De un pueblito a la alta costura: llegó a Buenos Aires con 400 pesos y con dos pinzas dio vuelta su vida

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El diseñador Aldo Sotomayor
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Como el armado de collares, pulseras y anillos que diseña, Aldo Sotomayor construye su carrera pieza por pieza. Ninguna sobra, a lo sumo se recicla. Para atrás y para adelante, así se mueven las dos pinzas con las que el chaqueño aprendió a hacer un rulo, encastrar materiales y convertirse en artesano de su propia marca de accesorios. Para atrás y para adelante: le busca la vuelta a todo.

“Me vine a Buenos Aires con una valija y 400 pesos”, cuenta el diseñador, de 38 años, oriundo de Presidencia Roca, un pueblo al este de Chaco que limita con la provincia de Formosa, con menos de 4000 habitantes. “Tenía sólo el pasaje de ida”, recuerda.

Cuando Aldo llegó a la estación de Retiro en 2012, sus planes- como su presupuesto- eran bien concretos: encontrar un trabajo y perfeccionarse en la carrera de Diseño Gráfico. Había estudiado en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), en la ciudad capital de Resistencia pero, según él, “acá había otro nivel”, otras herramientas tecnológicas.

“Conseguir trabajo me costó mucho”, admite el diseñador sobre esos tres meses de búsqueda laboral en los que hizo rendir al máximo sus 400 pesos. La venta de algunas prendas que había traído del local de ropa que su mamá tenía en Chaco también lo ayudaron a mantenerse.

Aldo Sotomayor trabajando en uno de sus collares preferidos con la pinza chata y la pinza rosario
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Aldo Sotomayor trabajando en uno de sus collares preferidos con la pinza chata y la pinza rosario (CHARLYVILLAGRAN/)

“Le vendía a mis compinches -como le decimos en el interior a los amigos o conocidos- y se los ofrecía como ‘made in Chaco’”, se ríe Aldo de su facilidad para el comercio. “Te vendo todo”, agrega.

Es cierto, mientras estudiaba en la UNNE hizo todo tipo de changuitas. Trabajó en un ciber café, vendió alfajores y les ofrecía perfumes de imitación a sus alumnos mientras era ayudante de cátedra. “No se me caían los anillos. Era para mi sostén”, explica el chaqueño. En realidad, lo recaudado lo usaba para sus salidas o para costear los materiales de la carrera de diseño, aunque muchas veces se las rebuscaba. “Quizá me pedían cartón passepartout y, en cambio, usaba cajas de zapatos. Me las arreglaba”, aclara.

“Me iba bien no me podía quejar. Pero al recibirme sabía que se terminaba la joda”, reconoce Aldo. El arreglo con su mamá fue claro desde el vamos. Ella se había comprometido a ayudarlo con el alquiler y la “mercadería” -como le dice a la comida- durante los años que durase la carrera. Andá a probar y fijate. Yo puedo hasta un punto. Te doy educación, una vez que cumplas ese ciclo, te suelto a la vida”, le aclaró la mujer. Y cumplió.

El mundo de los accesorios

“Era muy claro para mí, tenía que recibirme y trabajar de lo que sea”, relata el diseñador. Y así fue. Después de tres meses en la Ciudad de Buenos Aires consiguió un puesto como cadete en una empresa mayorista de accesorios, en el barrio de Flores.

¿Qué mundo es este?, se preguntó el chaqueño cuando conoció el detrás de escena del armado y producción en serie de accesorios. “No tenía ni idea, pero me impresionó. Duré seis horas como cadete y la dueña me ofreció trabajar en la parte de diseño y producción. No sé si fue mi currículum o qué, pero algo vio”, dice.

Aldo Sotomayor
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Aldo Sotomayor (CHARLYVILLAGRAN/)

Aunque por la cantidad de horas el trabajo no le permitiría cumplir con uno de sus planes iniciales, el estudio, no lo dudó. La propuesta incluía un mejor sueldo y el fin de semana libre. Fue en ese mundo ajeno que Aldo conoció los dos instrumentos que se convertirían en sus herramientas más valiosas: la pinza chata y la pinza rosario.

Dos meses más tarde, Aldo le propuso a la dueña del local llevarse un bolso de insumos para armar el diseño en horario extralaboral. Durante un año la secuencia de lunes a viernes fue la misma: salía de Flores a las 6 de la tarde, llegaba a su casa a las 7, se bañaba, armaba unos mates y trabajaba hasta las 3 de la madrugada. A la mañana siguiente, fichaba a las 8 con un bolsa lista llena de accesorios. Y eso, era plata extra.

Un año y medio después de haber ingresado al local en Flores, le resignaron el contrato por motivos que al día de hoy desconoce. “Fue muy sorpresivo. Estuve ochos meses sin conseguir trabajo”, explica. Con una parte de la indemnización se guardó un “puchito” para la obra social. “Aunque no tengas para comer, que nunca te falte para la salud. Eso me lo inculcó mi mamá”, resalta.

Con otro resto, compró insumos con los que se hizo de un stock propio que no tardó en exihibir en una feria de Puerto Madero. La respuesta fue inmediata: “¿Cuándo querés empezar?”. El fin de semana siguiente llegó con porta collares hechos a mano y una bolsa de consorcio que, bien tirante, disimulaba la falta de paño. “No es por avaro pero, si se puede reciclar y sirve, siempre intento ahorrar. Le busco la vuelta a todo”, expresa. Sobre el plástico negro ahora sobresalían sus collares, aros y pulseras.

Además de vender sus propias creaciones, de lunes a viernes Aldo se dedicaba a la venta de autos. Dentro de la concesionaría pasó por todos los rubros, call center, planes de ahorro, hasta el área de control y calidad. “Me recibí de vendedor”, ironiza. En paralelo, no abandonaba sus pinzas y de vez en cuando le vendía algún accesorio a sus compañeras. Otra vez, se repetía el mismo esquema cuando llegada por la tarde a su casa: baño, mates y trabajo de madrugada. Durante un tiempo sostuvo este ritmo, hasta que resignó los fines de semana en la feria de Puerto Madero.

Desfiles de alta costura

Por amigos en común, Aldo conoció en 2018 a Alejandro Traverso, administrador de la Cámara Argentina de Moda. En medio de una charla informal el empresario le pidió que le muestre sus obras y su reacción fue contundente: “Esto tiene diseño”. Tiempo después, le ofrecería asociarse con él en el armado de su propia marca. Antes, lo invitó a varios desfiles de moda.

El vendedor de autos se paseó por las pasarelas de alta costura, donde se nutrió de nuevas tendencias y se hizo “compinche” de la actriz y exmodelo Muñeca Moore. Ella lo recomendó con el diseñador Laurencio Adot, que no tardó en elegir los accesorios de Aldo Sotomayor para acompañar su colección “DotBallet”, en un desfile en el Alvear Palace Hotel.

Aldo Sotomayor en su local y atelier, en el barrio de Palermo
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Aldo Sotomayor en su local y atelier, en el barrio de Palermo (CHARLYVILLAGRAN/)

“Ya que me llamara por un solo aro o una perlita, era wow. Fue tocar el cielo con las manos”, confiesa el chaqueño, aunque su aporte en el desfile terminó siendo mucho menos modesto que su comentario. El diseñador acompañó toda la línea de Laurencio Adot con una serie de collares y aros de estilo Greco-Romano. Un antes y un después en su carrera.

“Conozco a pocos en el rubro, pero Adot es de lo mejor que conocí”, comenta sobre el diseñador de alta costura, quien a los pocos meses de haber compartido pasarela con él, volvió a convocarlo para que interviniese aros y apliques en el desfile organizado por Caras Moda, en el Palacio Alsina.

Su atelier

El armado de su propia marca llegó a los pocos meses, en 2019, de la mano de Traverso. El empresario propuso al chaqueño formar una sociedad en la que él debería aportar la parte creativa. Sin abandonar la venta de autos, Aldo volvió a las pinzas de madrugada. Esta vez, para producir la colección en serie que vestiría el primer local que abrió en el microcentro, sobre la calle Perón.

Las exigencias del local llevaron al diseñador a renunciar a la concesionaria. Por primera vez se dedicaría enteramente al mundo del diseño. Al poco tiempo, entrado el 2020, se desató la pandemia que no sólo reconfiguró el microcentro porteño, sino que obligó a Aldo a dar vuelta todo. “Otra vez de cero”, dice, y sonríe.

A pesar de la pandemia, Aldo y su socio apostaron por abrir un local en pleno barrio de Palermo. Esta vez, el negocio ubicado en la calle El Salvador al 4600 se convertiría en el atelier del artesano. “Sorprendió, no para tirar manteca al techo, pero…”, reconoce el chaqueño sobre la actividad comercial durante las restricciones por la crisis sanitaria provocada por el coronavirus.

Hoy, desde su atelier, donde no solo exihibe collares, pulseras y aros, sino también una amplia gama de accesorios, atiende a todo tipo de público. Eso sí, aclara que todavía “no llegaron los extranjeros”. Aldo también ofrece asesoramiento personalizado a novias, o clientes que estén “un poco perdidos”.

Detrás del mostrador, y bajo el encuadre de sus propios accesorios, Aldo cuenta que le gustaría lookear a la modelo y conductora Carolina “Pampita” Ardohain. “Me parece una hermosa persona. Aunque no la conozco, lo intuyo”. La misma corazonada tiene con la actriz de Hollywood Angelina Jolie. “Se me hace que tiene buena energía”, opina.

Con la mirada lejos del local, pinzas en mano, se pregunta: “¿Llegarán en algún momento los diseños de Aldo Sotomayor al exterior? Ahí sí sería un sueño cumplido”.

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