Putin enfrenta los peligros de apoyar a sus aliados autoritarios

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El líder ruso está combatiendo diversas situaciones en sus países vecinos, lo que ilustra los riesgos de su estrategia de usar la fuerza para ayudar a sus aliados autocráticos.

Desde Europa del Este hasta los campos petroleros de Asia Central, el presidente Vladimir Putin se esfuerza por imponer una esfera de influencia que intenta mantener bajo control a las fuerzas de la historia.

Los aliados del líder ruso, ubicados en la cima del poder en las antiguas repúblicas soviéticas, están envejeciendo en sus cargos o enfrentan el creciente descontento de sus sociedades. Los baluartes que han erigido contra la expansión de la democracia y el poderío militar occidental parecen cada vez más inestables.

Sin embargo, Putin confía en la fuerza bruta para preservar la cohesión por lo que prepara una posible invasión de Ucrania con el fin de mantenerla fuera de la OTAN, además está enviando tropas a Kazajistán para reprimir las protestas y amenaza con hacer lo mismo en Bielorrusia.

Coaccionar a los aliados no es algo inusual para las grandes potencias regionales. La Unión Soviética —que Putin extraña y suele lamentar su desintegración— envió tanques a Hungría, Checoslovaquia y Afganistán. Sin embargo, unió su imperio a través del comunismo, que inculcó una misión común y un sentido de conflicto existencial con el Occidente capitalista.

Ahora, que el capitalismo y las pretensiones de democracia son la norma a ambos lados de la antigua Cortina de Hierro, hay poco que justifique la lealtad hacia Moscú más allá del deseo de los hombres fuertes posoviéticos de ayudarse mutuamente para mantenerse en el poder.

“No existe un pegamento ideológico real que mantenga unida esta alianza variopinta de personas con intereses muy diferentes”, dijo Timothy M. Frye, politólogo de la Universidad de Columbia.

La esfera de influencia de Putin, a pesar de todos los problemas que le causa a Occidente, es cada vez más una jaula de su propia creación. Cuanto más confía en la fuerza para apoyar a los autócratas envejecidos e impopulares de la periferia de Rusia, su alianza comienza a verse más cercada, tanto por las disidencias nacionales como por la presión occidental en el extranjero.

Como resultado, las amenazas que Putin intenta evitar se están incrementando. Ucrania se precipita hacia los brazos de Occidente. Las provocaciones de Bielorrusia, generadas por la represión del gobierno contra la creciente disidencia, han hecho que Europa se una contra su líder político que simpatiza con Moscú. Y, desde hace mucho tiempo, los manifestantes en Kazajistán exigen un cambio.

Putin ha tratado de convertir sus escaladas reactivas en una fortaleza interna, describiendo sus intervenciones en los problemas de esos países como una recuperación de la grandeza soviética.

Pero el escaso apoyo público, así como las recientes medidas enérgicas del Kremlin contra la sociedad civil y sus rivales políticos, indican que “los relatos usuales que Putin usa para apuntalar su gobierno no están funcionando tan bien”, explica Frye.

Imponer la lealtad

El temor de Putin a la invasión democrática se remonta a los levantamientos democráticos de las revoluciones de colores que acabaron con varias repúblicas soviéticas en la primera década del siglo XXI. Él y sus colaboradores todavía hablan de esos eventos y, generalmente, los presentan como complots occidentales para subvertir el poder ruso.

Pero la respuesta de Putin no se implementó hasta 2012, cuando reprimió violentamente las protestas en su contra. Muchos de los manifestantes pertenecían a la clase media rusa que alguna vez lo apoyó ampliamente. Esto elevó a los funcionarios de línea dura dentro de su gobierno y, al mismo tiempo, hizo que cambiara su estrategia de influencia en los servicios de seguridad.

El Kremlin, cada vez más agresivo y nacionalista, incluso paranoico, se decidió por apoyar a los líderes vecinos que controlan a la disidencia y se oponen a Occidente.

Como resultado, Putin llegó a creer que solo se podía confiar en los líderes que se parecían a él (hombres fuertes autocráticos) para mantener a raya los peligros de la democracia y la influencia occidental.

Cualquier otro liderazgo tendría que ser forzado a la lealtad.

Después de que los manifestantes ucranianos expulsaron al presidente cercano a Moscú en 2014, Putin no intentó persuadir a los votantes ucranianos para que se alinearan con Rusia. Más bien, con la esperanza de obligar a los líderes ucranianos a obedecer, Putin invadió y anexó una parte de Ucrania y patrocinó a los separatistas en otra.

Hasta ahora, esta estrategia ha fracasado en gran medida. Las potencias occidentales aumentaron su apoyo a Ucrania, y los votantes ucranianos, que en algún momento se mostraban divididos en el tema de las relaciones con Rusia, se volvieron contundentemente en contra. Pero Putin, quien probablemente no puede ver a una democracia vecina como otra cosa que no sea una amenaza, solo ha intensificado sus esfuerzos y ahora amenaza con una gran invasión a Ucrania.

Esto podría impedir el respaldo público de Ucrania y Occidente, o incluso obligaría a que Washington reconozca los intereses rusos en esa región. Pero también representa un riesgo para Putin porque es posible que no funcione para siempre y, cuando falle, podría ver cómo otra antigua república soviética se une a las instituciones europeas que, según él, son una amenaza.

Un círculo cada vez más pequeño

La dependencia de Putin de otros hombres fuertes ha demostrado ser muy riesgosa.

Los países gobernados por caudillos, que concentran el poder en las manos de una sola persona a expensas de las instituciones de gobierno, tienden a ser más inestables, más corruptos y menos efectivos económicamente, y todo eso profundiza la insatisfacción pública.

Los peligros de esa situación pueden verse en Kazajistán, donde la transición cuidadosamente planificada del liderazgo terminó en disturbios violentos.

Putin envió una fuerza de 2500 soldados a Kazajistán para ayudar a sofocar la revuelta, en un momento en el que las tensiones con Ucrania y Bielorrusia ya empezaba a manifestarse. Eso muestra el peligroso pacto que mantiene unidos a Putin y sus aliados, en el que esencialmente están obligados a garantizar su permanencia en el gobierno por la fuerza.

Los líderes autoritarios también son más propensos a iniciar conflictos y es más probable que los pierdan, dijo Erica Frantz, académica de la Universidad Estatal de Michigan que se especializa en el autoritarismo.

“Los personalistas no tienen que negociar sobre políticas, y la falta de rendición de cuentas conduce a un comportamiento más arriesgado”, dijo.

Aunque su miedo a la democracia los convierte en aliados útiles para Putin, las desventajas de sus gobiernos afectan cada vez más esa alianza informal.

“Las provocaciones eran predecibles. También sería normal que algunas de sus estrategias sean malas decisiones”, dijo Frantz.

A pesar de las tribulaciones globales de la democracia, desde el final de la Guerra Fría se ha mantenido como un sistema de gobierno ampliamente aceptado —más allá de lo que sucede en países como China o Cuba— lo que ha hecho que incluso los dictadores más desvergonzados se vean obligados a fingir que gobiernan de manera democrática.

Eso ha generado el surgimiento de un círculo de caudillos pro-Moscú que a menudo luchan para persuadir a sus ciudadanos sobre la necesidad de aceptar menos libertades que las de sus países vecinos.

Bielorrusia ejemplifica esos peligros. El año pasado, cuando aumentó la disidencia por las fallas del gobierno para abordar la pandemia, la escalada de la represión se convirtió en una fuente de conflicto diplomático con el resto de Europa, lo que afectó a Putin.

Algunos activistas de la oposición bielorrusa, conscientes de la influencia de Rusia, expresaron su disposición para trabajar con Moscú. Pero, en lo que puede ser un reflejo del gran apoyo del Kremlin a los autócratas, a pesar de todos sus errores, eso ha sido ignorado.

Al igual que con Ucrania, en los casos de Bielorrusia o Kazajistán, Putin podría implementar una estrategia de coerción cada vez mayor, aunque sería ejecutada a través de sus aliados.

Estos ciclos, que buscan apuntalar una esfera de influencia construida sobre la desconfianza y la intimidación, pueden asumir una lógica propia. Por lo tanto, se sigue aplicando la misma estrategia aunque podría producir resultados opuestos a los que Putin espera: porque podría generar mayor interés por las amenazas que teme y erosionar la alianza en la que ha puesto sus esperanzas para el futuro.

“Eso producirá una mayor militarización del flanco este de la alianza”, escribió Emma Ashford, experta del grupo de investigación del Atlantic Council, sobre la probable respuesta de la OTAN a las amenazas de Rusia contra Ucrania. “El hecho de que pensemos que es una estrategia estúpida y contraproducente por parte de Rusia no significa que no la aplicarán”.

© 2022 The New York Times Company

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