'No había nada que se pudiera hacer por esos pacientes', pero ahora sí lo hay

Pam Belluck
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Sonia Sein, que tenía un daño irreparable en la tráquea y recibió una nueva tráquea en enero, sentada frente a su casa del Bronx, el 22 de marzo de 2021. (Sarah Blesener/The New York Times)
Sonia Sein, que tenía un daño irreparable en la tráquea y recibió una nueva tráquea en enero, sentada frente a su casa del Bronx, el 22 de marzo de 2021. (Sarah Blesener/The New York Times)

“No puedo más”, dijo Sonia Sein a sí misma, a sus familiares y a su médico.

Llevaba seis años soportando un tubo insertado en la tráquea para mantenerla con vida, pero su malestar y angustia eran cada vez más insoportables.

Confinada en gran medida en su apartamento de Nueva York, necesitaba asistentes médicos a domicilio y tuvo que dejar su carrera de trabajadora social para embarazadas. Si hablaba durante más de cinco minutos, tenía que parar “porque no podía respirar”.

El tubo era necesario porque su tráquea —la vía que lleva aire a los pulmones— se había dañado después de que pasara semanas conectada a un respirador por un grave ataque de asma en 2014. Posteriormente, se había sometido a seis intervenciones quirúrgicas mayores y a más de diez procedimientos menores, pero, después de que se agotaron todos los enfoques convencionales para abordar su padecimiento, hizo planes para que le quitaran el tubo y recibiera solo cuidados paliativos. “No quiero vivir así”, concluyó.

En la actualidad, Sein, de 56 años, baila y juega con sus nietos y planea volver a trabajar, posiblemente como acupuntora. Dice que siente que le han dado una “oportunidad de estar viva una vez más”.

Su transformación se debe a un procedimiento pionero al que se sometió en enero: es la primera vez, según los expertos médicos, que se trasplanta con éxito la tráquea de un donante a otra persona.

La intervención, de dieciocho horas de duración, concebida y dirigida por Eric M. Genden Sr., presidente de otorrinolaringología-cirugía de cabeza y cuello del Mount Sinai Health System de Nueva York, es un hito porque —a diferencia de los riñones, los corazones y los pulmones— la tráquea ha desafiado décadas de intentos de trasplante.

La tráquea de Sonia Sein antes, a la izquierda, y su nueva tráquea trasplantada. (Mount Sinai vía The New York Times)
La tráquea de Sonia Sein antes, a la izquierda, y su nueva tráquea trasplantada. (Mount Sinai vía The New York Times)

“Es muy emocionante”, dijo G. Alexander Patterson, profesor de Cirugía de la Universidad de Washington en San Luis, que no participó en el caso.

Miles de personas en Estados Unidos desarrollan problemas de tráquea cada año a causa de quemaduras, defectos de nacimiento, tumores y la intubación prolongada en respiradores. Lo más probable es que la pandemia de coronavirus genere más casos, ya que muchos pacientes con COVID-19 han necesitado semanas de ventilación.

Se calcula que cientos de estadounidenses mueren cada año porque técnicas como los stents, las operaciones o el láser no pueden curar sus tráqueas dañadas y se asfixian cuando las vías respiratorias se estrechan peligrosamente o se colapsan.

“No se podía hacer nada por estos pacientes”, afirma Genden, que se sintió cautivado por el problema en la facultad de medicina hace 30 años, tras la muerte de un paciente con un tumor en la tráquea. Guiado por varios mentores, se adentró en la investigación y los experimentos con animales, luego desarrolló un enfoque de trasplante.

Dado que se necesitan fármacos inmunosupresores para evitar el rechazo del trasplante, los pacientes con cáncer solo podrían optar por él si estuvieran libres de cáncer durante cinco años, explicó Genden. Sin embargo, para otros casos, los médicos dicen que el enfoque parece prometedor.

“Es muy significativo”, dijo Pierre Delaere, profesor de Cirugía de Cabeza y Cuello en el Hospital Universitario Gasthuisberg de Bélgica, un especialista en tráquea que no participó en el caso de Sein. Aun así, al mencionar que los intentos anteriores no mostraron un éxito documentado, advirtió que se necesitaban resultados a más largo plazo antes de que se adoptara la técnica. “Veamos cómo funciona y cómo se puede hacer en más pacientes”, añadió.

El aparente éxito de la operación de Sein también es notable porque el campo de la tráquea se ha visto sacudido durante años por un escándalo sensacional.

Ese drama comenzó hace una década, cuando Paolo Macchiarini, que trabajaba en el famoso Instituto Karolinska de Suecia, acaparó titulares y elogios por remplazar tráqueas dañadas con tubos de plástico sembrados con células madre que habían pertenecido a sus pacientes y que él cultivaba en dispositivos llamados biorreactores. Los trasplantes, realizados en pacientes de Estados Unidos y otros países, se anunciaron como la inauguración de una revolución de la medicina regenerativa.

Pero de los veinte pacientes, incluidos niños, la mayoría murió a la larga y los científicos afirmaron que Macchiarini había tergiversado los datos y exagerado la eficacia de su técnica.

Genden dijo que el ascenso y la caída de Macchiarini afectaron profundamente su propia trayectoria.

“Se trataba de un apuesto cirujano italiano en la mejor institución del mundo, el Karolinska, y es todo lo que yo no soy: tiene una bonita cabellera, conduce una moto, tiene acento, es increíblemente carismático y dinámico”, dijo Genden. “Dice: ‘He creado este biorreactor. Son células madre y genera tráqueas’. Y es algo enorme”.

Genden dijo que cuando él y sus colegas cuestionaron a Macchiarini en una conferencia al principio, “a su manera grandilocuente, dijo: ‘Esto es ridículo, no sabes de lo que estás hablando. Funciona maravillosamente’”.

Genden pensó que su trabajo “había quedado obsoleto, así que básicamente cerré el laboratorio”, dijo. “No puedes justificar la cirugía experimental y la inmunosupresión cuando ves otro método que parece perfecto. Te das cuenta de que te estás quedando fuera del negocio”, añadió.

Cuando el trabajo de Macchiarini suscitó críticas, Genden revivió su propia idea, pero no se atrevió a probarla. El escándalo supuso “una cantidad increíble de escrutinio”, comentó.

También había otra razón para sentirse intimidado: las suposiciones históricas de que las tráqueas no eran trasplantables.

“La tráquea se ha caracterizado como un simple tubo, pero es muy compleja”, dijo Delaere. Con casi 11 centímetros de largo, un lado se curva como un medio tubo, compuesto por anillos de cartílago y ligamentos. El otro lado es plano y móvil para llevar el aire a los pulmones.

Cualquier tráquea de repuesto debe ser rígida o “se colapsará como una pajita en un batido de McDonald’s”, dijo Genden. Debe estar revestida de cilios, proyecciones en forma de pelo “como una alfombra de pelusa” que mueven y limpian el aire que respiramos, dijo. Y necesita un suministro de sangre para conectarse al sistema vascular del paciente.

Otros intentos de sustitución de la tráquea incluyen el trasplante de parte de la aorta, la arteria principal del cuerpo, congelada y conservada de un donante y la fabricación de tráqueas a partir de los músculos del pecho y el cartílago de las costillas de los pacientes mismos.

“Algunos de ellos han tenido éxito, pero son engorrosos de diferentes maneras y no son una tráquea”, dijo Patterson. “Es una especie de sustituto marginal y muchos pacientes necesitan más intervenciones para mantener sus vías respiratorias”.

La “receta secreta” de su método, dijo, consiste en trasplantar no solo la tráquea del donante, sino también su esófago (tubo alimentario), la glándula tiroidea y las arterias tiroideas.

Guiado por un microscopio de alta potencia, utilizó un hilo quirúrgico de la mitad del diámetro de un cabello humano. Abrió y limpió el esófago del donante, colocándolo junto al esófago de Sein.

Genden también trasplantó el cricoides, el cartílago que recubre la tráquea, sustituyendo el cricoides de Sein, que estaba completamente destruido. El trasplante de 9 centímetros sustituyó todos los centímetros de su tráquea excepto 2.

El donante era un hombre joven. La diferencia de sexo fue importante, ya que permitió a Genden utilizar el análisis cromosómico para detectar si las células de Sein poblaban la nueva tráquea. A finales de marzo, el 6,5 por ciento de las células de la tráquea del donante eran suyas y la proporción iba en aumento, dijo.

Espera que los fármacos inmunosupresores, que pueden crear riesgos para la salud, puedan reducirse o incluso detenerse “si todo el injerto se llena de células de Sonia”.

Para Sein, el procedimiento era un sueño buscado desde hace mucho. En 2017, después de que otro hospital dijera que se había intentado todo lo posible, se sintió desesperada.

“Pensé: ‘Si hacen un trasplante para todo, deberían hacer un trasplante de tráquea’”, recuerda. “Busqué en Google ‘trasplante de tráquea’ y apareció Genden. Así que llamé y llamé hasta que conseguí una cita”.

Genden dijo que Sein le suplicó que le hiciera el trasplante, diciendo: “Tienes que hacer esto por mí o voy a acabar con mi vida”.

A principios de 2020, las aprobaciones éticas estaban listas, pero la pandemia de coronavirus retrasó las cosas. Para ese año, dijo Genden, su padecimiento había deteriorado de tal manera que “si nos retrasamos más, no va a funcionar”.

El 12 de enero, Genden recibió una llamada: un donante apropiado había muerto. A la mañana siguiente, con el donante y Sein en habitaciones contiguas, se reunió un equipo de más de 50 médicos.

Las fotografías documentan la transformación de la tráquea de Sein: su antigua tráquea se ve descarnada y enrojecida; la nueva es suave como porcelana.

“Puedo respirar”, descubrió asombrada. “Podía sentirlo en mis pulmones”.

Tras varias semanas de recuperación, está en casa. Visita el Monte Sinaí cada semana para hacerse análisis de sangre. Genden examina la nueva tráquea mediante la introducción de un endoscopio en un orificio que le ha dejado en el cuello y que acabará por cerrar.

Hace poco, Sein, cubriendo el orificio con la mano para poder hablar, se entusiasmó con la idea de tener la energía necesaria para cocinar pollo con sésamo por primera vez y con el objetivo de visitar a sus parientes en Puerto Rico. El mes que viene cumplirá 57 años.

“Habríamos estado planeando mi funeral, pero ahora estamos planeando una fiesta de cumpleaños”, comentó.

This article originally appeared in The New York Times.

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