya enormes riesgos también.

Todo, por el momento, se mantiene en una punzante espera y es posible que, al final, la intención de la administración Trump sea imponer presión para renegociar un acuerdo en materia nuclear que el presidente pueda, así no sea del todo diferente al anterior, poner en su lista de logros de cara a 2020. Esto porque, en el actual contexto político estadounidense y dada la desventaja de Trump, toda acción de su gobierno está mediada, o contaminada, por el peso de su campaña de reelección.

El portaviones estadounidense USS Abraham Lincoln y su flota de operaciones han sido movilizados a la región del Mar Arábigo en el contexto de las crecientes tensiones con Irán. (U.S. Navy / Reuters)

El gran riesgo es que en ese áspero juego las cosas pudiesen descontrolarse, por errores o aceleraciones de los bandos duros de uno u otro lado, o que una cadena de factores acabase acumulando presiones insoportables o acciones intolerables que forzaran decisiones en el liderazgo estadounidense o iraní que, presumiblemente, nunca se habrían tomado en un entorno de menor crispación.

Y otros, recordando las mentiras que llevaron a la invasión de Irak por el gobierno de George W. Bush, desconfían del discurso y las intenciones de la Casa Blanca y temen que se esté cocinando una nueva y letal aventura militar.

Por ello lo deseable es no ceder a las tentaciones militaristas y abrir espacios a la negociación, de preferencia (al margen de la unilateralidad de Estados Unidos en lo concerniente al acuerdo nuclear) con la participación amplia de otros países para lograr un acuerdo factible y duradero.

No es claro si eso es posible, pero una solución militar sería destructiva, dolorosa y mayormente desestabilizadora. Abriría una ominosa caja de Pandora.