Mi prueba de coronavirus: cinco días, una docena de llamadas y horas de confusión

Tim Herrera
Una selfi tomada por Tim Herrera en la sala de espera del hospital antes de hacerse una prueba de coronavirus, en Nueva York el 12 de marzo de 2020. (Tim Herrera/The New York Times)

Casi una docena de llamadas con cinco proveedores de servicios de salud en cinco horas. Dos horas de espera en la línea. Dos horas en un hospital. Cuatro días de revisar ansiosamente un portal en línea buscando resultados, y mucha confusión.

Ese es el sinuoso camino de la burocracia que me llevó de mi primera llamada telefónica el miércoles de la semana pasada a obtener los resultados positivos de mi prueba de coronavirus el lunes por la noche. Cinco días en el limbo.

Tengo 33 años, estoy sano y no tengo ninguna afección respiratoria, así que la enfermedad es perfectamente manejable. Se siente como una gripe de mediana gravedad con un poco de tos adicional y dolor en el pecho.

No obstante, el proceso para llegar hasta aquí fue un laberinto de ineficiencia, y yo soy uno de los afortunados.

Una inmensa cantidad de personas en todo Estados Unidos incluso aquellos que tienen síntomas graves o que son especialmente vulnerables están enfrentando un obstáculo tras otro mientras tratan de obtener respuestas.

El comienzo

El miércoles desperté con tos y escalofríos. Lo primero que hice fue buscar mis síntomas en Google.

No le di importancia pensando que todo estaba en mi cabeza, pero después de tomarme la temperatura unas cuantas veces en el transcurso de la mañana, empezó a aparecer una fiebre de 37,7 grados Celsius. La tos continuó, y pronto alcancé los 37,8 grados.

La presión de mi compañera de departamento me hizo llamar al consultorio de mi médico. Alguien anotó mis síntomas, puso mi llamada en espera y después me dijeron que debía llamar a un centro de urgencias para hacerme una prueba.

“¿Hay algún lugar al que me pueda remitir?”, pregunté.

“Busque en Google ‘atención de urgencias NYC’”, me dijo la mujer del teléfono y añadió que también podía intentar en CityMD, una clínica local de atención sin cita, porque ahí estaban haciendo pruebas.

Llamé a una clínica de CityMD, pero me dijeron que no, que de hecho no estaban haciendo la prueba. De nuevo, pedí una referencia de algún lugar que la estuviera haciendo.

CityMD no tenía la información.

En ese momento, mi compañera de departamento ya estaba ayudando; llamó a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) desde una habitación mientras yo estaba en la otra marcando a la Corporación de Salud y Hospitales de la ciudad de Nueva York, el sistema de hospitales públicos de la ciudad. Al cabo de una hora de espera, logró comunicarse con alguien de los CDC. Para entonces, mi temperatura era de 38,7 grados.

Mi compañera de departamento me pasó el teléfono y una mujer al otro lado de la línea anotó mis síntomas e información demográfica, para luego ponerme en espera nuevamente. Unos minutos más tarde, volvió y me dijo que alguien me llamaría para darme más información y, en la interacción más confusa del día, me aconsejó que llamara al consultorio de mi médico y le dijera que visitara el sitio cdc.gov para conocer los protocolos correctos.

Cuando volvieron a llamar de los CDC, una persona dijo que alguien me llamaría cada tanto para verificar mi estado; desde entonces no he sabido nada de ellos.

Durante todo ese tiempo, mi llamada con la Corporación de Salud y Hospitales de la ciudad de Nueva York seguía en espera. Después de unos minutos más, me pasaron a alguien que también anotó mis síntomas e información demográfica, pero esta vez, recibí algo de información concreta: debía aislarme durante catorce días.

Colgué y pensé que ya era todo; tenía mis instrucciones y mi compañera de departamento y yo estábamos listos para refugiarnos con nuestros dos gatos, pero una hora más tarde, volvieron a llamar de la Corporación de Salud y Hospitales de la ciudad de Nueva York, pues querían programar una prueba para mí y para mi compañera a la mañana siguiente.

La prueba

El jueves, mi compañera de departamento y yo caminamos 40 minutos desde nuestro apartamento en el Lower East Side hasta un hospital porque una enfermera nos ordenó que no tomáramos el transporte público ni un taxi. ¿Cómo se las habría arreglado una persona delicada de salud?

Llegamos a una entrada especial, una puerta metálica a un costado del hospital, y, como se nos ordenó, llamamos a la enfermera para decirle que habíamos llegado. Se reunió con nosotros afuera y nos dio un cubrebocas a cada uno antes de llevarnos a una sala de espera cerrada designada como área de coronavirus.

Aquí, el desinfectante de manos no escaseaba; conté tres dispensadores en la sala de espera de nueve asientos (revelé que trabajaba como periodista para The New York Times hasta que me lo preguntaron durante el ingreso).

Después de una hora más o menos, nos escoltaron a una habitación estándar del hospital, que tenía que someterse a una limpieza tan profunda después de cada prueba que sólo podía ser utilizada una vez cada hora. Una doctora a la que no podíamos ver nos llamó desde una habitación aparte para preguntarnos acerca de nuestros síntomas y posible exposición. Terminamos la llamada y, unos minutos después, entró a la habitación con una bata de hospital, guantes y un equipo de respiración.

Nos explicó que nos darían cuatro hisopos nasales, dos para cada narina, para hacer una prueba tanto de influenza como de COVID-19, la enfermedad causada por el coronavirus. Había leído que la prueba se siente como si los hisopos estuvieran tan metidos en tu nariz que casi tocan tu cerebro, pero no fue tan dramático. Un rápido giro por dentro de la nariz.

La doctora se quitó la bata y los guantes, y dio un golpe a la puerta para que una enfermera la abriera desde fuera. Se marchó y luego de unos minutos nos llamó para decirnos que continuáramos con el aislamiento y que llamáramos al 911 si los síntomas empeoraban.

Volvimos a casa caminando con nuestros cubrebocas y no hemos salido del departamento desde entonces.

Los resultados

Nos dijeron que los resultados estarían disponibles a los dos o tres días. Cuatro días después, alrededor de las 6 p. m. del lunes, los publicaron en línea.

Incluso el proceso de resultados fue una pifia: más tarde me dijeron que los resultados de las pruebas no debían publicarse en línea.

Notifiqué a mi oficina, así como a todas las personas con las que había tenido contacto la semana anterior, y... eso es todo prácticamente.

Para las personas con COVID-19 que presentan síntomas leves, no hay mucho que hacer. Hay que tomar medicamentos si presentas fiebre y no salir de casa. La mayor batalla a la que nos enfrentamos en este momento es la claustrofobia.

No obstante, nuestra experiencia reveló que las instituciones encargadas de ayudarnos estaban tan confundidas como nosotros.

Muchísimas personas nos dijeron que hacían todo lo posible, pero no sabían muy bien qué hacer… aunque aclaro que todos los enfermeros, médicos y trabajadores de los servicios de salud con los que nos encontramos fueron de gran ayuda y el personal del hospital no podría haber sido más reconfortante.

Durante todo el proceso me las arreglé para encontrarle el lado humorístico a mi situación: descubrí que tenía el virus el día de mi cumpleaños.

This article originally appeared in The New York Times.


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